Un dos por uno. Eso fue lo que los doctores le ofrecieron a una entonces veinteañera Timmie Jean Lindsey mientras yacía en el pabellón del Hospital Jefferson Davies en Houston, EE.UU. Corría la primavera de 1962, y el equipo de especialistas liderado por Frank Gerow y Thomas Cronin necesitaba un conejillo de indias para testear los primeros implantes mamarios de silicona. El hallazgo había sido fortuito, tal como había sucedido antes con otras invenciones médicas famosas, como los rayos X.

Un día, mientras caminaba rumbo al banco de sangre del establecimiento sujetando una bolsa plástica llena de líquido, Gerow se percató de que su textura y caída se asimilaba a la de los pechos femeninos. Por esa misma época Cronin viajaba a un simposio de cirugía plástica en New Orleans, donde un amigo le contó acerca de una compañía que estaba lanzando un nuevo material para implantes que adquiría distinto grosor y viscosidad, pasando fácilmente de líquido a sólido. Ambos colegas intercambiaron impresiones y juntaron sus cabezas, creando el primer prototipo de implante mamario de silicona, semejante a una bolsa.

Una perrita llamada Esmeralda fue la pionera en llevarlos, en un exitoso ensayo que no presentó ninguna reacción adversa. ¿El siguiente paso? Probarlos en humanos, con Timmie Jean Lindsey como la candidata perfecta.

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Lo cierto es que la mujer había llegado al recinto clínico por razones muy distintas. Casada a los 15, divorciada a los veintitantos y madre de 6 hijos, trabajaba como obrera en una fábrica y deseaba remover un tatuaje en su escote en honor a un antiguo –y ya olvidado- novio. De situación socioeconómica vulnerable, calificaba como paciente digna de atención gratuita. Fue entonces cuando conoció a los doctores Gerow y Cronin, quienes le ofrecieron ser la primera voluntaria en aumentar el tamaño de sus pechos.

En una entrevista al diario británico The Guardian en 2012, una octogenaria Timmie Jean recordaba: “Nunca tuve ningún problema con mi delantera. Lo que me acomplejaba era el tamaño de mis orejas ¡Me parecía al elefante Dumbo! Pero hice un trato con los médicos, que acordaron arreglarlas junto con mi busto”.

La cirugía duró alrededor de dos horas, donde los senos de la mujer pasaron de la copa B a la C. Lo que ni ella ni los cirujanos esperaban era el boom que se desataría después.

En la misma entrevista a The Guardian, Timmie Jean confesó: “Mis pechos lucían perfectos, como si fuesen verdaderos. Creo que no me di cuenta del impacto que causarían hasta que salí a la calle y los hombres me silbaban y piropeaban como nunca antes en mi vida”.

Su existencia no fue la única en cambiar. Thomas Biggs, entonces un ayudante del equipo médico pionero, conversó en 2012 con la cadena de noticias BBC Mundo acerca de la sorpresa de sus creadores. “En el momento no nos dimos cuenta de la magnitud del hallazgo. Si hubiésemos vislumbrado el futuro de los implantes, nos habríamos ido literalmente de espaldas”, dijo.

Sólo se percataron que tenían algo grande entre manos cuando el doctor Thomas Cronin expuso su trabajo en la Sociedad Internacional de Cirujanos Plásticos en Washington D.C. el año 1963. “El mundo de la medicina estética estaba eufórico de entusiasmo”, contó Biggs.

El timming era perfecto. En la década de los cincuenta la sociedad norteamericana favorecía los escotes femeninos generosos. Fue en esos años que apareció la revista Playboy, la curvilínea muñeca Barbie y actrices como Marilyn Monroe y Sophia Loren dominaban la pantalla grande. Las féminas menos dotadas, deseosas de parecerse a sus ídolas, henchían sus sostenes con los llamados “falsies” o rellenos, pero querían más. La invención de Gerow y Cronin era la respuesta perfecta a esos anhelos de voluptuosidad.

