“Frustración, ira, angustia…”. Constanza Achurra rememora lo que era su vida hace un año y recita, sin parar, las emociones más dañinas que puede experimentar un ser humano. Pero lo hace con una sonrisa que provoca que sus vivaces ojos negros se vean aún más grandes. Durante 25 años, arrastró una bulimia de la que trató de librarse por todos los medios y con todos los recursos. Dietas, siquiatras, chaperonas desfilaron por su vida, sin un ápice de éxito. Al contrario, el final de cada intento era siempre el mismo: un monumental atracón de dulces, helados y galletas. “Siempre era azúcar, nunca me di un banquete de hamburguesas del Mc Donalds. Me convertí en una experta en nutrición porque era un tema que no le quería traspasar a mis hijas”, dice.

Llevaba años viviendo con 10 kilos de más y la obsesión de llegar al peso ideal la tenía absolutamente consumida, nublada, perturbada. “ Me daba rabia ver a la gente que perdía 30 kilos y yo no lograba bajar ni uno. Hasta que un día hice crisis. Estaba tan aburrida que no pude más”, cuenta al recordar el momento exacto en que decidió darse una nueva oportunidad e ingresar al Grupo de Obesos en Control de Excesos (GOCE).

En la primera sesión, no pudo parar de llorar. Ahí, entre una veintena de desconocidos supo por primera vez que era una adicta y que había pasado casi toda su vida “drogada de azúcar”. Eso es lo primero que les explica el doctor Antonio Abud a quienes recién se suman al tratamiento que integra factores nutricionales, médicos y sociales, a través de tres pilares fundamentales: la abstinencia, la des-identificación con la comida y los límites. El método que ya es un secreto a voces en foros de internet y redes sociales, no cuenta con publicidad alguna, salvo el boca a boca. La dinámica, muy al estilo de Alcohólicos Anónimos, obliga a los asistentes a compartir experiencias de vida y temores que son la antesala de un viaje interno que busca descubrir el porqué de ese hambre emocional insaciable.

Según una investigación de la Universidad de San Francisco (EE.UU.) realizada en 2012 y publicada por la revista Nature, el azúcar es clave para entender por qué 35 millones de personas mueren cada año en el mundo por enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las enfermedades cardíacas y distintos tipos de cáncer. Sin contar sus efectos a nivel cerebral que afectan directamente a la memoria y el aprendizaje.

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En las sesiones, el doctor Abud dedica largos minutos a explicar cómo opera esta sustancia que desde pequeños nos obligan a consumir. “En los últimos años se ha descubierto que la gente que consume azúcar e hidratos de carbono genera una sensación de bienestar que tiene que ver con que esas sustancias estimulan de manera muy potente los circuitos de recompensa del cerebro que se encuentran en el hipotálamo. Esos circuitos están relacionados con otras adicciones químicas, como la cocaína y el alcohol y no químicas, como el juego, el poder o el peligro. Eso hace que se tenga que repetir una conducta que genera primero una adicción y luego una dependencia que puede ser física o sicológica”, explica el doctor, minutos antes de dar comienzo a una nueva reunión en la sede de Las Condes, una de las cuatro que la organización tiene funcionando en la capital.

El profesional que lleva más de 30 años dedicado a los trastornos del apetito y siete al mando de GOCE, cuenta que “antes la medicina no tenía más que ofrecer tratamiento farmacológico pero hoy sabemos que no es suficiente. Ocurre lo mismo que con el alcohólico que tiene el pellet y sigue tomando, el adicto sigue comiendo igual. Aquí llegan verdaderos gordos ilustrados que saben incluso más que cualquier profesional y así y todo no logran detenerse a la hora de comer. Porque están como jalados de azúcar y el cuerpo cada vez les pide más”.

A su lado está la sicóloga Karolina Lama, quien aporta cifras que dan escalofríos. “El hecho de que la Organización Mundial de la Salud hable de que en el 2025 el 95 por ciento de la población va a tener problemas de obesidad habla de que estamos frente a un tema mucho más profundo que el peso. Tiene una dimensión biológica que es la adicción a los carbohidratos, pero también está la dimensión sicológica que tiene que ver tanto con las emociones como con las experiencias de vida y una tercera esfera que es la social que es cómo influye el que en el mundo el hecho de que lo normal sea comer en exceso. Esa es la paradoja de este siglo. Por un lado te dicen que tienes que ser sano, saludable y guapo mientras que al mismo tiempo el mensaje más potente es que para ser feliz en la vida tienes que comértelo todo porque así se disfruta, no seas fome. Entonces ¿cómo lo hago?, ¡ no se puede!”.

