¿Se convertirá el cáncer de mama en una enfermedad crónica de aquí al 2020, como ocurrió con el SIDA?

Ese año —el 2020— se espera que el cáncer global se transforme en la principal causa de muerte en los países desarrollados y en otros en vías de desarrollo, como Chile.

Ante ese desafío, resulta lógico que el mayor número de investigaciones en el campo de los nuevos fármacos dirigidos o ‘de precisión’ (que atacan receptores específicos de las células cancerígenas), estén enfocadas en la cura de la enfermedad. Y en esta carrera el cáncer de mama lleva la delantera: en la actualidad se están estudiando al menos 400 diferentes agentes para combatirlo.

Los más cautos pueden decir que desde la aprobación la década pasada del trastuzumab (Herceptin, que combate un cáncer complejo como el HER2 Positivo), no han aparecido nuevos fármacos ‘de precisión’ con resultados aceptables. Sin embargo, hay algunas señales alentadoras. La Asociación Estadounidense de Oncología Clínica, por ejemplo, sigue trabajando en el perfeccionamiento de una droga efectiva para cánceres todavía más agresivos (Triple Negativo Basal) por medio de un componente que impide a las células malignas autorrepararse.

En el otro lado del Atlántico también continúan las investigaciones. Este año laboratorios Roche (Suiza) dio a conocer los resultados del estudio Cleopatra donde pacientes con cáncer de mama avanzado o metastásico lograron una sobrevida media global de casi cinco años si se les agregaba a la terapia tipo (Herceptin más quimio) otro fármaco dirigido conocido como pertuzumab (Perjeta).

Aunque la prevención sigue siendo el factor protector más importante, hoy la consigna parece ser curar los cánceres que se puedan curar o lograr convertir en crónicos aquellos que se encuentran más avanzados.

La cronicidad del cáncer de mama resulta un escenario esperanzador. No se debe perder de vista que hace 50 años se trataba de un diagnóstico que implicaba una cirugía mutilante con escasas expectativas para la afectada de retomar una vida normal. Hoy, los estudios de ADN y sus mutaciones, junto al desarrollo de plataformas genómicas que individualizan los subtipos oncológicos, han permitido lo que se conoce como una medicina personalizada o ‘de precisión’. De esta forma, no sólo se logra curar o una mayor supervivencia, sino que permite una mejor calidad de vida para la paciente y sus familias, ya que se trata de terapias considerablemente menos tóxicas que las quimio tradicionales.

Pero volvamos al tema de la cronicidad.

En una reciente entrevista, el doctor Antonio Llombart, del hospital Vall d’Hebron de Barcelona, relató el caso de una mujer con cáncer de mama viviendo hace 25 años con una metástasis.

Esta realidad, antes impensada, también ocurre en Chile.

El mastólogo de la Clínica Alemana, Eduardo Cunill, atiende a pacientes con cáncer de mama metastásico por más de 15 años y, eventualmente, sin que la enfermedad se manifieste en ellas. Por lo general —aclara el especialista—  se trata de metástasis ósea que representa entre el 65 y el 75 por ciento de los casos avanzados de la enfermedad.

Según la American Cancer Society y el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU. si la enfermedad está confinada a la mama la tasa de supervivencia (a intervalos de cinco años) es de 98 por ciento; si compromete los ganglios linfáticos es de 84 por ciento y si está diseminada a otros órganos es de 24 por ciento. Estos números podrían extrapolarse a nuestro país, siendo —claro— cuidadosos en considerar que se trata de estadísticas y que cada paciente cursa la enfermedad de manera única.

¿Cuáles han sido los últimos avances que podrían transformarlo en una patología crónica?

Convengamos que 2013 fue el año del ‘efecto Jolie’ o de la ‘paciente Angelina’. 

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Después de que la actriz decidiera someterse a una mastectomía bilateral —un test confirmó que era portadora de una mutación en el gen que la convertía en una paciente de altísimo riesgo— muchas mujeres llegaron a las consultas solicitando una extirpación radical, aun cuando tanto el BRCA1 como el BRCA2 son mutaciones raras y sólo entre el 5 y el 10 por ciento de los cánceres de mama tiene un componente genético decisivo.

Como sea, el ‘efecto Jolie’ opacó los avances médicos que suelen evolucionar lentamente y ser menos espectaculares que la experiencia de una actriz famosa contada en primera persona en The New York Times.

Entre estos pequeños pasos de la ciencia se encuentra una nueva investigación que involucra al tamoxifeno, un veterano de los ‘fármacos dirigidos’. La droga se desarrolló en 1978 como un tratamiento a largo plazo y se recomendó su uso por cinco años en las pacientes que respondían a la terapia hormonal. Sin embargo, el esperado estudio ATLAS dado a conocer en el Simposio sobre Cáncer de Mama de San Antonio a fines de 2012, concluyó que extender la terapia a 10 años producía una menor recurrencia y mortalidad. “En pacientes donde no se manifiesta la enfermedad y con un uso de drogas por una década podemos hablar de una cronicidad terapéutica”, explica el doctor Cunill.

Es el caso de Ximena Brito (38), quien fue diagnosticada con cáncer invasivo en agosto de 2013. Se le realizó una mastectomía radical de la mama afectada en el hospital Luis Tisné, fue tratada con quimio más radioterapia y desde junio recibe Herceptin por un año, tal como lo indica el protocolo para los tumores HER2-Positivo. Pero además deberá tomar tamoxifeno por 10 años porque también su caso responde a la terapia hormonal.

“Lo más duro fue saber que no podría volver a tener otro hijo debido al tratamiento con tamoxifeno, pero nunca me sentí mutilada y toleré bien las drogas”, cuenta esta sicóloga, mamá de un niño de tres años. Ella decidió compartir su experiencia para llamar la atención sobre la necesidad de que el sistema público realice mamografías digitales y, en casos de alto riego como el de ella, donde su madre y su abuela sufrieron la enfermedad, también garantice el test para detectar una mutación del gen BRCA1 o BRCA2 que en su caso, afortunadamente, no existía: “Hoy recibo terapia con Herceptin y tamoxifeno sin efectos secundarios (el Herceptin puede provocar cardiotoxicidad y el tamoxifeno no es bien tolerado por todas las mujeres) y continué mi vida normal. Regresé al trabajo en agosto y acabo de retomar un diplomado”.

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Por su parte, Gloria Lamoza (59) tiene un cáncer que no responde a la terapia hormonal, pero si al trastuzumab. Tras someterse a una mastectomía, recibir quimio y radioterapia, hoy retoma su rutina. “Estoy volviendo, lentamente, a mis tareas como dueña de casa y pronto quiero hacer de nuevo lo que me gusta: cuidar viejitos, aunque sólo sea por unas horas. Espero que mi testimonio sirva para que las mujeres no dejen de hacerse sus exámenes de rutina porque yo dejé las mamografías de lado por cuatro o cinco años hasta que un día noté un ganglio inflamado. El mío es un cáncer agresivo, pero intento hacer mi vida normal y, salvo la debilidad en el brazo afectado por la operación, no he tenido otras manifestaciones”, cuenta.

Según el último reporte del International Prevention Research Institute, el cáncer de mama está convirtiéndose rápidamente en una enfermedad crónica “y todo parece indicar que continuarán los avances en ese sentido”. Ojalá que así sea para todas las mujeres que se beneficiarán de las nuevas terapias personalizadas.