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Silicona: Polémico estallido

Teresa Riordan, autora de Inventing Beauty: A History of the Innovations that Have Made Us Beautiful (“Inventando la Belleza: Historia de las Innovaciones que nos han hecho hermosos”), relata en su libro que fue primero en Japón en la década de los ’40 donde se usó silicona para aumentar el tamaño del escote. Las usuarias eran prostitutas japonesas, que se inyectaban silicona industrial directamente en los pechos, robándola del puerto de Yokohama, el más grande de la nación. Su objetivo era lucir más atractivas para los soldados de las tropas estadounidenses que habitaban en el lugar, que preferían una figura femenina más curvilínea. Antes lo habían intentado con leche de cabra y parafina. Como era de esperarse, la mayoría de estas mujeres sufrió de gangrena, entre otras infecciones.

Cuando en Estados Unidos empezaron a usarse los implantes de silicona, los problemas sanitarios de esta envergadura eran cosa del pasado. Sin embargo, los implantes siempre han estado en el ojo del huracán. A partir de 1976 la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de EE.UU. los sometió a estrictos controles de calidad. Tanto así, que en enero de 1992 limitó su uso sólo a cirugías reconstructivas como la mastectomía o para corregir deformidades congénitas, medida imitada por países como Alemania, España, Austria e Italia. En el intertanto se optó por los implantes salinos, hasta que luego de una serie de estudios en 2006 se comprobó que eran inocuos y la FDA autorizó nuevamente su empleo con fines cosméticos en mujeres mayores de 22 años.

Pero sin duda la controversia que puso a los implantes de silicona en boca de todos fue en 2010, cuando se filtró que la compañía francesa Poly Implants Prothèses (PIP) había rellenado sus productos con silicona industrial -la misma empleada en la fabricación de colchones- en vez de la médica, para abaratar costos. No sólo eso, sino que aparentemente este tipo de silicona aumentaba el riesgo de contraer cáncer de mama.

¿El resultado? Protestas callejeras, el Ministerio de Salud francés garantizando la remoción gratuita a las afectadas, y el fundador de la empresa Jean-Claude Mas tras las rejas en lo que fue uno de los juicios más caros y bullados de la historia gala.

Hoy en día la silicona –proveniente de empresas manufactureras serias, claro está- es el material de preferencia usado en los implantes en el mundo, y también en Chile. Para el experto Rodrigo Cabello, cirujano plástico de la Clínica Lo Arcaya y Santa María y miembro titular de la Sociedad Chilena de Cirugía Plástica Reconstructiva y Estética, la razón es que “son los mejores en cuanto a biocompatibilidad, textura, consistencia y duración en el tiempo. Además, hay mayor calidad en cuanto cobertura, al tener más capas de silicona. Ello se traduce en que son más resistentes y no se filtran. De hecho, en Chile son los únicos que empleamos”.

Fiebre global

Los números hablan por sí solos. Cifras de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica estiman que desde su creación a la fecha entre 5 a 10 millones de mujeres han recibido implantes mamarios, ya sea por razones estéticas o reconstructivas. A nivel mundial es la segunda intervención más solicitada después de la liposucción, llevándose un primer lugar en países como Inglaterra y Estados Unidos. Tan sólo en 2012 se realizaron 286 mil operaciones en EE.UU., y desde el año 2006 hasta hoy la mamoplastía de aumento es el procedimiento estético más popular según la Sociedad Norteamericana de Cirujanos Plásticos.

Tras bambalinas la industria recauda suculentas ganancias, con 10,4 billones de dólares tan sólo en territorio norteamericano según los cómputos más recientes de la misma entidad.

