“Jamás había hecho una sesión así, ni siquiera en ropa interior, pero ya tengo 52 años y esta cruzada lo vale”, dice la animadora y líder del capítulo chileno de la campaña The Estée Lauder Companies para la prevención del cáncer de mama que este 2017 cumplió 25 años incentivando a las mujeres a hacerse la mamografía. La enfermedad ha estado presente en la historia familiar de Cecilia durante tres generaciones y, como reconoce, tuvo que “aprender a vivir con esta espada de Damocles”.

En 2007 su madre, Rose Marie Fonck, fue diagnosticada y debió enfrentar una quimioterapia, mientras que su abuela materna y también su bisabuela murieron por este mal, que además ha afectado a la única hermana de su mamá y a una de las hijas de ésta, quien falleció a los 45 años. Sólo se salvan Cecilia, sus hermanas Diana y Verónica, así como la única prima hermana que sobrevive por el lado materno. Todo gracias a que cada año se realizan los controles de prevención. Por eso Cecilia llama a chequearse anualmente. “Hay que hacerse el examen, protegerse, cuidarse. Y esta campaña de Estée Lauder contribuye a crear conciencia de que es posible prevenir y encontrar una salida, que el cáncer no tiene por qué ser un castigo o una sentencia de muerte si se detecta a tiempo”.

A la hora de posar ante el fotógrafo, durante la sesión en la que fue muy cuidada para proteger su intimidad, lo único que preocupaba a Cecilia era la posible reacción de su novio José Patricio Daire, su pareja desde hace casi dos años —a quien llama cariñosamente Pepo— y su hijo Máximo Menem Bolocco. Pero todo fluyó; el resultado fue óptimo y en línea con el mensaje. Cero pudor, claramente la animadora está totalmente conectada con su cuerpo, algo que —según reconoce en esta entrevista— se acrecentó con los años. Como siempre afirma, la belleza está en la actitud, pero también en la bondad y la espiritualidad. “Una persona que es feliz con su vida, que se siente plena, lo refleja”. Y por eso aplaude que los cánones estén cambiando y que las mujeres tallas XL y también XXL, las con grandes curvas o no tanto, bajitas o altas, las mayores de 40 años y aún más maduras, en fin, aquellas que —como la mayoría— no pertenecen a los criterios estéticos que por décadas ha impuesto la industria, hoy protagonicen su propia rebelión. Y así lo muestra ahora la publicidad, algunos medios de comunicación y, muy especialmente, las redes sociales con sus nuevas líderes y ejércitos de seguidores.

“Afortunadamente gracias al ballet, que empecé a practicar a los cuatro años, aprendí desde muy chiquitita a conectarme con mi cuerpo; y en mi casa supe alimentarme bien; no había comida chatarra ni bebidas y comprendí la importancia de no echarte cualquier cosa a la boca. Al cuerpo hay que respetarlo, quererlo, cuidarlo, sin obsesiones”.

Nunca fue deportista ni fanática del gimnasio. “Pero siempre he sido buena para moverme; prefiero las escaleras a tomar el ascensor. Y ya ves mi casa: está llena de desniveles y peldaños por todas partes. Además, tengo la suerte de que mi musculatura ya se formó gracias al ballet, mi cuerpo se estructuró, aunque ahora lo tengo un poquito abandonado… O sea, no es que me haya dejado estar… Tal vez será por los años pero el cuerpo también cambia… Además que con Pepo nos gusta comer rico, con un vinito y compartir; hacemos mucha vida social. Y tengo una obsesión con los chocolates. Es una cosa espantosa; puedo devorar una caja entera por la noche”. 

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—A lo mejor se está liberando de la tiranía de la belleza tras tantos años como nuestra única Miss Universo y figura de la TV, donde hay que estar siempre joven, flaca, sexy…

—Pero nunca tuve esa exigencia. Cuando salí elegida Miss Universo, a los dos años ya estaba haciendo CNN y me maquillaba yo sólo diez minutos antes; luego me agarraba el pelo en una cola de caballo y ya. Cuando llegué a trabajar acá hacía lo mismo.

Y agrega:

—A lo mejor todo el mundo piensa que estoy todo el día en la peluquería, en el gimnasio, pero nada que ver. Si pudiera teñirme el pelo yo misma, lo haría. No soporto tener que ir, ni siquiera me hago la manicure porque trabajo mucho con mis manos (y muestra sus uñas cortas, perfectas, aunque sin una gota de esmalte).

—O sea no es esclava de la belleza.

—Nunca. Me gustan las cosas lindas, la estética, todo bien puesto, ordenado, pero no soy obsesiva.

 

SU CAMPAÑA CONTRA EL CÁNCER

Cecilia Bolocco lleva varios años en su cruzada contra el cáncer de mama, una enfermedad silenciosa y que “no tiene edad”, como ella describe; “puede aparecer antes de los 30 años como después de los 70”. Y desmitifica eso de que sólo aquellas con antecedentes familiares tienen las mayores probabilidades de contraer el mal: “Sólo corresponden al 15% de los casos, es decir, el 85% restante no se relaciona con causas genéticas o hereditarias. A cualquiera le puede pasar”.

Además, está convencida de que los dolores, en especial los afectivos, inciden en el origen de esta enfermedad que cada día mata entre tres y cuatro mujeres en Chile. “Fui a dar una charla al Instituto Nacional del Cáncer y dije ante el auditorio: ‘Estoy segura de que muchas de ustedes saben exactamente por qué contrajeron el cáncer de mama: por una pena muy grande’. Y todas las que estaban ahí asintieron. Eso es así: la pena enferma”.

—¿Cómo llegó a esa certeza?

—Cuando mi hermano murió en un accidente de auto de manera muy trágica y repentina, los médicos de mi madre —que tenía antecedentes familiares— nos dijeron que debía estar mucho más alerta, porque lo más probable era que lo desarrollara producto del dolor.

—Y porque resultado de las penas bajan las defensas, ¿no?

—Es así. Es que la pena… Mira, cuando el alma llora, el cuerpo se enferma. Estoy segura de eso. Para mí algo esencial es aprender a amar la vida, a honrar tu existencia, a alimentar tu alma, a darle sentido a la vida. Cuando tú estás en armonía es muy difícil que te enfermes. 

Cecilia se hace los exámenes de prevención una vez al año, siempre en octubre, como lo promueve la campaña de The Estée Lauder que ella lidera en Chile. “Me hago la mamografía y la eco mamaria siempre en el mismo lugar y con la misma radióloga, lo que es muy recomendable porque pueden detectar con mayor seguridad cualquier anomalía y además cuentan con todo mi historial. Es curioso, porque cuando uno está ahí haciéndose el control está ese momento de silencio en el que uno piensa que podrían encontrarte algo… Aunque también te voy a decir una cosa: le perdí el miedo al cáncer”.

—¿Antes era como una espada de Damocles sobre su cabeza?

—Uno tiene que aprender a perderle el susto, porque si te cuidas, te proteges, te haces los controles y puedes detectarlo a tiempo, la enfermedad tiene cura, entonces no hay para qué tener susto. Hay que hacer las tareas nomás. 

Lee la entrevista completa en nuestro último número de CARAS disponible en todos los kioscos, a partir de mañana.