No hay otra mujer en el mundo que pueda contar una historia como la suya. Eso creo al observar su sonrisa que le ilumina la cara aunque no tiene manos ni pies por el accidente en un tren que sufrió hace 10 años. Hoy, a los 32, es otra persona: tiene dos pequeños niños; un título de médico U. Católica y un posgrado de rehabilitación en la U. de Chile; anda en bicicleta con su marido, maneja su 4×4 para ir a su trabajo en la Teletón, y sólo pide ayuda
en casos excepcionales.




Un scooter la auxilia la mayor parte del tiempo, dándole autonomía y flexibilidad. Se ocupa de sus hijos y cocina, su hobby desde siempre. Empleando las partes de brazos y piernas que salvó se las arregla para hacer casi todas las tareas domésticas. Por eso, cuando llega a la casa se retira las prótesis que le cansan y provocan dolor si las usa mucho rato, y se dedica a lo que más le gusta.




Conduciendo su pequeño vehículo personal ha recorrido buena parte del mundo con su marido, ex subgerente de Turismo Cocha. Uno de esos viajes lo hizo una semana después de tener su primer hijo, por cesárea, cuando subió a un avión llena de energía y entusiasmo porque acompañaría a Ricardo a una competencia deportiva.
Es lo que nos contó su madre, la doctora Leonor Palomer Roggerone, directora de Asuntos Estudiantiles y Pregrado de Odontología UC:

Me dejaron a mi nieto y partieron muy contentos. Confiaron en que dejaban al niño en buenas manos, aunque, ¡para qué voy a mentir!, me preocupé y asusté cuando Ricardito tuvo pequeñas emergencias de recién nacido.

—Me dejaron a mi nieto y partieron muy contentos. Confiaron en que dejaban al niño en buenas manos, aunque, ¡para qué voy a mentir!, me preocupé y asusté cuando Ricardito tuvo pequeñas emergencias de recién nacido. Cristián, mi marido, fue su doctor de cabecera. Estuvimos muy contentos, pues se confirmaba que nuestra hija es capaz de disfrutar plenamente de la vida.




Al comienzo, todos tuvieron dudas sobre su capacidad de reacción, como ha reconocido el ingeniero comercial Ricardo Strube, gerente de negocios en Nubox, una empresa puntocom.




—Si se hubiera lamentado todo el tiempo por lo que había perdido, tal vez yo no hubiera podido soportarlo. Pero Dani no se comportó así. Ahí supe que deseaba pasar el resto de mi vida con ella.
Se casaron en 2007 en la iglesia de los SS.CC. de Manquehue, donde se escuchó a Julieta Venegas cantar: “Yo te quiero tal y como estás, no hace falta cambiarte nada”.




El joven marido no tiene quejas, aunque ahora debe ocuparse de dos hijos y ayudar a su mujer (sólo tienen empleada de lunes a viernes). El domingo van a la casa de los padres. El vehículo en que llegan “parece camión de mudanzas”, describe la doctora Palomer. Lleno de las prótesis y del scooter de Daniela, de los pañales y el coche de Pablito, y los juguetes de Ricardo, el mayor, que aún no cumple 3 años.




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Daniela asume todo con naturalidad. Como si antes de cada decisión tuviera presente aquello que le dijera el doctor Alberto Esquenazi después del accidente: “Tu vida será lo que tú quieras hacer de ella”. Es un desafío que le dejó ese experto, hombre clave de uno de los diez mejores hospitales de Estados Unidos, el MossRehab Institute de Filadelfia. Bajo su supervisión se le hicieron modernas prótesis de pies y manos, que “valen tanto como una buena casa en Santiago”, según su madre, y que pudo pagar gracias a un acuerdo con EFE, el cual permitirá su mantención física de por vida.




CARAS preguntó al doctor Esquenazi —quien usa una mano de gancho— cómo se explica la admirable adaptación de Daniela García:

—Por su carácter positivo. También por una gran capacidad para exigirse siempre un poco más, cualidades que son anteriores a su accidente.




—Ella repite lo que usted le dijo cuando estaba vivo el shock: “Tu vida será lo que tú quieras hacer de ella”. ¿Cómo surgieron esas palabras?

—Se me ocurrieron al verla tan optimista a pesar de las amputaciones y dolores. Sentí que era capaz del máximo esfuerzo, como lo ha hecho.



Daniela no siempre sonríe

Lo admite su madre, pero tiene muchas más horas buenas que malas. Las pérdidas que sufrió a los 22 años son como un duelo: se aprende a vivir con ellas, pero la conformidad no la acompaña todo el tiempo.

Lo admite su madre, pero tiene muchas más horas buenas que malas. Las pérdidas que sufrió a los 22 años son como un duelo: se aprende a vivir con ellas, pero la conformidad no la acompaña todo el tiempo. (“Hay días en que despierto y digo pucha, ojalá tuviera mis manos”). En los días que siguieron al accidente “estaba contenta, eufórica, porque había sobrevivido”, dice la madre. Cuando la gente la miraba con pena, ella pensaba: “¿Acaso no saben lo feliz que estoy? “. Y cuando resume lo que le ha ocurrido, insiste en que su historia no es triste. “Es una historia feliz”. Eso no quiere decir que no sufrió, que no lloró. Pero es mujer empecinada. En el lanzamiento de su libro, en 2004, dijo: “Pobre que alguien me diga que algo no lo puedo hacer. Basta eso para que yo vaya y lo haga. Soy súper cabeza dura”. Su novio asintió con la cabeza.



