Martín no quería bajarse. Pedaleaba sin descanso. Con no más de siete años, su mamá lo miraba emocionada. Era la primera vez que el niño, con una malformación en la columna y las caderas, podía desplazarse sobre ruedas a su antojo. Un sueño cumplido que fue posible gracias al aporte de Beneciclo, la fundación que busca mejorar la calidad de vida e integración de niños y jóvenes mediante el préstamo gratuito y permanente de triciclos y bicicletas especialmente diseñadas para distintas necesidades físicas.




Esa mañana fue la misma Isabel Custer, junto a su directorio integrado por Lionel Sotomayor, Coca Gómez y Eric Gicquel des Touches, quien hizo la entrega y ayudó a los primeros tres niños beneficiados a ajustar sillines y correas.




Bajo la supervisión de Ricardo Eckardt, director médico de Teletón y que tambien forma parte del directorio Beneciclo, los niños de inmediato experimentaban una nueva cara. Felices y confiados avanzaban por los pasillos. Un milagro que emocionó a familiares y al propio cuerpo médico esa mañana de noviembre. Eckardt fue contundente: “Nuestros niños tienen derecho a jugar, divertirse y hacer deporte como cualquier otro”. Luego Isabel contó cómo nació su motivación después de ver en internet la cara de felicidad de una niña con parálisis cerebral que no podía caminar. “Sus padres le habían fabricado un triciclo especial para que se desplazara con el movimiento de manos. Era maravilloso confirmar que la vida de una persona podía cambiar de un momento a otro”.




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Al tiempo estaba en Santiago. “Cuando llegué hice una asesoría publicitaria e investigué sobre la tendencia de las bicicletas. Descubrí que en Chile no existían para personas con discapacidad y que nunca nadie se había preocupado de adaptarlas para ellos. Concluí que muchos niños no pueden caminar, pero sí pedalear.




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Tampoco encontré organismos o instituciones que hicieran estos triciclos adaptados, fue ahí cuando me propuse hacer yo misma una fundación y nació Beneciclo. Primero me reuní con Teletón y, como ellos son referentes en el tema, quería preguntarles si en realidad hacía falta. Me junté con Ximena Casarejos y le conté que hacer esto en Chile era mi sueño, tanto por la integración como por la sustentabilidad del proyecto”.




Le fue bien, aunque a poco andar aparecieron los factores tecnológicos. “Nos costó mucho encontrar a alguien que los diseñara y que los hiciera en Chile. Luego, cuando se sumó más gente en torno a la idea, la primera propuesta fue que teníamos que comprar un triciclo adaptado afuera y luego hacer prototipos aquí. Pero tampoco encontramos a las personas calificadas para hacerlo.




Eso fue el primer proyecto y ahora ya no nos limitamos a triciclos, sino que también nos ampliamos a andadores y otros artefactos para desplazarse o hacer arte, como tubos de pintura para pintar murales en el suelo”. Finalmente optaron por importarlos directamente desde Estados Unidos, aunque eso signifique pagar impuestos aquí y allá. La firma que se encarga de construirlos es AmTryke con más de veinte años de experiencia.




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—¿Para quiénes están adaptados estos triciclos específicamente?




—Para niños y jóvenes con discapacidad física. Puede tratarse de algo leve, como en el caso de quienes tienen artrogriposis que son los primeros candidatos. También para personas con rigidez de músculos, lo que les impide caminar, hasta casos más complejos como niños con parálisis cerebral. Eso es lo que me inspiró, en definitiva.




Se siente cercana a Chile permanentemente. Aunque también tiene sus raíces en Perú y Suiza. A los tres años fue con sus padres a vivir a Miami y luego a Nueva York, donde finalmente estudió comunicación audiovisual. “Mis temas son el cine y la música”, dice. En Francia también ha trabajado en documentales, hizo su primer demo de música, y ahora acaba de rodar un cortometraje en Los Angeles.




—¿De qué se trata esta entrega?




—Es algo que escribí, dirigí y ahora está en proceso de edición. Se llama Night of the Living Data. Es una sátira de zombies, el título está inspirado en el trabajo que hizo George Romero de los años ’60. Una comedia negra que habla de un virus que se contamina a través del teléfono. La única forma de curarte es tocando la naturaleza, es decir, es una sátira sobre la tecnología. Espero que a fin de año terminemos la postproducción y poder enviarlo a festivales.




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—¿Hay algún link entre estos trabajos y tu fundación?




—He estado dedicada a lo audiovisual y también hice un master en la Sorbonne referido a lo mismo, pero estaba buscando qué hacer en Chile con todo eso. Todo el año pasado estuve muy involucrada en publicidad, redacción digital y audiovisual. Así entendí que lo mío es dirigir y escribir lo que sea, películas o música.




—Generalmente estas acciones como la de fundación Beneciclo vienen cuando uno experimenta la minusvalía de cerca…




—Es verdad, pasa mucho que cuando en una familia hay alguien con alguna discapacidad aparecen motivaciones más profundas. No fue mi caso, solamente me llamó la atención que en Chile no existiera esto. Yo me muevo así, por las cosas que tienen sentido.




—¿Se trata de una tecnología muy cara?




—Tenemos un capital pequeño, que nos alcanzó para comprar los cuatro primeros triciclos, aunque queríamos diez. De a poco seguiremos con más, porque en la medida que los niños crezcan, irán pasando a otros. La idea es que, con el tiempo, sean muchos los beneficiados.




—Cuando viste a los primeros que pudieron pedalear, ¿qué experimentaste?




—Para mí también fue un gran logro, un sueño realizado. Sentí por primera vez lo que mucha gente me dijo cuando les conté del proyecto: esto puede llegar a ser muy grande.




—¿Qué cambios se observan en un niño con discapacidad cuando logran pedalear?




—Ver que pueden ser autónomos y felices es algo que impacta y emociona. Es la verdadera sensación de libertad. Teletón trabaja principalmente en lo terapéutico y el aporte de Beneciclo es apuntar a la recreación: un aspecto importante que se había olvidado, tal como la musicoterapia o la arteterapia. Vine a trabajar en esto y en esto seguiré.