“Antes de los 30 años es imposible. ¡Imposible!”. La respuesta que escuchó Francisca Contreras de su ginecólogo hoy parece una frase voluntariosamente ciega. Y torpe, porque esta administradora de empresas y mamá de dos niños de 7 y 10 años fue diagnosticada apenas semanas después con un tipo de cáncer de mama que avanzó tan rápido que no le dejó tiempo para planificar su enfermedad ni monetaria ni emocionalmente. Francisca tenía apenas 27.

“Ese 2014 me sentía enferma, sin energía. Insistí tanto que me hospitalizaron y me hicieron un chequeo completo (no incluyó una mamografía). Tenía anemia y la creatinina alta. El doctor me dio entonces anticonceptivos orales. Pero a los dos meses el dolor del roce de una toalla me llevó a palparme y a tocar un poroto. Volví y fue ahí cuando el doctor me dijo que, a mi edad, un tumor maligno no era posible; que debía ser algo hormonal, por estrés”, recuerda.

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Francisca Contreras

La Fran todavía está perpleja por la incapacidad de la medicina y también de la sociedad para enfrentar una realidad que muchos no quieren ver, como es el explosivo aumento de cáncer mamario en mujeres jóvenes.

Se trata de un dato objetivo que en Estados Unidos llevó al CDC (Center for Disease Control and Prevention) a advertir que cuatro de cada mil mujeres de 30 años desarrollarán la enfermedad.

En Chile se añade un antecedente todavía más preocupante. El grado de letalidad de estos tumores. “Vemos que el aumento sería de cánceres muy agresivos que no se comportan igual que los de Europa”, explica Camilo Torres, jefe del equipo de mama del Instituto Oncológico FALP.

so lo sabe bien Francisca. Luego de más exámenes y falsos diagnósticos, tras un mes el porotito insignificante era del tamaño de una nuez. Ya nadie dudó que se trataba de cáncer.

Factores ambientales

El doctor Torres ha diagnosticado con la enfermedad a mujeres de 22 años. “Algunos colegas incluso a niñas de 18”, añade sorprendido.

Y si bien en Chile no hay cifras oficiales, sí es algo que Torres y otros especialistas observan a diario en consultas y hospitales. “Es cierto que las estadísticas no son nuestras, pero ocurre que las realidades de los países desarrollados se reproducen en Chile. Es decir, ahora estamos observando cifras que en EE.UU. se veían hace 10 años”, explica el cirujano oncológico. Esta tendencia se debería a la incorporación de un estilo de vida similar ya que —agrega— el cáncer de mama está vinculado con malos hábitos como es el consumo de tabaco, alcohol, comida chatarra (grasas saturadas y azúcares) y el sedentarismo. También con la postergación de la maternidad, una disminución en el número de hijos y una menarquia cada vez más precoz (primera menstruación a los 10 u 11 años), ya que a más ciclos ovulatorios, mayor es la probabilidad de desarrollar la enfermedad.

La mayor agresividad detectada en Latinoamérica se debería a que factores genéticos se están cruzando con otros de tipo ambiental.
“Aquí hay un grado de oscuridad ya que en nuestros países tenemos menos control sobre factores como pesticidas, preservantes, colorantes, envases de leche. Creo que hemos sido ligeros en estos temas y estamos pagando la cuenta. No sé lo que está pasando, por ejemplo, con las hormonas en los pollos. Ahora, es todo especulación porque en Chile tampoco se invierte en la investigación necesaria para identificar estos factores”, advierte el médico.

La gravedad del panorama llevó a un grupo de expertos internacionales liderados por Francia a desarrollar en Latinoamérica el proyecto PRECAMA, que estudia hábitos y variables ambientales de las mujeres del continente, incluidas las chilenas. Karthik Ghosh, directora de mama de la Clínica Mayo (EE.UU.) apunta a otro problema: “Son diagnosticadas en etapas más tardías que las mayores de 40, que es cuando comienzan con sus mamografías de rutina, ya que el aumento en la edad es un factor de riesgo”.

Más años, más riesgo, era lo único que Valentina Suárez tenía claro sobre el cáncer mamario. Hasta que se lo diagnosticaron. A los 33.

Lo veía como una enfermedad de abuelita.Tengo recién 30 años, hago deportes. ¿Cómo me va a pasar a mí?”, se preguntaba. No es fácil recordar, y en varias ocasiones se quiebra porque el día de la entrevista cumplía 34 años y 12 meses desde que notó un bulto del porte de una alcaparra al borde del sostén.

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Valentina Suárez

“Dejé pasar ¡dos meses! antes de hacerme los exámenes. Cuando se los entregué al doctor, yo miraba mi reloj mientras él los leía. Estaba desarrollando mi proyecto personal Woman & Managment para potenciar el liderazgo femenino. Una contradicción porque terminé postergándome. Para mí era un trámite y estaba apurada”.

Entonces el médico la miró y le hizo una pregunta que hoy contiene una carga extra de fatalidad: “¿Cuántos años tienes?”.

El tumor había pasado del tamaño de una alcaparra al de una uva.

No todo es estrés

Francisca terminó su quimioterapia y debe tomar tamoxifeno por 10 años para protegerse de una eventual recaída. Valentina también pasó por la quimio y la semana pasada terminó con la radioterapia. Resistió.

Las dos enfrentaron distintos tipos de cáncer, y ambas lidiaron con la miopía del sistema cuando la enfermedad se ensaña con las más jóvenes. Por ejemplo, el prejuicio de que cualquier síntoma “es estrés”. Según el doctor Torres, las mamografías no han sido útiles en este rango etáreo, ya que se trata de mamas más densas y el grupo menor de 40 años tiene menor propensión histórica a desarrollarlo. “No existe un método de screening útil para las mujeres menores y, por eso, una mayor investigación resulta clave para hacer frente al incremento y agresividad del cáncer en estas pacientes”.

También recomienda que los ginecólogos estén preparados para diagnosticar casos como los descritos y, muy importante, fomentar el autoexamen en todas las mujeres en edad reproductiva de manera sistemática, o sea, una vez al mes después de la regla, cuando la mama está descomprimida. Estos cambios —sumados a hábitos saludables como es una dieta equilibrada baja en grasas saturadas y azúcares; más ejercicio y menos tabaco y alcohol— pueden marcar una diferencia.