En entrevista con Julio César Rodríguez, me enteré en detalle de la dieta de la gonadotrofina coriónica humana (GCH)aquella hormona que las mujeres secretamos durante el embarazo, y que el periodista se inyectó por 23 días. Perdió doce kilos que no los ha vuelto a recuperar. Y como alguien dijo por ahí “yo no vivo a dieta, ¡soy a dieta!”, hice un alto en nuestra conversación sobre su regreso a la TV junto a su ex, para saber más sobre aquella receta mágica que lo mantiene esbelto hasta hoy. Entusiasta como es, contó que se trataba de un tratamiento que había traído a Chile el ginecólogo y cirujano plástico Ivanhoe Ortega, basado en el descubrimiento de un endocrinólogo inglés (1954) que investigó por qué las mujeres indias desnutridas tenían hijos con buen peso al nacer. Su conclusión fue que esta hormona es clave, ya que actúa enviando señales al hipotálamo para que movilice y lleve hasta el feto las reservas de grasa que solemos concentrar en caderas, muslos y abdomen. En hombres y mujeres no embarazadas, inyectar pequeñas cantidades de esa hormona puede provocar el mismo efecto de remover la grasa fuera de los depósitos adiposos que luego se transforma en energía. Esto hace además que el apetito se reduzca, ya que las reservas de lípidos liberados le entregan al cuerpo la energía que necesita, por lo que se puede consumir perfectamente cerca de mil calorías sin morir de hambre ni sufrir.

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Después de conocer y entender cómo actuaba la GCH en la pérdida de peso, partí rauda a la clínica Cince a iniciar el tratamiento, que el doctor Ortega denominó como dieta Slymway. Perder doce kilos en corto plazo, sonaba maravilloso, aunque después supe que el promedio es entre cuatro y ocho kilos, y entendería además que cada metabolismo es distinto, que los hombres bajan más rápido y que mi nivel de testosterona (hormona masculina) era bajo, que en las mujeres incide directo en la libido, ánimo y metabolismo.

En la primera consulta, el doctor Ortega o su par, la doctora Ximena Vidal, hacen una evaluación médica y solicitan una serie de exámenes para detectar si hay algo que impida la baja de peso para tratarlo a tiempo, y así la terapia sea efectiva. De esta manera supe de mi testosterona baja (que puede aumentar con parches, inyecciones, cremas y pastillas) y de un cierto daño al riñón por la famosa dieta de las proteínas que hice durante tanto tiempo.

Tras esta evaluación, el doctor explica en detalle el tratamiento que consiste en inyectarse en ayunas y durante 23 días una dosis de gonadotrofina en la parte baja del abdomen (unas pueden ser sintéticas y otras se sacan de la orina de mujeres embarazadas), que deben aplicarse bajo supervisión médica. Y aunque soy re cobarde para los pinchazos, la verdad es que —reconozco— no duele nada. En cada consulta se entrega la dosis lista para siete días en jeringas muy pequeñas que vienen en un contenedor plástico, que debe ser refrigerado. Este procedimiento va acompañado de una dieta hipocalórica de 1.100 calorías, que contempla una cucharadita de semilla de chía antes de cada comida; para el desayuno y once, un café con medio pan pita integral o tres galletas de agua que pueden llevar quesillo, un cuarto de palta o una rebanada de jamón de pavo. De almuerzo y cena, 100 gramos de pescado, pollo o carne con algún tipo de verduras y frutas. Eso sí, en los dos primeros días de tratamiento es indispensable que el paciente consuma entre tres mil a cuatro mil calorías de alto contenido graso, porque eso prepara al organismo para liberar la grasa durante la dieta hipocalórica. El control es semanal, y se acompaña en la consulta de una sesión de láser para remover el tejido adiposo y de una dosis de neurobionta (concentrado vitamínico) directo en la cola para mantener las defensas.

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Dicen que el hambre no está en la guata, sino en la cabeza. Y aunque la primera semana en verdad no sentí ganas de comer —la segunda sí— a pesar de las escasas mil calorías, siempre estaban las ganas de picar algo rico o, por último, ¡comerme la otra tapa de pan pita con palta! La famosa “gratificación” mal entendida…

Esos primeros siete días cumplí con el menú al pie de la letra, y aunque se espera una baja de entre 200 a 400 gramos diarios, mi peso casi no varió, pero sí reduje casi tres centímetros de cintura y piernas. “Lo normal es que hubieras bajado al menos dos kilos, en algo te saliste”, me incriminaba el doctor, mientras yo me defendía de que me había portado como una reina… Definitivamente mi metabolismo es más lento, aunque pienso que él jamás creyó que no había “pecado”. Frente a los escasos resultados había que actuar. La indicación fue hacer deporte al menos tres veces por semana, usar la plataforma vibratoria que ofrecen en la consulta, y por dos días restricción de fruta y chía. Al parecer esta última recomendación tuvo efectos porque a la semana siguiente bajé casi dos kilos y seguí perdiendo centímetros. En ese momento la doctora me recordó que hay pacientes que no bajan tanto, pero lo importante es la pérdida de tejido graso acumulado. A la tercera semana no sólo yo comencé a notar cambios significativos, también mis más cercanos. Mi jeans regalones me volaban, otro pantalón se me caía, y al fin pude ponerme unos pitillos nuevos negros talla 42 reservados para el día que me entraran. Como a pesar de los avances mis resultados no eran tan radicales —a diferencia de otros pacientes—, extendí el tratamiento un par de semanas para terminar finalmente perdiendo 5,1 kilos; 8,5 centímetros de cintura y 6 de muslos. Desaparecieron además esos típicos rollitos de los costados que tanto cuesta eliminar, y que solo una liposucción logra ese objetivo. Dependiendo de los kilos que se quiera perder, el tratamiento puede extenderse por 43 días como máximo —después el cuerpo se hace inmune a la hormona—, o realizar un nuevo ciclo con un máximo de cuatro, tras un receso de algunas semanas.

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Pero, por supuesto, que esto no termina aquí. Una vez finalizado el tratamiento con la hormona, viene la segunda fase que es la de mantención —que es donde me encuentro ahora y reconozco, ¡es la más difícil!—  y que dura seis semanas, donde se incorporan nuevos alimentos y se le enseña al paciente a comer sano para que cambie sus hábitos en forma definitiva. Alcohol, carbohidratos y azúcar están descartados. Y digo que es difícil porque ya no está la hormona haciendo “su pega” de disolver grasa, y está el desafío y la voluntad personal de mantener los nuevos hábitos adquiridos que empiezan a tambalear frente a cumpleaños, comidas o viaje por trabajo o placer… 

Y confieso Señor: ¡he pecado!