Luigi Devoto Canessa (68), casado, padre de tres hijos y con un nieto, tiene una vida profesional extraordinaria frente a la cual su mundo privado luce bastante convencional, casi conservador. Sin embargo, esto no le ha impedido apoyar iniciativas a contrapelo de las voces más tradicionales de la medicina nacional. Por ejemplo, en su momento lideró la idea de que el Idimi (Instituto de Investigaciones Materno-Infantil de la Universidad de Chile) también atendiera a parejas que no estaban legalmente casadas.

Miembro de la Academia Chilena de Medicina, su ingreso a las ligas de honor se debió, entre otras cosas, a que en 1992 creó el primer programa de Fertilización in Vitro (FIV) en el sector público-académico. Gracias a su empeño y al de sus colegas del Idimi, decenas de parejas infértiles y sin recursos económicos se han convertido en padres.

La entrevista —que derivó en el tema del aborto— es interrumpida por el anuncio que hace una enfermera al pasar: una paciente inició un ciclo de ovulación espontáneo. Devoto da un par de instrucciones y vuelve a la conversación.

—¿Es católico?

—Más bien cristiano. Entiendo que hay situaciones muy específicas en las cuales una mujer decide abortar y si poseo información sobre alguien que lo realiza técnicamente bien, lo recomiendo. Jamás se me ocurriría denunciar a una persona porque quiere abortar. Soy capaz de entenderla y trato de orientarla lo mejor que puedo.

—¿Por qué no lo practica?

—Por pensamiento personal.

—¿Desde qué momento cree que hay vida?

—Es un concepto biológico no aclarado. Sin embargo, en mi opinión, es importante respetarla cuando ya se establece la identidad biológica del embrión.

—¿Entonces ya está formado el sistema nervioso?

—Para la octava semana ya está formado. Para mí eso es importante y lo respeto. No porque alguien tiene un coito inesperado va a interrumpir una vida.

—¿Qué le parece el proyecto en discusión en el Parlamento?

—Es muy claro en la interrupción del embarazo en casos extremos de riesgo de muerte materna o de alteraciones del feto incompatibles con la vida. En relación a la violación, desde el punto de vista legal podremos discutir si la persona le avisó o no al carabinero, pero de todas formas tiene derecho a ser escuchada. En esta sociedad no todos son cristianos y el Estado es laico. Al revés, si esa madre decide mantener la gestación, nadie puede negarle ese derecho.

—¿Y en caso de inviabilidad del feto?

—Si está técnicamente demostrada, perfectamente puede tomar la decisión de interrumpir su embarazo. Y volvemos a lo mismo, porque si quiere seguir adelante y tener a su hijo, el Estado debe protegerla. De nuevo estamos frente a casos donde quien decide es preferentemente la madre.

—¿Ha conocido muchos casos dramáticos?

—Siempre uno se enfrenta a ellos. Malformaciones que, a ciencia cierta, se sabe que no van por buen camino.

—¿Qué hace entonces?

—En estos momentos no existe una institucionalidad para elegir libremente y generar una interrupción del embarazo. Mientras esta situación no esté clara, tienes que seguir ‘enviando’ a sitios en los cuales se realiza este tipo de procedimientos como si se tratara de algo pecaminoso. Esto no es justo porque, además, es un ‘privilegio’ que depende del dinero.

—¿Qué opina de los dichos de la ex ministra de Salud Helia Molina sobre ‘clínicas cuicas’ donde se realizan abortos?

—Ese fue un caso de mal uso del lenguaje para definir una realidad.

—¿Cómo definiría entonces esa realidad?

—Bueno, que hay un sector de la población chilena que puede manejar estas situaciones ya sea dentro o fuera del país. Lo que no se debe hacer es responsabilizar a instituciones de Salud sin fundamento.

—No le gusta eso de ‘cuicas’.

—Es que en el fondo no es así. Yo trabajo en una clínica ‘cuica’ entre comillas, la Alemana, que es muy responsable y recta en todo este tipo de procedimientos. Lo que ocurre es que con dichos de esa naturaleza todas estas clínicas se sienten violentadas.

