Admito que la comida es uno de mis grandes temas. Además tengo mis mañas: no comienzo la mañana sin antes tomarme una taza de café con leche y reconozco que mi mayor debilidad es el chocolate. Mi nulo talento culinario me hizo ser fan de ensaladas porque son lo más fácil de preparar, y siempre he estado al tanto de ‘la última papita’ en dietas saludables para mantener la línea.

Hasta que me topé con la Dieta del Metabolismo Acelerado de la norteamericana Haylie Pomroy. “Olvídate de las calorías, aquí vamos a comer de todo y sin culpa”, decía en la introducción de su libro que lleva dos años liderando el ranking del Nueva York Times y que propone aumentar la velocidad del metabolismo en sólo 28 días con un plan de tres etapas por semana, que incluye técnicas alimenticias y ejercicios.

La tentadora oferta de bajar hasta 10 kilos combinando granos, verduras, proteínas, frutas y grasas saludables, sumado a que estamos a casi dos meses de que llegue el verano, me llevó a convencer también a una amiga. “No tenemos nada que perder, sólo kilos”. Y aquí estamos.
Nada de cafeína, lácteos, maíz, trigo, soja y líquidos procesados como bebidas y alcohol. ¿La razón? “Alteran nuestra producción hormonal y frenan el metabolismo porque son más difíciles de procesar”, afirma Pomroy. ¿Qué sería de mi vida sin café? ¿Cómo reemplazar el sabor del chocolate?

El primer día fue una pesadilla. Entre que pesaba un kilo más de lo normal por haberme desquitado comiendo el fin de semana, me topé con un bol de avena y manzanas cocidas en lugar de mi amado café y mis tostadas con extra mantequilla. Los primeros dos días debía concentrarme en granos, proteínas, verduras y frutas. “¿Qué vas a comer?”, fue nuestra pregunta permanente en WhatsApp antes de cada comida a mi amiga. Sólo nosotros podíamos entender en lo que nos habíamos metido.

Wp-Cafe-2

Pero vamos a los resultados: a los tres días me sentía desintoxicada; mi piel suave, el pelo brillante y hasta las uñas se veían más bonitas. Pero un permanente dolor de cabeza me perseguía, todo por la abstinencia a la cafeína, un efecto que puede durar máximo cinco días, según Pomroy.
En el cuarto día volví a sentir la ansiedad con todas sus letras, aunque al menos ya no me dolía la cabeza. Proteínas y verduras combinadas con té fueron el panorama de las 48 horas más malhumoradas de mi vida. “Tengo hambre”, nos escribíamos con mi partner. Soñaba con comerme un brownie con helado y ella con tomarse un café venti con soja. Pero no sólo resistí, sino que partí a inscribirme en el gimnasio más cercano. Troté cinco kilómetros y otros cuatro los hice en bicicleta. Así recuperé la energía que no tuve en los primeros días, y, lo mejor, ya no tenía tanta hambre.

Días 5, 6 y 7, al fin en la tercera fase, donde grasas saludables como aceite oliva, palta y nueces por fin estaban de vuelta en mi vida. Superé mi primer fin de semana sin cometer un sólo ‘pecado’, salvo algún desliz como picotear una marraqueta y untar el dedo en una mezcla de queque.

Después de siete días admito que me siento enérgica, liviana y poco dependiente de estimulantes como el café, aunque, entre nos, feliz me tomaría uno… Bajé casi dos kilos y aún quedan 21 días por superar. Es difícil, pero no imposible… Y con compañía todo funciona mejor. El próximo lunes veremos qué tal me va.

@Fernandaguirren