Inés Berton es famosa internacionalmente por ser una de las sommeliers de té más importantes del mundo. Entre sus clientes se encuentran Carolina Herrera, Bvlgary y el hotel Mandarin Oriental. Pero esta noche Inés está preocupada. Acaba de empezar la dieta y tiene que viajar por trabajo a un lugar donde, seguramente, la oferta gastronómica será muy tentadora.

En la sala hay unas 60 personas. Algunas son obesas, otras podrían posar en traje de baño sin ningún pudor.

Lo cuenta frente al grupo de control de peso de la clínica del doctor Máximo Ravenna, el hombre que revolucionó la manera de bajar de peso con su método estricto y, para algunos, tirano. En la sala hay unas 60 personas. Algunas son obesas, otras podrían posar en traje de baño sin ningún pudor. Los une la necesidad de compartir qué les pasa durante el régimen.

Cómo han estado, si han seguido todo al pie de la letra o en dos meses han aumentado 29 kilos, como el caso de una mujer que no se presenta antes de dar testimonio. Dice que se le viene un proyecto demasiado grande y que eso la tiene angustiada. Que está desesperada, que no para de comer, y que ha llegado a pedir auxilio. Llora. Ravenna no se conmueve y le dice que “a todos nos pasan cosas, y no todos nos arruinamos por eso”. Señala a un hombre que lleva bajados 70 kilos y les pide que intercambien teléfonos. Antes del próximo atracón, debe llamarlo.

Autor de seis libros y habitual columnista en programas de televisión y noticieros, el argentino Máximo Ravenna nunca pensó en tener una empresa con franquicias en el exterior. Pero después de modificar sustancialmente la silueta de las dos personalidades más conocidas del país trasandino —Susana Giménez y Diego Maradona— la fama fue inevitable.

Dicen que en su clínica la gente pasa hambre. Que él puede ser tan duro como para dejar a los pacientes llorando y que si uno no está dispuesto a sufrir, mejor busque otro experto. El dice que la única forma de que un gordo se asuma como tal, es que tome conciencia de su adicción (a la comida). Y para eso, hay que decir las cosas como son.

—¿Es cierto que el método Ravenna es sólo para valientes?
—Mi trabajo se caracterizó por ser muy frontal y duro, para romper la cáscara que tiene una persona adicta y que defiende a rajatabla lo que le está haciendo mal, pero que te agradece cuando se la ‘sacás’ de encima. Hay una bipolaridad entre el ‘amo a la comida’ y ‘amo mi cuerpo’. Si como con voluptuosidad en la noche no puedo sentirme bien en la mañana.

Entonces empecé a trabajar igual que como se trabaja con los adictos en una granja. Todos los días, por 15 días las personas tenían que venir durante una o dos horas, fin de semana incluido porque precisamente de viernes a domingo es cuando se produce la fábrica de gordos, y de ahí surge el famoso ‘el lunes empiezo’. La dieta no se toma vacaciones. Esas son mis reglas.

—¿Y nadie se espanta?
—Algunos, pero otros vienen especialmente desde el interior y hay quienes llevan años en los grupos de mantención.

—¿Cambió la manera en que las personas nos relacionamos con la comida?
—Hoy comemos como si mañana hubiese una guerra que va a terminar con la comida en el mundo. A eso se suma un entorno obesogénico que incluye quioscos, sánguches, hamburguesas. Ahora vamos a comer y si queda tiempo vamos al cine, y antes íbamos al cine y si quedaba tiempo íbamos a comer. El hombre no está realmente preparado para este tipo de comida adictiva y no saludable. Lo que comemos hoy es similar a la dieta que se utiliza para engordar chanchos y no tiene nada que ver a la que usaba el hombre paleolítico, todo musculoso.

Lo que comemos hoy es similar a la dieta que se utiliza para engordar chanchos y no tiene nada que ver a la que usaba el hombre paleolítico, todo musculoso.

