La literatura de la neurociencia sostiene que una vez muerto Albert Einstein —el 18 de abril de 1955—, el médico que realizó la autopsia, Thomas Harvey, decidió salvar del horno crematorio el cerebro del científico con el fin de estudiarlo en profundidad, convencido de que el receptáculo de tamaña inteligencia tenía más de algo que comunicarle a la ciencia. El cerebro fue diseccionado en 140 partes, las que tomadas en celofán fueron dispuestas en frascos con formol y sometidas a diferentes estudios en diversos centros de investigación a lo largo de Estados Unidos, Canadá y Europa. A más de cincuenta años de ese episodio, los avances en el conocimiento del cerebro siguen siendo mezquinos. Ante él, aún somos como el explorador que cae en mitad de la selva virgen del Amazonas sin saber demasiado bien qué hacer. Podemos conocer los confines del universo y adentrarnos en los misterios de la materia oscura, pero, comparativamente, del cerebro sabemos muy poco.

Hasta ahora.

Dos proyectos gigantescos —en el tenor de lo que fueron las investigaciones sobre el genoma humano— podrían cambiar el estado de las cosas.

El primero es la iniciativa que lanzó a principios de 2013 el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y que pretende en el plazo de quince años establecer un mapa de toda la actividad cerebral. Con un presupuesto de cien millones de dólares, el proyecto BRAIN —Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies— busca encontrar la cura a enfermedades como la esquizofrenia, la epilepsia, el Alzheimer o el Parkinson, entre muchas otras patologías mentales que afectan a cerca de mil millones de personas en todo el mundo.
El otro es el Human Brain Project (HBP). Con un presupuesto de mil 200 millones de euros entregados por la Comisión Europea —a través de fondos públicos asignados por medio del concurso FET Flagships—, más de 130 institutos de investigación de Europa y del resto del Viejo Mundo, que congregan a cientos de científicos de diferentes disciplinas, intentan crear un primer modelo informático del cerebro, una suerte de simulador, un cerebro artificial que funcione tan bien como el original. Se han dado un plazo de diez años para conseguirlo.

El cerebro, desde tiempos inmemoriales, ha sido un misterio por desentrañar. Y no son pocos quienes han querido dilucidarlo. En la antigua China —según se explica en el libro Viaje extraordinario al centro del cerebro, de Jean-Didier Vincent— se consideraba que el corazón era el órgano del espíritu, y el cerebro, un océano, fuente de fuerza vital. Este era el reservorio de la médula, que no era otra cosa que esperma transformado, producido por los testículos. “Esta teoría sirvió de guía para las prácticas eróticas de los chinos: ahorrar esperma, era ahorrar vida. ¡Se enseñaba que si se tenía el poder de desvirgar a diez mil vírgenes durante una noche, sin eyacular, era posible vivir diez mil años!”, cuenta Vincent.
A lo largo de varios siglos, el corazón y el cerebro se disputaron la potestad sobre la razón y los sentimientos. Aristóteles, por ejemplo, era partidario de “otorgar al corazón un papel central en la generación y el control de las ideas y las emociones . Las propiedades cognitivas del corazón ‘Acrópolis del cuerpo’ proceden del calor abrasador que reina en él. El cerebro, órgano frío, sirve para enfriar el corazón”. Pero Demetrio, primer filósofo materialista, planteaba en el siglo III aC, que el cerebro, “centinela adelantado del cuerpo escondido entre membranas fibrosas, es el guardián de la inteligencia”.

 

Wp-Cerebro-450

La batalla fue larga y vino a terminar recién en el siglo XIX, una vez que se determinó que el cerebro es el órgano del pensamiento y que las facultades mentales y morales están localizadas en áreas corticales específicas.
A pesar de estos avances, el cerebro seguía siendo un territorio ajeno y extraño. Recién en la década del 80 —hace no más de 30 años—, gracias al desarrollo de la tecnología, y fundamentalmente con la implementación de técnicas como la resonancia magnética, ha sido posible estudiar su funcionamiento y estructura con un grado de exactitud importante.

El aumento en la esperanza de vida de las personas no sólo ha traído buenas noticias. Conforme la edad promedio de la población ha ido en aumento, el número de personas que sufren enfermedades degenerativas como el Alzheimer o el Parkinson crece. Según las estadísticas, para 2050 se estima que el número de enfermos de Alzheimer llegará a 135 millones en todo el mundo; mientras que sólo en Estados Unidos habrá 16 millones.
De ahí que urge tener mayor información respecto del cerebro, a objeto de contrarrestar el avance desenfrenado de este tipo de enfermedades. Y es que en la medida que no exista una teoría general del cerebro, un ordenamiento que articule los descubrimientos aislados que se han hecho y todo lo que está por venir, la medicina sólo dará palos de ciego.
Uno de los ideólogos del proyecto BRAIN es el neurólogo español Rafael Yuste. Hace unos meses, Yuste explicaba, en el diario El Mundo, la realidad del conocimiento que tenemos hoy sobre el cerebro. Para hacerlo, comparaba al órgano pensante con un filme del que apenas vemos un mínimo fragmento. “Es como si en vez de ver toda la pantalla sólo pudieses ver dos o tres píxeles. Así nunca podrías entender lo que pasa. Tenemos una pantalla con 100.000 millones de neuronas. En ciertos laboratorios, se ven mil a la vez. Pero nadie ha visto la película. Nadie tiene las herramientas para hacerlo. Queremos dotar a la neurociencia de la habilidad para verla por primera vez”.
El plan es ambicioso no sólo por los alcances científicos que implica, sino también porque la divulgación de los resultados pretende ser pública. Cualquier institución o persona natural podrá acceder a la información que el proyecto BRAIN obtenga. Para esto, un grupo de científicos ya se reunió con empresas como Google y Amazon con el fin de asegurar que existen los requerimientos técnicos para asegurarse que los datos podrán ser alojados en una nube y quedar a disposición de los interesados.

En Europa hay 127 millones de personas que sufren alguna disfunción cerebral. Y los costos para tratar esas patologías representan cerca de un billón de euros anuales. La situación ha llegado a niveles críticos, toda vez que los avances en materia cerebral han sido muy discretos y la industria farmacéutica ha reducido drásticamente sus presupuestos relativos a neurociencia por ser poco rentables.

El HBP viene a ser la respuesta del mundo científico ante este diagnóstico brutal. La única forma de ganar la batalla contra las enfermedades degenerativas debe venir de un trabajo asociado con las computadoras e internet.

El gran problema de conocer a cabalidad el funcionamiento del cerebro tiene que ver con la dispersión de los datos obtenidos. La información se encuentra fragmentada en miles de investigaciones y dividida en dos grandes ejes: una referida a información sobre los distintos tipos de neuronas; y otra que da cuenta de la arquitectura entre las neuronas del cerebro.
Aun cuando todavía no existe la tecnología suficiente, se estima que los avances en computación permitirán, de aquí a diez años, con la información recolectada, simular con precisión el cerebro humano. Esto no sólo ayudará a la medicina, sino que también anuncia una revolución tecnológica en el evento de que el día de mañana los computadores pueden ofrecer la eficacia del cerebro humano en su funcionamiento.

Ese universo desconocido que tenemos entre nuestras orejas dejará de ser, más temprano que tarde, un territorio ajeno y brumoso. La conquista definitiva del cerebro ya comenzó.