Al límite

Pero vivió situaciones que su madre no olvida:
—Los dolores “fantasmas” en los miembros amputados eran casi como descargas eléctricas. Hubo que ponerle morfina y eso le produjo náuseas. Debimos suspenderla. Sufrió lo peor al ponerse los primeros ganchos en sus brazos. Los encontró horribles y pensó no usarlos nunca. O cuando las primeras prótesis mioeléctricas le hacían doler. Lloraba, pero de enojo, y trataba de resolverlo con porfía.




También lloró mucho cuando supo que era imposible ponerle sus piernas y brazos. Sollozó un día entero “hasta que no me quedaban lágrimas”. En todos los pasos siguientes lo más admirable fue su capacidad para no darse por vencida. A los tres meses se había puesto de pie.
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Hambre de privacidad

—“Pasaré mi vida ayudándola”, pensaba yo al principio, pero no ha sido así, gracias a ella —dice su madre—. Ahora Daniela enfrenta alergias muy notorias que parecen consecuencia de las operaciones, si bien nadie sabe con certeza cuál es su origen. No ha perdido su cara de niña, a pesar de los pesares. Y por estos días sigue empecinada en bajar los kilos que le dejó su último embarazo.




Muy enérgica se le ve cuando no respetan su privacidad. En su libro Elegí vivir, de Grijalbo, que ya tiene 19 ediciones y 75 mil ejemplares vendidos, dice: “Me miraban por ser distinta y eso me dolía”. Y se preguntaba “¿Dejará de afectarme?”. Al parecer, no. En Chile evita ir a los centros comerciales y a otros lugares donde haya gente que la reconoce. Le cuesta aceptar las palabras del doctor Esquenazi: “Siempre vas a extrañar tus manos. Nada de lo que hagamos reemplazará lo que perdiste. Sin embargo, tienes opciones. Puedes esconderte en un rincón o aceptar y aprender a hacer tu mejor esfuerzo con lo que tienes”.




Cuenta su madre:
—Hace las compras de supermercado por internet, y cuando va a un mall y desconocidos se acercan a besarla, a abrazarla, se aleja rápido en su scooter. Cuando llegan fotógrafos al centro de la Teletón, el personal le avisa para que los evite.
Al autor de esta nota nunca le respondió los mails en que le pedía escribir sólo unas líneas sobre su experiencia única como madre de dos hijos.

Hace las compras de supermercado por internet, y cuando va a un mall y desconocidos se acercan a besarla, a abrazarla, se aleja rápido en su scooter.





—¿Por qué se niega a cualquier entrevista y exposición pública, salvo en la Teletón?—le preguntamos a su madre.

—No le gustan. Y ha hecho bien. La miran como si fuera un ser de luz, y ella sólo es una persona común que ha tenido una vida poco común.
También la entiende Jacqueline Hott, la escritora-periodista que le ayudó a armar su libro.
—Pienso que su extrema cautela a exponerse fue una buena defensa. De lo contrario la prensa se la habría comido con zapatos.




—¿Se abrió más con usted durante el proceso de preparación del libro?

—No. Creo que la vi tres veces en las oficinas de la editorial que me encargó el trabajo, siempre acompañada de su pololo. Muy celosa de su privacidad. Como ella sólo había hecho apuntes de su proceso en un cuaderno, el difícil trabajo de producir un libro tuve que hacerlo consultándole por teléfono o por mail. Hubo decenas de situaciones interesantes de su historia que objetó no sé si por su pudor o por el acuerdo con EFE. No quiso hablar de su infancia o adolescencia; sólo de hechos que rodearon al accidente y su recuperación.




—¿No tuvo otro contacto con ella?

—No. Después del lanzamiento del libro nunca más me respondió un correo.




—¿No le pareció simpática?

—¡Muy simpática! Sencilla, de sonrisa permanente. Y me gustó que decidiera contar su historia por solidaridad, rasgo que le viene de sus padres. Su mamá me pareció notable por la entrega durante su largo tiempo de hospitales y operaciones. Tal vez sufrió más que la hija.

¡Muy simpática! Sencilla, de sonrisa permanente. Y me gustó que decidiera contar su historia por solidaridad, rasgo que le viene de sus padres.





La doctora Palomer, ayer poco religiosa, hoy está de acuerdo con la interpretación de Daniela sobre Dios y el accidente: “No hay ninguna explicación de por qué seguí viva y consciente; que mi columna y mi cabeza quedaran intactas, y yo pudiera gritar pidiendo ayuda. Se dieron todas las cosas en forma precisa, tan perfectamente, que es imposible creer que Dios no estuvo metido ahí”.