—Pero se sabe de clínicas ABC1 que le dicen a la paciente: “mira, aquí no te puedes realizar un aborto, pero te contactamos con una muy buena clínica en Miami”.

—Es una realidad: los que tienen recursos obtienen la información y van a Cuba, a Buenos Aires o a Miami. Nadie está negando eso.

—¿Cuál es el valor de un aborto en estos casos?

—Lo desconozco.

—Pero es una opción imposible para la mayoría de las chilenas.

—Absolutamente.

—¿Y qué hacen las mujeres sin recursos?

—Existen profesionales y/o individuos osados que realizan interrupciones del embarazo. Posteriormente, estos casos llegan a los hospitales por sangramiento profuso y/o embrión o feto muerto, a realizarse un vaciamiento uterino. (Queda pensativo y relaja las manos). Al menos, se ha avanzado mucho en prevenir y tratar las infecciones dependientes de estos procedimientos.

—¿También se recurre a medicamentos?

—Existen una serie de fármacos que se comercializan hasta por internet. Frente a esta realidad, lo que necesitamos es una política realista porque una mujer que decidió abortar lo va a concretar. Sin embargo, está muy sola en su decisión y no tenemos políticas públicas que la protejan.

—Los grupos contra el aborto dicen que esta nueva ley propiciaría una especie de ‘libertinaje’ que aumentaría los casos.

—No lo veo así. La mujer que decidió interrumpir su embarazo lo hará ya sea fuera del país si tiene recursos, o en condiciones marginales, si no los tiene, y eso genera más inequidad.

—¿Hay inequidad también por el lado de la fertilidad, es decir, al momento de recurrir a una fertilización asistida?

—Mucha. El gobierno en todo el país financia al año unos 300 ciclos de fertilización in vitro. Es un número pequeño de pacientes de Fonasa que accede a costo cero. Desgraciadamente, este programa no resuelve de ningún modo las necesidades nacionales. Chile necesita alrededor de cuatro mil ciclos nuevos al año y se realizan entre 2.000 a 2.500, pero casi todos con fondos propios de los pacientes. El déficit es mayoritariamente en el sector público donde se atiende el 75% de la población del país. Además, hay que considerar que las tasas reales de embarazo por ciclo de Fertilización in Vitro tienen entre 25 y 35% de éxito. Entonces, si se suman los cientos de mujeres que necesitan una nueva oportunidad, se requieren mucho más de cuatro mil ciclos… y la gente afiliada a Fonasa tiene sólo derecho a uno.

Devoto es un hombre sobrio y pausado. Eso sí, su sangre italiana lo delata cuando abre y cierra los puños mientras conversa en su escueta oficina ubicada en el segundo piso del hospital San Borja Arriarán. Hace años, en este lugar estaban las terrazas, pero hoy es un centro que realiza estudios de excelencia mundial, al punto de publicar más de 20 papers al año en revistas como Fertility and Sterility o Human Reproduction.

Y como ocurre con los ciclos de la propia vida, el 2015 el Idimi celebró 30 años de su primer embarazo por fertilización asistida en el sector público-académico (el programa se inició antes de que fuera oficial, en 1992).

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Sus manos firmes de cirujano revolotean cuando cuenta la hazaña. El milagro de la reproducción todavía lo sorprende y el instinto universal del hombre por la supervivencia, lo emociona:

“En las ruinas de Pompeya hay imágenes de gente manteniendo relaciones sexuales que quedaron grabadas después de las erupciones del Vesubio. Uno queda maravillado al ver cómo se manifiesta este instinto de la especie y de la vida”, comenta este médico que obtuvo su subespecialización en la prestigiosa Universidad de Pennsylvania (EE.UU.).

—¿Por qué una iniciativa como el Idimi?

