Yo sentía una rabia profunda contra la raza humana. Mil veces tuve ganas de golpear y castigar a quienes no compartían mi amor incondicional por los animales. Nunca ejercí esa violencia con golpes de puño, pero mi mirada de desprecio decía más que mil puñales a ese congénere que sugería, por ejemplo, eutanasia para solucionar el problema de los perros vagos. Mientras tanto, gastaba tres cuartos de mi sueldo recogiendo animales moribundos, pagando por sus gastos médicos y ubicándolos en algún hogar o refugio.

Esa fue la razón por la que decidí no volver a Valparaíso de no ser estrictamente necesario.

Por suerte pasó el tiempo y pude observar con cierta distancia la trifulca que se armó por el comentario de Rafael Gumucio. “Algunos hipster fueron a salvar gatitos y perros mientras Valparaíso ardía y miles de compatriotas luchaban por sus vidas #vergüenzaajena”, tuiteó  y la rabia visceral de los animalistas se desató con insultos, amenazas y las mil penas del infierno.

Por esas cosas del destino hablamos justo el día del escandalillo virtual. Sospecho que él sabía algo de mi condición luego que escribí en revista Fibra varios reportajes bestiales. Por ejemplo, una entrevista al entonces director de La Cuarta, Diozel Pérez, un animalista de la vieja escuela que recibía en su oficina a la plana gerencial de Copesa con sus quiltros instalados en los sillones. “Amo incluso a las hienas”, me confesó entonces Diozel.

No se trata de odio —le dije a Gumucio—, sino de rabia. De rabia contra ellos mismos.

Durante largos años sentí un raro desprecio por mi condición de homo sapiens que intentaba redimir ayudando a cualquier ser con plumas o pelos. En mi delirio me traje a Chile una quiltra desde Brasil que cuidé mientras ella estaba preñada y enferma de muerte.  En mi delirio le quité el saludo a la mujer del juez Juan Guzmán cuando sospeché que ella mandó a los detectives que custodiaban su casa a hacer desaparecer una perra que se aguachó en una plazoleta del barrio. Y en mi delirio me traje desde Estados Unidos un quiltro sordo de casi 15 años y una doberman hemipléjica. El desconcierto entre el personal de aduanas era total ante dantesco espectáculo. No me cobraron impuestos por ingresarlas, pero en los papeles pusieron “mercancía sin valor comercial”.

Mi familia paterna, si bien no era animalista, era aficionada a los animales. Cuando niña, la adoración de mi padre era un ovejero alemán. Un verano que me descubrió junto a mi hermana tirándole agua con la boca, nos llamó indignado, nos dijo que los animales eran más nobles que los hombres, nos contó la historia de Nietzsche que llora y abraza a un caballo maltratado por un cochero y, para rematarla, nos escupió a las dos para que sintiéramos en carne propia la humillación.

A partir de entonces, incluso antes, mi identificación con cualquier animal maltratado o abandonado fue total.  Me hice fan de películas como 12 Monos o El Planeta de los Simios y soñaba con un mundo habitado sólo por bosques y fieras. Terminé rebelándome contra cualquier tipo de autoritarismo. Y, por sobre todo, me rebelé contra mi padre.

Luego de una larga terapia me reconcilié con mi naturaleza homínida. Comprendí que mi rabia contra los hombres era una forma de desviar la ira que sentía contra mí. En este proceso, varias lecturas científicas me hicieron llegar a la conclusión de que los homo sapiens  también somos pobres criaturas; quizá, las más pobres de todas porque además cargamos con lo que los sicólogos evolutivos llaman ‘la tragedia cognitiva’: ser conscientes de nuestra mortalidad.

Hoy tengo una hija y me siento en comunión con todas las madres. Algo que antes no sentía porque no dudaba en llamar ‘ratas que crían a otras ratas’ a quienes transaban principios por un sueldo. Suena horrible, pero así era yo.

Todo esto no significa que ahora odie a los animales. Los sigo amando, y sobre todo, los respeto. Pero lo importante es que pienso que el amor no es excluyente. Que si hay gente dispuesta a rescatar a perros y gatos desde los escombros, también habrá otros que harán lo suyo por niños y ancianos y hasta por ti.