Parque Tecnológico Zañartu, 10 de la mañana. Pablo Valenzuela Valdés (72 años, 5 hijos, bioquímico y empresario) se deja ver a ratos. Alto, robusto y con apariencia de científico por donde se le mire, camina rápido por los pasillos, dueño del lugar. Con voz potente pero cordial, saluda a sus colegas del laboratorio. “Tengan cuidado con esas botellas, que estamos trabajando con virus hanta”, advierte, medio en serio, medio en broma. Se sienta, se para, corre al teléfono cada 20 minutos. Su nuevo proyecto lo tiene a este ritmo 18 horas al día y sus viajes fuera del país son tan frecuentes como repentinos.

Entregado a la ciencia desde que sus padres le regalaron un microscopio y el libro Cazadores de microbios, de joven, recién a los 15 años, organizaba “expediciones científicas” al Cajón del Maipo, donde junto con sus amigos cazaba mariposas, arañas y recolectaba plantas. Luego se daría cuenta de que su pasión por la ciencia podía ir de la mano con los negocios, y por qué no, dedicar su vida a ello: le armaba los insectarios y herbarios a sus compañeros del Liceo Alemán de Santiago y se los vendía.

A pesar de estar enamorado de la investigación, Valenzuela no sabía a qué carrera ingresar una vez egresado del colegio, por lo que tomó la decisión de aplazar sus estudios. Hasta que un amigo le mostró el folleto de una nueva carrera en la Universidad de Chile, que sólo contaba con 10 cupos. Se trataba de bioquímica. Su familia no tenía antecedentes de personas ligadas a la ciencia. De padre arquitecto y madre dueña de casa, recuerda que no se mostraron tan entusiastas con su opción.

“¿Investigador? ¿Y en qué vas a trabajar después? No vas a tener un cinco y vas a terminar manejando taxis”, le decían por entonces. Casi 40 años más tarde, Valenzuela sería Premio Nacional de Ciencias, entre otros importantes logros y títulos. Justo antes que cerraran las matrículas, alcanzó a inscribirse en la nueva carrera. En 1965, él y sus compañeros se convierten en la primera generación de bioquímicos del país, y el joven científico decidió volar a Estados Unidos para hacer un posgrado, “un mínimo requerido para un enamorado de la ciencia”.

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Sin saber inglés, mandó cerca de 40 cartas a distintas universidades explicando que era chileno y quería hacer investigación. Lidiaría con el problema del idioma una vez allá. Para su sorpresa, recibió respuesta de diez facultades, por lo que pudo escoger dónde entrar. Llegó en medio de la revolución de la ingeniería genética, contexto que lo ayudó a empaparse directamente de los avances que recién comenzaban en el mundo. “Se me iban abriendo excitantes posibilidades con esta revolución. Era como estar bajo los efectos de una droga”.

En 1970 fue aceptado para trabajar en el laboratorio de uno de los bioquímicos más importantes del planeta, Bill Rutter, “mi padre científico”. Irving Klotz, profesor de Valenzuela años atrás, había llamado a Rutter para presentarle al joven chileno. “Es el mejor estudiante que jamás he tenido”, fue la referencia que le dio. Lo aceptaron de inmediato. Su escritorio quedó instalado en la mitad de uno de los pasillos del edificio, donde leía y estudiaba con obstinación. Los saludos cordiales con su jefe luego dieron paso a conversaciones más largas, y su relación pasó rápidamente de colegas a amigos. “No existe nadie en el mundo con quien preferiría resolver un tema importante que con Pablo. Trabajar con él ha sido uno de los grandes placeres de mi vida”, dice Rutter. Juntos fundaron, en 1981, la empresa de biotecnología Chiron. Y fue bajo esa firma que Valenzuela y su equipo comenzaron a cambiar el rumbo de la medicina mundial.

Su descubrimiento más importante, hasta ahora, es la vacuna contra la Hepatitis B, “porque fue realizada con mis propias manos”. Pero el científico no estaba precisamente buscando lo que finalmente encontró. Fue la unión de los resultados de dos investigaciones de naturaleza muy básica. “Secuenciamos el virus de la Hepatitis B y descubrimos sus genes. Luego nos dieron ganas de expresar esos genes. Ahí ocurrió la posibilidad de una vacuna. Sumamos los resultados, uno más uno y funcionó”.

