A fines de octubre se inauguró en Santiago el centro del doctor Máximo Ravenna; su franquicia número 17 en el mundo y cuyo singular sistema ha hecho bajar de peso a miles de personas y a figuras como la ex presidenta de Brasil Dilma Rousseff, al futbolista Diego Maradona y a la animadora argentina Susana Giménez, entre otros. Partimos entonces a conocer y poner en práctica el denominado ‘método Ravenna’, averiguar el porqué de su éxito internacional y comprobar los resultados que promete: eliminar el 10% del peso en un mes y, lo más importante, mantener la baja por el resto de la vida.

La primera entrevista de asesoramiento es gratis a cargo del sicólogo Franco Melchior, quien explica de qué se trata este sistema integral, que contempla una dieta de 900 calorías diarias, una consulta al mes con un médico, con un nutricionista que calcula las proporciones y medidas del cuerpo y un sicólogo; además de cuatro clases a la semana de gimnasia personalizada seguidas de grupos terapéuticos para que las personas se puedan conectar y entender los motivos de su alza de peso.

Tres son los principios básicos: corte, medida y distancia. Corte en cuanto a terminar con los hábitos que nos llevaron a aumentar de peso como el exceso, el desorden y la voracidad. Medida en relación a las porciones exactas que se deben ingerir, que permite distinguir entre el hambre y las ganas de comer. Y distancia física con la comida y entre las comidas, entendiendo que no es necesario alimentarse muchas veces al día.

iStock-137214691

LO IMPORTANTE DE LA MEDIDA

Un menú de 900 calorías diarias exenta de azúcar y carbohidratos refinados —la fruta está permitida— y repartido en cuatro comidas (desayuno, almuerzo, once y cena) para alguien “tentado”, ansioso o que suele excederse en sus porciones se ve como un cometido prácticamente imposible de cumplir, sobre todo considerando que el ‘método Ravenna’ no considera medicamentos para la ansiedad o el hambre, solo vitaminas diarias para suplir la de aquellos alimentos que se dejan de consumir. El consuelo y la esperanza para no morir en el intento, es que al tercer día de no comer carbohidratos refinados ni azúcar, el cuerpo entra en un estado de cetosis y el organismo comienza a usar como fuente de energía principal las grasas, que además de producir una rápida disminución de peso, generan una sensación de saciedad permanente.

Sonaba demasiado lindo para ser verdad. ¿Comer poco, sano y no sentir hambre? Había que experimentarlo para creerlo. Y partí entonces mi primera semana con mi menú de menos de mil calorías dividido en cuatro comidas. Y si bien los cinco primeros días no fueron tan difíciles de resistir, porque efectivamente se deja de sentir hambre, llegó el viernes y me ‘bajó’ esa clásica ansiedad por algo rico que suele invadirme cuando llega el fin de semana. Revisé mi pauta de alimentación para ver si había alternativas o permitidos para esos momentos de ‘emergencia’; ¡pero nada! Y a medida que avanzaba la tarde mis ganas aumentaron al punto que… ¡pequé! Sí, pequé con un chocolate, pero al día siguiente tendría las clases de gimnasia en el centro Ravenna donde quemaría esas calorías y luego las terapias grupales en que le pediría al sicólogo a cargo, un listado de alimentos de reemplazo para esos momentos. Sin embargo, la respuesta fue clara: no hay alimentos de reemplazo ni ‘permitidos’ a deshora, porque si éstos existieran, los que suelen excederse se la pasarían entre puros permitidos. Me explicaron que la diferencia entre una persona normopeso o delgada versus alguien con sobrepeso no es lo que come, sino el exceso de lo que se echa a la boca.

(2019)

En esta y las siguientes terapias grupales entendí muchas otras cosas, como la importancia de distinguir entre sentir hambre y las ganas de comer algo rico, y que ese ‘hambre emocional’ se mata con actividades que nos tengan la cabeza ocupada. Aprendí además que ‘salirse’ de la dieta con carbohidratos refinados y alimentos procesados corta la cetosis; también la importancia de respetar los horarios de cada comida (para no llegar con hambre a la siguiente) y que es fundamental el tamaño de las porciones, porque al final el método Ravenna no es una dieta de bajas calorías, sino un cambio de switch en nuestro vínculo con la comida y, sobre todo, en aprender a construir límites y en no excedernos, lo que se termina aprendiendo por repetición. Esto será fundamental a futuro para que —una vez conseguido el peso deseado y se reintegren el resto de alimentos a nuestra dieta— no volvamos a recuperar esos kilos de más.

Con más de un mes de tratamiento, si bien no eliminé el 10% de mi peso inicial —como sí ocurrió con la mayoría de mis compañeros del Centro Ravenna—, anduve cerca: voy en seis kilos menos, disminuí centímetros y ya me ‘entran’ varios pantalones guardados de veranos anteriores. Los tiempos desordenados de mi labor como periodista me hicieron difícil en un principio respetar horarios, porciones exactas y asistir a varias clases de gimnasia. Aun así, yo —que he probado una y mil dietas— creo que esta es distinta, efectiva (a cierta edad no es fácil perder kilos) y me hace sentido porque, insisto, no se enfoca solo en calorías, sino en un cambio de mentalidad. Uno, que es sibarita, limitarse no es tarea fácil, sino una batalla diaria, sobre todo en tiempos en que lo social gira en torno a lo gastronómico.