El sábado, al salir del cine, recordé una poderosa frase, cuya esencia hasta entonces sólo relacionaba con emociones vitales: “Todo lo que hace bien, siempre hace mal”. Y pensé que la universalidad de esta máxima, cantada por Fito Páez en relación a una herida amorosa, puede abarcar infinitos otros territorios. Ah, por eso es que los viejos rockeros nunca mueren —por cierto, sabia sentencia de otra canción—, me dije.

Lo que me sobrevino no tiene nada de romántico, eso sí, pero también podría alcanzar a esas esferas. Fui a ver la película Efectos Colaterales, del magistral Steven Soderbergh, que muestra cómo los fármacos pueden actuar en las personas súbita e imprevisiblemente, muchísimo más allá de los propósitos de una receta. 

…Que muestra cómo los fármacos pueden actuar en las personas súbita e imprevisiblemente, muchísimo más allá de los propósitos de una receta.

Allí a Emily (Rooney Mara, brillante en Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres, que le valió una nominación al Oscar), pierde una idílica vida al caer preso su marido (Channing Tatum). Le surge una ansiedad patológica, que aplaca con la receta de una médica (Catherine Zeta Jones). Pero al recuperar la libertad su esposo, recrudece dramáticamente. Ahí entra en acción el siquiatra Jonathan Banks (el guapísimo Jude Law), quien le prescribe sucesivos tratamientos, hasta dar con el ‘adecuado’, pese a que también le producen consecuencias colaterales.
La mágica píldora devuelve a Emily la vitalidad, y hasta la libido que otras pastillas le habían adormecido. Pero, como advertía la canción, “todo lo que te hace bien, siempre te hace mal”, y el derrotero es fatal: los químicos efectos adversos la llevarían al asesinato. 

Si el malhechor es el fármaco, la enferma o el médico es lo que continúa. Aunque si el asesino finalmente es o no el mayordomo, prefiero guardar el secreto. Lo cierto es que me fui algo frustrada del cine, pues en algún momento se extravió en el filme el ingrediente de crítica a la tiranía de la nueva economía a la que estamos sometidos, en la que también participa la industria farmacéutica ofreciendo salud y felicidad como un producto más.

Me quedó gravitando la idea de la bipolaridad de las medicinas que consumimos a diario, que mientras atacan un síntoma, nos provocan otros insospechados. Olvidamos que toda píldora tiene su lado B, al punto de identificar a veces los efectos secundarios como una dolencia nueva.

No es que descrea del poder de la investigación científica y su capacidad para mejorarnos. Sin duda el mundo es mejor gracias a la penicilina. Y los avances en salud son responsables, en parte, del incremento de nuestra esperanza de vida, pero no siempre ello lleva implícito ‘calidad’ vital. Una sabia píldora también puede matarnos. De hecho, para algunos, la penicilina es letal. Y lo mismo un simple paracetamol.

Que nos informaran de los efectos colaterales de un fármaco debía ser norma, por sus pavorosas repercusiones: letargo, palpitaciones, náuseas, inhibición parcial o total de la libido, hiperactividad, sonambulismo, sequedad salival, caída del cabello, sangramientos, y suma y sigue. Recuperaríamos nuestra autonomía para decidir si a cambio de la promesa de mejoría aceptamos también sus secuelas como parte del paquete ‘de salud’.

No es broma. Pienso sólo en que más del 40 por ciento de la población adulta en Chile se medica por hipertensión y la misma cifra por trastornos del ánimo. Enfermos crónicos que salen de las consultas con cócteles de medicinas que tienen, por sólo tocar un aspecto, por ejemplo, secuelas inhibidoras de las respuestas sexuales. Para calibrar más: un tercio de las mujeres que llega al sexólogo, consulta por falta de deseo, y el 70 por ciento de ellas es consumidora de ansiolíticos o antidepresivos, pero pocas saben que estas pastillas alteran su capacidad de goce.

Que nos informaran de los efectos colaterales de un fármaco debía ser norma, por sus pavorosas repercusiones: letargo, palpitaciones, náuseas, inhibición parcial o total de la libido…

La química nos invade, y sus efectos colaterales nos eclipsan hasta lo romántico, cómo no. Bien podría ser que tras esa abulia erótica que nos preocupa, y hace que la pareja sufra, pensando incluso en que le están poniendo los cuernos, esté una pastilla que entró en nuestra vida. Necesitamos participar más de las decisiones médicas, qué duda cabe.  
Viene como anillo al dedo la reflexión del lúcido austriaco André Gorz sobre nuestra medicalizada vida. “Ninguna medicina nos puede dar salud cuando el modo y el medio de vida la degradan”, advertía. Algo así como que estamos enfermos de civilización. O enfermos de química.

>Revisa el trailer de Efectos Colaterales