En ese minuto se dio cuenta de la magnitud de lo que había descubierto. Hicieron la prueba en animales y tuvo el resultado esperado. Sólo faltaba desarrollar el producto con algún laboratorio para comenzar a venderlo. “Fue una revolución en las vacunas. Era tan segura y efectiva que fue comercializada por Merck a 60 dólares por las tres dosis necesarias, un buen precio para librarse de una enfermedad que puede producir cáncer”. Cinco años más tarde su descubrimiento fue aprobado por la FDA, y la revista Business Week lo eligió el producto del año. El impacto del invento es potente: las infecciones por esta enfermedad han disminuido en más de 95 por ciento y las vacunaciones masivas se han implementado en 177 países.

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Pero Valenzuela no se conformó y siguió buscando nuevos proyectos. “El 80 por ciento del tiempo uno recibe resultados de cosas que no resultan, que fallan. Cuando ocurre algo de esta magnitud te da energías por unos años más”. Aprovechó el envión para descubrir la Hepatitis C y secuenciar el virus del Sida. “Ya que estamos en ésta”. Bajo su dirección, doctores de Chiron lograron las dos tareas. “Lo primero que hicimos fue un test para los bancos de sangre. Librándose del Sida y de la Hepatitis, le cambiamos la faz a los bancos de sangre de todo el mundo. Fuimos los primeros en prevenir el Sida mediante transfusiones. Hicimos la fuente sanguínea del planeta más safe, ¿cómo se dice en español? Más segura, limpia”. Años más tarde, Chiron fue comprada por la farmacéutica Novartis, en “una cifra importante, que dejó muy contento a los inversionistas”.

En 1999 llegó definitivamente de vuelta a Chile. “Había desafíos interesantes acá”. Se casó con su “consejera y compañera de vida y de aventuras científicas”, la doctora en Biología Celular Bernardita Méndez, con quien tuvo dos hijos, entre ellos la cantante Francisca Valenzuela.

Luego, junto a su señora y amigo, el inmunólogo Mario Rosemblatt, crearon la Fundación Ciencia & Vida, que reúne a innovadores y estudiantes promoviendo las ciencias y la formación de nuevas empresas de alta tecnología. En 2002, y por el “alto impacto que han tenido sus hallazgos”, se le otorgó el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas. “De todos los que he ganado, es el que guardo con más cariño”. Y eso que, recién en el último año, ha ganado el Life achievment award, otorgado a los pioneros de la industria, y el Alumni of the year, de la Universidad de California, a los ex alumnos con trayectoria excepcional. “Es porque me lo dieron en Chile”, dice. Uno de los jueces de esa premiación, Andrés Weintraub, lo reconoce como uno de los científicos más importantes del mundo, “y el hecho que haya decidido volver a desarrollar sus emprendimientos lo hace más destacado aún”.

Valenzuela, por lo demás, es uno de los diez personajes que componen la serie Mentes brillantes, una colección que reúne a los más destacados científicos del país. Además, es el presentador del segundo libro de la serie, Pioneros, iniciativa llevada a cabo por la Fundación Ciencia & Vida, en la que oficia como director científico. El resto de su tiempo lo dedica a su nueva obsesión: el cáncer.

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“Estoy muy ocupado con una novedosa tecnología descubierta por Luis Burzio y su grupo, que induce la muerte de células de cáncer sin afectar células normales. Los últimos cuatro años han sido de grandes avances. Hemos completado exitosos estudios en animales y lo queremos llevar próximamente a los humanos. No quiero hablar mucho del tema, pero cuando se sepa, ¡va a ser un notición!”

Antes de despedirse, muestra la foto de una placa de cobre instalada en un edificio de emprendedores, en California. Son cerca de 20 nombres que se pueden leer. Stanley Cohen, el padre de la ingeniería genética, Gregor Mendel y James Watson, Nobel por descubrir la estructura del ADN, son algunos de los personajes homenajeados. Casi al centro de la lámina, el único nombre español, Pablo Valenzuela, compartiendo el mismo rol que el resto en la historia de la medicina. “Lo malo es que el mío no se ve mucho”, se ríe. Tocan la puerta y mira su reloj. “Se acabó mi recreo”, dice. Un colega lo viene a buscar, corre, se encierra en su oficina y comienzan a planear lo que será otro más de sus “noticiones”.