—¿Hombres y mujeres padecen el sobrepeso por igual?
—Ambos no se dan cuenta de lo mal que se ven, pero la mujer sufre más la gordura, la padece desde los tres kilos y no hace nada para combatirla, no acepta límites, come comidas que le dan ganas de seguir comiendo, como harinas refinadas y azúcares. Hay un tema de la neurociencia: el cerebro ve el paquete y piensa ‘esa es mi porción’, en cambio si yo veo el paquete chiquito la cosa cambia…

—Por eso la medida es uno de los ejes de su método.
Así empezó el asunto del límite. Enseñarle a la gente cuánto tiene que comer para bajar de peso. Así surgieron las viandas con la medida armada y las calorías calculadas (alrededor de 250 calorías por porción). Si yo te digo que podés comer mandarinas, pero te comés 20, entonces te metiste mil calorías. Yo les digo cuatro comidas y en el medio hay que aguantar. Si darte en el gusto te trae el disgusto de un cuerpo hecho pelota… entonces ‘hacé’ otra cosa.

—¿La gente lo soportó?
—Sí, porque no tiene hambre. Uno es anormal cuando está químicamente inactivo como gordo. Negador de la realidad. ¡Hacer una dieta con permisos no! Si ‘sos’ hipertensa y yo te doy un choripán, cuando lo ‘terminás’ te ‘podés’ morir. A veces dar el gusto, mata.

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Habla de los gordos light, los que comen todo el tiempo comida dietética, pero en tanta cantidad que se convierten en obesos. “Es la persona que dice que hace ejercicio pero camina todos los días a un kilómetro por hora, después se va a tomar el café y en lugar de la galletita pide un plato gigante de queso, porque es dietético. Vive evitando comer todo lo que engorda pero ingiere tanta cantidad que se convierte en un gordo a dieta”. Ravenna es tajante. Asegura que la medida no debe estar sólo en la porción, sino también en la ropa y en el pensamiento. “Cualquiera puede bajar de peso, pero no cualquiera puede aprender a comer”.

—¿Por qué en su método es tan importante asistir a los grupos?
—El de enfrente es el espejo, no es solamente para que me apoyen y me den amor. Hay una enfermedad clínica que es la obesidad y una previa que es el trastorno de conducta: el picoteo, el como de más, la distorsión de la imagen corporal. Por eso cuando la gente empieza a bajar se siente peor que cuando empieza la dieta, porque se comienza a mirar y descubre lo que ha hecho con su cuerpo.

—¿El grupo salva de engordar?
—Lo que te salva es que respetes tu ropa y no tu cuerpo. Cuando la ropa se achica, tu cuerpo se agrandó. Hay que tener clara una frase: no es que la ropa te entra, sino que vos entrás en la ropa. Yo soy talla 48 hace treinta años, y si cambia no me compro ropa, porque así estoy cediendo.

—¿Concretamente en qué consiste el tratamiento?
—Se trabaja con médicos siquiatras, sicólogos, nutriólogos, profesores de gimnasia. Los pacientes se pesan cada vez que vienen, tienen su consulta clínica nutricional, física y sicológica y después eligen qué hacer. Si vienen todos los días, o cuatro veces por semana. El tratamiento dura en promedio tres meses, pero luego la gente suele continuar en los grupos de mantención.

—¿Cualquiera puede hacer la dieta?
—Nosotros vamos por el peso ideal, no por estar un poco mejor. Una cosa es el peso ideal y otro es el saludable. Si te sobran a pesar tuyo es saludable, pero no es ideal, si te importan, entonces no es ideal. El pequeño descenso de peso logra cambios enormes. Primero sacamos los carbohidratos refinados, harinas y azúcares, y el grupo hace el resto. Nadie quiere verse gordo si los de al lado están bajando de peso. ‘Necesitás’ ser obrero de la construcción para bajar de peso y arquitecto para mantenerte, pero un arquitecto que siga las normas de un ingeniero que jamás se sale de la medida.

Yo no soy el Papa Francisco, no soy el cardenal Bergoglio, ¡yo te absuelvo boludo! Pero ‘vos’ te ‘cagás’ la vida y te vas al cielo igual.

class> —¿Y si alguien no cumple y llega al grupo a ‘confesarse’?
—Me vuelvo antipático, nunca agresivo pero sí confrontador, para que entiendan que un buen límite elimina barreras. No es delito ser gordo. Siempre digo: “yo no soy el Papa Francisco, no soy el cardenal Bergoglio, ¡yo te absuelvo boludo! Pero ‘vos’ te ‘cagás’ la vida y te vas al cielo igual. No me pidas perdón a mí, ‘pedite’ perdón a ‘vos’ por arruinarte, por arruinar tu chance”. La gordura no es un elemento de belleza, es un elemento de equilibrio.