¿Está enfermo de algo? Lo pregunto, porque tal como están las cosas, el derrotero del progreso, en los ámbitos de la salud, se mueve en la tremenda contradicción de descubrir nuevas dolencias para que ganemos vida. Lo cierto es que así como prospera la medicina, el mundo de las enfermedades se acrecienta y, tal vez, si se hiciera un estudio cuantitativo, nos caeríamos de espaldas con sólo observar la friolera de nuevos males que se han descubierto o acuñado en el último decenio.

Incluidos, cómo no, los del frágil territorio de las penas del alma, donde pequeños duelos de la vida están llegando a ser catalogados como patologías. No lo digo yo. Es parte de una ardua polémica. Recuerdo una entrevista que hice al sicólogo Gonzalo Rojas May, hijo del famoso poeta del mismo nombre, que denunciaba el sobrediagnóstico de la depresión en Chile. “Las personas tienen cada vez menos capacidad para procesar los malestares propios de la existencia, como el miedo, el estrés o el agobio, que no son enfermedades, pero están siendo tratadas como tal”, afirmaba.

Anoche, en una cena, quedé francamente perpleja con la noticia que dio una amiga siquiatra sobre el tema. Contó que algunos de sus colegas estaban casi de fiesta, porque la Sociedad Americana de Siquiatría (APA), tras 20 años de silencio, había lanzado la quinta edición del Diccionario de los desórdenes mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), redefiniendo e incluso bautizando, por fin, un montón de comportamientos que en las consultas se sabían patológicos, pero no tenían claro hasta ahora en qué bolsa meterlos para lograr un tratamiento. Tal vez era muy tarde para entrar en terrenos tan desquiciados. O es que muchos se sintieron aludidos, pero la temperatura de la tertulia subió intempestivamente cuando otro de los presentes planteó: “¿Sirve para algo que aparte de calificarme como depresivo, me antepongan el nombre de ´maniaco´? Más Platón y menos Prozac”, concluyó indignado, parafraseando a aquél best seller de Lou Marinoff sobre cómo enfrentar las enfermedades del ánimo.

Wp-Chocolate-450Publicado en mayo, en San Francisco, Estados Unidos, en 900 páginas, el libro de la APA, que es algo así como la biblia de la siquiatría y manual de miles de profesionales en el mundo, enumera más de 300 trastornos mentales, desatando una ola de críticas no sólo por aumentar la cantidad de definiciones de enfermedades, sino porque, de seguirlo al pie de la letra, provocaría un exceso de diagnósticos, y estimularía incluso el uso equivocado y el abuso de fármacos. Pero, lo peor: se teme que la ortodoxia de algunos médicos conduzca a calificar muchas conductas normales como dolencias.

Causa discordia, por ejemplo, el decreto de nuevas enfermedades como el trastorno del atracón (comer en exceso más de 12 veces en tres meses); el del acaparamiento (dificultad para desechar bienes); el del estado del ánimo disruptivo y no regulado (niños que se arrebatan más de tres veces por semana por un año); y la adicción al juego por internet. No es casual que las críticas del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU. le llovieran a esta ‘biblia’.

Así, ya casi nadie se quedaría sin obtener para sí el título de alguna patología. El que no la tiene es un raro. Por mi parte, debo confesar que aspiro a esa rareza, pero parece que no voy a poder alcanzarla. Ni el resto tampoco, siento frustrarlos con mi comentario. Yo, por lo menos, estoy preocupada porque, según lo que se indica, estaría padeciendo alguna dosis del trastorno del atracón.

No soy una aguafiestas de la ciencia. Celebro esos avances que salvan vidas, y nos hacen ser testigos de metas nunca vistas en la salud. El gran tema que se abre al debate es que también se conquiste con eso calidad de vida. Porque a vivir en tratamiento, como doliente, me niego, salvo extrema necesidad. Puede que la clase médica se me venga encima por lo que voy a decir, pero igual me atrevo: hace falta recuperar algo de esos tiempos en que a la depresión se la llamaba melancolía. Como que la mayoría —menos aquellos casos en los que realmente es necesario ponerse en manos de un especialista— volviera a la sabia receta que cantaba Violeta Parra: “Cogollo de toronjil, cuando te aumenten las penas”.