El camino para llegar al Sha Wellness Clinic no es fácil. Tras cruzar el pequeño pueblo turístico del Albir, lleno de restoranes de todas las nacionalidades y sitios de ocio, uno debe adentrarse por una carretera cuesta arriba, no siempre bien asfaltada, llena de curvas, en medio de un bosque de pinos mediterráneos y segundas residencias. Para alguien de fuera puede ser difícil encontrarlo a la primera. Pero ya casi encima de la colina, levantamos la vista y ahí está: podría confundirse con la mansión de algunos de los muchísimos extranjeros que han elegido este enclave para vivir todo el año. Pero no, detrás de este imponente edificio de varias plantas superpuestas e impoluto blanco está la verdadera unión entre Oriente y Occidente, y no en Estambul como siempre nos han dicho.

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Definir qué es el Sha Wellness Clinic también es complicado: ¿Es un hotel, un spa, una clínica, un centro de desintoxicación? Ellos lo definen como una experiencia transformadora de vida. Nosotros, como un lugar para recuperar la salud y ganar belleza a partir de la macrobiótica, las terapias naturales, los tratamientos estéticos no invasivos y una de las medicinas antienvejecimiento más avanzadas. Abierto desde 2008, se puede decir que es un centro pionero.

Y lujoso. Y muy exclusivo. Su archivo sería un tesoro para los medios: la jequesa de Catar, John Galliano, Barbra Streisand, Donna Karan, Kylie Minogue, Naomi Campbell, Alejandro Sanz y un larguísimo etcétera. Por supuesto no pueden confirmar nombres pero algo dejan caer: “La semana pasada estaban representados seis estados a través de sus familias reales además de importantes empresarios y famosos de diferentes países. Hay días que nosotros mismos nos conmovemos”, nos cuenta Alfredo Bataller, su alma mater. Preguntamos si en el momento de nuestra visita hay alguno. “Sólo princesas árabes”, nos dice la persona que nos guía durante el recorrido por sus instalaciones. Lástima, porque cruzarse con un famoso hubiera sido muy fácil ya que, a excepción de las mujeres musulmanas que solicitan no toparse con ningún hombre por el camino —para lo cual se les programa una ruta— el espacio es comunitario y perfectamente podríamos haber visto a Galliano —que pasó las Navidades— desayunando en albornoz en el restorán Shamadi si hubiera sido el caso. 

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En el propio Shamadi nos recibe don Alfredo, un hombre de 66 años que ligeramente nos recuerda al diseñador Valentino y desprende un aura de serenidad. Su apellido es valenciano pero él nació en Argentina, a donde sus abuelos emigraron. Empezamos hablando de cómo, viviendo en San Juan, la familia prefería conducir cinco horas de coche para bañarse en las playas chilenas a recorrer los 1.600 km que los separaban de las aguas patrias. En Chile están “los mejores recuerdos de mis vacaciones”.

En 1990 se trasladó a España con su esposa y tres hijos arrastrando problemas digestivos desde su juventud. En 2002 se agudizaron con un diagnóstico preocupante. “Recurrí a un médico con gran reconocimiento en el poder curativo de los alimentos y en pocas semanas encontré solución para mi enfermedad”. El milagro se llamaba macrobiótica, y el remedio, eliminar las carnes rojas.

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Aplicó el experimento en algunos familiares y debido al éxito sufrió una especie de revelación: “Qué bueno sería poder compartirlo”, dice con su todavía acento argentino. Decidió levantar un centro que reuniese la excelencia en materia macrobiótica. Bataller se dedicaba entonces a construir y vender casas y en el Albir tenía un chalet de vacaciones junto a un solar edificable de gran potencial. “Era la época del boom inmobiliario y era muy tentador hacer un proyecto para vender pero yo me resistía porque me parecía el paraíso”. Y con un romanticismo poco habitual en un promotor inmobiliario decidió que ese sería el lugar. “Mirando el atardecer con mi esposa, uno a veces se siente desmerecedor de un privilegio semejante y dices: yo he tenido la suerte de poder disfrutar de esto pero sería más bonito poder compartirlo”.

En aquella época el maestro japonés Michio Kushi, considerado el padre de la macrobiótica moderna, estaba de gira por Europa, y allá que el primogénito de Bataller fue para hablarle del proyecto. “Me encantaría participar”, le dijo el entonces presidente de la Asociación Mundial de Medicina Natural. “Toda la vida he pensado en hacer algo así pero no he tenido los medios”. Un mes después, él y su esposa visitaron las obras a cargo del arquitecto uruguayo Carlos Gilardi. A la esposa, experta en Feng Shui, le encantó la energía del lugar.

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Normal. El Sha —palabra que en japonés significa luminosidad; en árabe, nobleza; y en hindú, exhalar aire— está en un lugar privilegiado: en una pequeña bahía frente al Parque Natural de la Sierra Helada con un clima descrito por la Organización Mundial de la Salud como uno de los mejores del mundo. Desde su piscina Infinity, situada en la última planta, uno puede divisar la salida del sol desde Altea, la puesta desde Benidorm y la majestuosidad de su montaña.