El doctor Cabello sostiene que el comportamiento nacional es similar al extranjero. “En nuestro país no existen cifras oficiales, pero lo más común es la liposucción seguida de los implantes mamarios. Cabe hacer la salvedad de que la liposucción a menudo acompaña otros procedimientos, por lo que si se trata de una cirugía única los implantes mamarios son incluso más frecuentes. De estos últimos, el 80% se realiza con fines estéticos y un 20% con fines reconstructivos, como es el caso de las mujeres que se han sometido a una mastectomía”, puntualiza.

Con respecto al perfil de las pacientes, los grupos etarios varían: “La solicitud de implantes para un aumento mamario suele darse en féminas de 22 a 40 años. Aquellas entre los 40 y 55 generalmente se asocian a la mastopexia o levantamiento de los pechos”, afirma el especialista.

Un punto donde no siempre hay consenso se refiere a la duración de los mismos. El experto de la Universidad de Chile y cirujano plástico Alex Eulufí, explica: “Hasta alrededor del 2010 se pensaba que los implantes subsistían una década, e incluso nos enseñaban que transcurrido ese plazo debían cambiarse. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que el 90% de los implantes puestos de 2000 en adelante estaban en buen estado transcurridos 10 años. Por esto la recomendación de cambio transcurrida la década se mantiene para implantes previos al 2000, aconsejándose hoy en día un seguimiento anual o en caso de duda”.

Una de las más frecuentes es cuando existe la sospecha de padecer cáncer de mama. En este caso debe hacerse una resonancia nuclear magnética en la zona, previa consulta con un especialista.

No obstante, el doctor Eulufí advierte: “Está absolutamente demostrado que el riesgo y la detección del cáncer mamario no se altera con la portación de implantes en la zona. Otra preocupación común es si afecta la lactancia, donde quizás un implante de gran tamaño podría provocar algún grado mayor de congestión mamaria y eventual riesgo de mastitis, pero nada más allá de eso”.

Tanto el aumento mamario como la mastopexia o levantamiento del busto no demoran más de dos horas en el quirófano. Ambas consideran un reposo relativo –sin trabajar ni conducir- de una semana.

Lo que viene

Su slogan comercial es: “Una alternativa más dulce”. Bajo el nombre de Gummy Bear, son implantes hechos con un gel de silicona de alta resistencia. Su material es muy denso -semisólido-, por eso cuando se cortan se adhieren igual que los dulces Gummy Bear (su símil chileno son las gomitas Ambrosito). 

De acuerdo con una publicación de la Sociedad Norteamericana de Cirujanos Plásticos en agosto de 2013, entre sus ventajas está el que se asemejan más a la forma natural de los pechos, dando más volumen a la parte inferior. Al estar compuestos de un gel más rígido, el implante se arruga menos y brinda firmeza adicional. Finalmente, como todos son texturizados, hay una cierta evidencia que sugiere que el riesgo de desarrollar una contractura capsular alrededor del implante disminuye.

Las desventajas comprenden una potencial rotación del implante, en cuyo caso la parte más gruesa puede distorsionar la forma de la mama. Además, como el gel es más grueso, a menudo es necesario efectuar una incisión un poco más larga para insertarlos. También hay algunas mujeres a las que les desagrada la consistencia del gel; ello sin olvidar los riesgos comunes a todos los implantes mamarios, incluyendo casos raros de infección, sangrado y ruptura de los mismos.

El especialista Gustavo Alfaro, miembro titular y antiguo presidente de la Sociedad Chilena de Cirugía Plástica Reconstructiva y Estética, advierte: “Mi mensaje para los pacientes es que no caigan incautamente en las ‘novedades’ del momento, que generalmente se usan con fines de marketing. Todas las innovaciones deben incorporarse una vez que hayan pasado el filtro de una evaluación seria y desinteresada en centros reconocidos y en el marco de la medicina basada en la evidencia científica. Es lo que llamo innovación responsable”.

Transcurrido más de medio siglo, seguramente los pioneros Gerow y Cronin estarían de acuerdo.