Atrévase con esto: la próxima vez que tenga en sus manos una papa frita, deténgase. No para no comerla, sino para sentirla. Huélala, escúchela y tóquela. Si después de eso sigue siendo necesaria, entonces métasela a la boca. Una vez que el estómago diga: sí la quiero, entonces tráguela.
Siga así, por el tiempo que dure la comida y en la medida que vaya pasando el rato sentirán de inmediato uno de los principales beneficios que puede traer esta práctica de comer a lo yogui: consumir hasta un 30 por ciento menos de calorías por plato.

Según estudios de la Universidad de Massachusetts, comemos al día de cien a 300 calorías de manera innecesaria. No por tentados, ni porque queramos, sino simplemente porque éstas se ‘cuelan’ al comer mientras hacemos otra actividad. Por ejemplo, mientras se ve televisión, así bocado tras bocado entran de manera automática a la boca sin darnos cuenta de lo que está ocurriendo.
Es justamente esto lo que busca el mindful eating: enseñar a comer en el presente. Una mezcla de meditación, visualización y respiración que viene a recuperar, desde un punto de vista moderno, las enseñanzas de los budistas para el mundo de la nutrición, pero que desde hace algún tiempo la Universidad de Massachussets viene modernizando, con libros y apps.
La regla de oro es de lo más simple: “Come lo que quieras, pero sólo si tienes hambre”. “Para lograrlo hay que dejar de centrarse en cuándo comemos o qué comemos, que es en lo único en que se fijan las dietas y aprender a reparar en para qué comemos”, explica la sicóloga Pamela Maercovich, de la Clínica Universidad de los Andes, que durante enero comenzó por primera vez a dictar cursos de este tipo en Chile.

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El programa mindful eating plantea aprender a tener una relación sana con la comidas. “En un espacio en que se entrenan habilidades sicológicas y sociales. La idea es que en diez sesiones de dos horas se revisen diferentes experiencias que tenemos a diario con las comidas. Uno de los ejercicios que más llama la atención es que le piden a cada uno de los participantes que se ponga frente a un bowl de pasas o de papas fritas, mientras se cuenta un problema. Es en este momento donde los alumnos quedan sorprendidos con la cantidad que pueden comer cuando lo que te motiva es el estrés o la frustración. Y eso es lo que nos hace comer de manera automática”, señala Maercovich.
Otra instancia importante de los ejercicios es la que invita a revisar la relación que tenemos con la comida desde la infancia. Donde los participantes en una especie de círculo de alcohólicos anónimos revelan las restricciones, o mandatos que tenían cuando eran niños. Para la sicóloga ésta es una de las sesiones más importantes, ya que se evidencia que la mayoría de los chilenos fuimos entrenados desde niños a dejar vacío el plato, a no pararse de la mesa, y a dejar para el día siguiente lo que no se come. Y eso es algo que hay que corregir”, comenta.

Durante cada una de las sesiones el objetivo es evidenciar y revelar la verdad cruel que puede haber cada vez que nos dan ganas de picar algo. “Como cuando te paras frente al refrigerador y te quedas mirando para ver qué es lo que te tinca comer, no es que de verdad tengas hambre, sino que porque estás aburrido. Igual puede pasar en la oficina; si sientes que tienes que comer algo a media mañana no es porque tengas hambre, es porque quieres descansar. Lo mismo si después de una pelea te dan ganas de comer chocolate”, explica.

Al final del curso, puede lograr bajar de diez a 14 kilos, como lo experimentó la propia Pamela, pero todo depende de la rapidez con que se vayan adquiriendo estas habilidades. Hay personas que desde la primera sesión comienzan a experimentar los cambios. Hay otros que requieren mucho más.
“Antes del mindful eating comía mucho más de lo que necesitaba y alimentos que no tenían la capacidad de llenar mi estómago”, explica Pamela Maercovich.
Se trata de aprender a comer de nuevo. “De hacerlo con atención plena, oler lo que estoy comiendo, sentir los sabores, imaginarme de dónde vienen, de qué manera llegaron hasta allí. Entender la cadena detrás de este acto. Esto no es necesario hacerlo durante toda la comida, sino que con los tres primeros bocados basta”, cuenta la sicóloga.
Otro aspecto fundamental es agradecer la comida que tenemos en frente. Eso es algo que hacían nuestros abuelos, y todas las tribus y religiones del mundo, pero nosotros lo hemos olvidado,” agrega.

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Hay siete tipos de hambre según esta tendencia. Entre ellos se incluyen los más conocidos como el visual, que es el hambre que entra por los ojos, cuando vemos colores. El olfativo, que es el que aparece cuando sentimos el olor de cada comida y el estomacal, que se refiere a esa hambre de llenado estomacal. Según explica la sicóloga, ésta es una de las que más nos cuesta reconocer, porque tiene que ver con cómo se sacia el estómago.

“Nuestro organismo tiene un sistema de llenado que no conocemos, se puede ocupar un cuarto medio, o total. El tema es que pensamos que quedamos satisfechos cuando se repleta totalmente y eso es un error. Siempre tiene que quedar medio, o al menos un espacio”, comenta la especialista.
Pero también se identifican otros tipos de hambre que sorprenden y son los que más calorías nos hacen consumir como el mental, que tiene directa relación con lo que pensamos o sabemos que tenemos que comer. O el del corazón, que es para Maercovich el más difícil de satisfacer. “El hambre del corazón es el que tiene que ver con vacíos emocionales que no se llenarían ni con la comida más rica. Y ahí de verdad tenemos que pensar en que un vacío del corazón no se cura comiendo, es tan simple como pensar que la soledad la vamos a suplir con un gran plato”, concluye.

Este sistema es efectivo y va más allá que bajar los kilos, es aprender a relacionarse con la comida desde la mente. “Hay que estar atento a lo que se come. No les prohíbo a mis pacientes el chocolate. Les digo que si lo comen, lo hagan felices, disfrutando de eso cada bocado”, concluye.