Nadar contra la corriente. Asumir que para aspirar a un destino saludable lo básico es aprender a elegir qué nos echamos a la boca pero también regular lo que sale. Que el discurso construye la realidad. Que uno puede estar gordo pero no es gordo. Tomar consciencia de que el olor a pan en los supermercados es algo diseñado para los que lo huelen partan a zamparse un trozo en un santiamén. Aprender a identificar los sinónimos que la industria alimentaria utiliza en sus rotulados para referirse al azúcar y sus derivados… Las sesiones de GOCE están cargadas de reflexiones que remueven hasta al que nunca tuvo un problema con la pesa en su vida. Se trata de noventa minutos en que la emoción, la razón y la historia se mezclan entre lágrimas, risas y aplausos, mientras llegan nuevos gordos y nuevos flacos se despiden ante la admiración de sus compañeros.
Actriz de primera formación, Karolina Lama se unió al doctor Abud luego de investigar para su tesis de grado cómo evolucionaban quienes se sometían a intervenciones quirúrgicas para bajar de peso. Ahí, entendió que la comida no era el problema y el quirófano estaba lejos de ser la solución. Hoy, médicos y nutricionistas le piden asesorías de coaching en busca de mejorar el modo en que entregan el mensaje.

Antes de cerrar la puerta e invitar a los asistentes a apagar los teléfonos celulares para dar inicio a la sesión, nos asegura que “es paleolítico decirle a una persona ‘usted tiene malos hábitos, cámbielos’. Si actualmente en el país 7 de cada 10 personas tienen problemas con el peso. Hoy vemos a la gente que tiene kilos de más como normal. Cuando negocio el peso con mis pacientes recién llegados casi siempre el número que buscan sigue siendo sobrepeso, le aplique el índice que le aplique”.

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Pensando en el futuro, GOCE abrirá en marzo un grupo para adolescentes, entre 13 y 18 años. “Para muchos es una época conflictiva pero nosotros lo vemos como una edad entretenida en que puedes influir de manera categórica en la formación de hábitos que ayuden a prevenir conductas adictivas en el futuro”.

Pero, cuán libre puedo ser para elegir lo que como si soy dependiente al azúcar. Lo primero es reconocerse adicto y entender cómo opera. Luego cerrar la boca y seguir al pie de la letra una dieta que permite no sólo bajar el 10 por ciento del peso en un mes sino que además estimular la producción de leptina. Una hormona clave para mantener el nivel de grasas y evitar la obesidad, cuya producción se ve alterada por la avalancha de azúcares que invade al organismo.
Según explica Abud: “La forma de despertar esa sustancia neuroquímica está en la combinación de dos factores: alimentos en bajas cantidades, incluso la lechuga, y cero hidratos de carbonos. Así el organismo se ve obligado a producir esta sustancia que actúa como una pepa endógena, generando una sensación de bienestar que ayuda a dejar atrás la sensación de hambre. Asimismo, produce activación, lo que ayuda a la gente a moverse”.

Para Constanza Achurra, seguir el plan alimentario cambió por completo su relación con la comida. “Me costó, no lo voy a negar, me salía pero era básicamente en el tema de las cantidades, porque desde que me desintoxiqué del azúcar nunca más tuve la necesidad de volver a consumirla”.

A los siete meses recibió el alta y puso fin a años de atracones, culpas y efectos rebotes. “Por primera vez encontré el equilibrio en mi relación con la comida”.
Domesticada en la Polinesia para fabricar jugo dulce, la caña de azúcar fue convertida por primera vez en cristales en la India y fue Alejandro Magno quien la introdujo como alimento en parte de Europa, de la misma manera que España la llevó a sus colonias. Hoy, mueve cerca de 90.000 millones de dólares anuales y según la Organización de Naciones Unidas en 2020 su producción superará los 207 millones de toneladas. Así y todo, la tendencia en el primer mundo es aplicarle impuestos cada vez más altos a los productos que la contengan. Francia, España, Finlandia e Italia llevan la delantera. La guerra contra el dulce veneno ya empezó