Kushi apadrinó el proyecto “ayudándonos a montar el equipo de consultores macrobióticos” y Bataller consiguió que nombres como el de la princesa Beatriz de Orleans —madre del heredero legítimo de la inexistente corona francesa y personaje conocido en España por ser entonces la embajadora de Christian Dior en la península ibérica— se convirtiera en su Relaciones Públicas. 

Poco a poco fueron creando un complejo de 27.000 metros cuadrados de construcción y 15.000 de jardines. Cuenta con 93 suites de cuatro tamaños diferentes: desde 90 metros a 320. Tiene servicio de peluquería y tiendas donde se pueden comprar joyas, ropa deportiva, cosméticos y productos ecológicos. Aparte del restorán —pensado para los huéspedes pero abierto al público bajo reserva— también dispone de un huerto, una sala de arte, pista de pádel, minigolf y una capilla donde celebran misas dos veces al mes. Ah, y para los que no quieran recorrer el tortuoso camino —si bien se encargan de recoger al cliente en los aeropuertos de Valencia o Alicante— el centro dispone de su propio helipuerto.

El milagro de Sha ocurre en dos áreas: Oriente, donde está situada la zona wellness, y Occidente, la clínica. Esto se traduce en gimnasios y salas de yoga —con áreas privadas— y ochenta cabinas de tratamientos y consultas.

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Sus programas sirven para detoxificarse, adelgazar, dejar de fumar, solucionar trastornos de sueño, estrés e incluso prevenir problemas de envejecimiento cerebral. Con toda una combinación de terapias: shiatsu, acupuntura-láser, moxibustión o el resultado de sus propias investigaciones con células madre, por citar algunas. “Todo lo que hacemos en el Sha tiene muchísimo fundamento científico. Coincide plenamente con los mejores estudios de las mejores universidades del mundo”, asegura Bataller. Su equipo médico cuenta con discípulos del propio Kushi —quien falleció a finales de diciembre— y otros especialistas como sicólogos y siquiatras. La lista de premios es larga.

Por cierto, aunque los médicos te confeccionan el programa adecuado, existe la figura de una gestora que te ayuda a confeccionar una agenda para la estancia. Si tienes un rato libre los lunes, puedes apuntarte, por ejemplo, a un curso de cocina macrobiótica.

Con el blanco y negro como colores omnipresentes, todo está reluciente y lleno de flores frescas. Allí trabajan más de 250 profesionales procedentes de 35 nacionalidades, lo que significa “dos trabajadores por huésped, más del doble que en los establecimientos más lujosos de Europa”, detalla don Alfredo. Esto, obvio, tiene un precio. El programa más caro es el de rejuvenecimiento integral. Consta de dos fases separadas por tres meses pero, en total, uno debe pagar por él 11.950 euros. Los que requieren de una a dos semanas de estancia —lo habitual— se sitúan entre los dos mil y cuatro mil euros. Y luego hay tratamientos puntuales que pueden costar solamente 150 como la sesión de cincuenta minutos en la que aplican ventosas para eliminar toxinas o relajar la musculatura.

¿Transformar tu vida en el Sha es caro o barato? Depende de cómo se mire. “En los hospitales convencionales los tratamientos son caros pero la gente lo desembolsa a la lo largo de su vida pagando impuestos y al sistema de Seguridad Social (caso de España). Aquí las personas tienen que hacerlo en el momento”. Además, “aquí les damos todos los conocimientos posibles para que se los lleven. Con tres mil euros uno puede ver cambiada su salud para toda su vida”. Y recuerda: “La OMS alienta a los estados a que promuevan terapias naturales que demuestran ser más eficaces y muchísimo menos costosas que las convencionales, pero los estados hacen oídos sordos. Tal vez sea más rentable construir monstruos de hospitales y tener presupuestos de medicamentos multimillonarios”.

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Lo cierto es que entre cinco mil y seis mil personas están dispuestas a dejar esas cantidades de dinero cada año. La clientela proviene sobre todo de Europa, Rusia, los países exsoviéticos y los árabes, donde el boca a boca es su mejor marketing. Hay huéspedes que llegan para dos semanas y se quedan cuatro meses. De cada tres clientes, uno repite. Uno de ellos tiene incluso una habitación asignada dada su frecuencia y porque se presenta sin avisar. El récord lo tiene una mujer australiana que ha estado más de treinta veces.

Terminamos la charla dando el último sorbo al té kukicha. Le pido a don Alfredo que nos dé un argumento para que nuestros lectores crucen el océano y se dejen esa pasta. El prefiere plantear una incógnita: “¿Qué hay en el Sha que personas súper importantes y famosas vuelen miles de kilómetros? ¿Por qué lo hacen y por qué repiten? Ahí está el secreto. Que vengan a descubrirlo”.