—La medicina reproductiva reúne algo tan humano como es ayudar a una pareja a ser padres, con la práctica de una subespecialidad en la que se necesitan conocimientos básico-clínicos. Inicialmente se pensaba que la cirugía pélvica era lo esencial y todos tratábamos de operar la trompa (de Falopio) con gran precisión pues sus alteraciones representaban la mayor causa de infertilidad. Sin embargo, con la llegada de la FIV se descubrió que se podía hacer un bypass a la trompa y generar una gestación. ¡Y todo eso proviene del aprendizaje de las ciencias básicas!

—¿Enfrentaron muchas trabas?

—Un poco. En primer lugar, tuvimos que ser muy claros y honestos cuando explicamos nuestro programa a las autoridades del Ministerio de Salud y de la Universidad de Chile. También debimos mostrar siempre que la rectitud era lo más importante: el respeto tanto a la pareja infértil como a los embriones. Todo esto debía estar muy regulado. Afortunadamente, tuvimos autoridades como el ex ministro de Salud, el doctor Jorge Jiménez de la Jara, y el entonces decano de la Facultad de Medicina, Alejandro Goic, que entendieron el rol que estábamos cumpliendo.

—¿El factor económico también fue una traba?

—En ese momento, la reproducción pro-fertilidad no era prioritaria dentro del desarrollo de la gineco-obstetricia. El foco estaba en el parto, en la obstetricia pura, que es la que salvaba vidas. Frente a esa realidad, nuestro empeño en querer mejorar la calidad de vida de la pareja infértil aparecía absolutamente sobredimensionado por su costo y por la limitada eficiencia de sus tratamientos. El problema de la infertilidad es que, si bien genera discapacidad médica y sicosocial, no compromete la vida. Por eso las políticas públicas no han tenido la sensibilidad suficiente ante el sufrimiento de la falla reproductiva que afecta al 10% de las parejas.

—¿Cómo ve usted ese sufrimiento?
—La infertilidad es tremendamente compleja. Nosotros somos testigos de cómo uniones afectivas se quiebran cuando el problema se hace crónico. He visto a muchas parejas deprimidas, destruidas al sentirse subestimadas por su entorno social.

—¿Qué aprendió de estos casos?

—En primer lugar, a ser prudente y a no generar falsas ilusiones en casos muy complejos como es la mujer con baja reserva ovárica o el hombre con una deficiencia importante en su producción de espermios. Ante el fracaso de tratamientos, se pueden insinuar otras alternativas como es la ovo-espermio donación o la adopción (piensa unos segundos antes de apretar sus puños)… porque tampoco uno puede imponer alternativas a las personas.

—¿Qué ocurre cuando mujeres que no tienen pareja desean tener hijos?

—Esa es una decisión muy profunda porque ellas no han perdido el derecho y la ilusión de ser madres.

—¿Está de acuerdo con los vientres de alquiler?

—Tengo serias dudas porque son pocos los que no tienen una motivación exclusivamente económica. Hay una condición, el síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser, donde la mujer tiene ovarios normales, pero no tiene útero; también situaciones en que lo perdió por diversas patologías. Aquí es posible fertilizar in vitro sus óvulos con los espermios de su pareja e implantarlo en una receptora. Sin embargo, la tecnología de trasplante de útero está comenzando a ser una realidad liderada por profesionales suecos, específicamente en el Instituto Karolinska. Idealmente, en el futuro, podría incorporarse a los beneficios de la ley de trasplantes.

—¿Qué opina de las parejas homosexuales que acuden a tratamientos de fertilidad?

—En general, cuando uno tiene un concepto de pareja muy tradicional… como que impacta.

—¿Usted tiene ese concepto tradicional?

—Lo tengo, pero también comprendo (enfatiza) que otra gente pueda diferir de mi pensamiento. Y uno no puede ser autoritario porque en esta profesión se está para ayudar a las personas y no para juzgarlas o indicarles lo que uno quiere que hagan. Un médico dictatorial no es un buen médico. Hay que saber escuchar y decir que sí o que no. Y, por último, si uno no quiere realizar un determinado procedimiento, recomendar a alguien competente.

—¿A usted le ha tocado negarse y derivar a otro especialista?

—Sí, por ejemplo, cuando hay requerimiento de un aborto.