Algunos lo comparan con Iván El Terrible; otros con Stalin. En ambos casos la razón es la misma: el deseo de expandir las fronteras rusas perdidas tras la desintegración de la URSS en diciembre de 1991 bajo el mandato de su antecesor, Boris Yeltsin. Un sueño que hoy vuelve a hacerse realidad tras la anexión de Crimea y otros territorios del este de Ucrania por parte de Rusia. Vladimir Putin está ahí, al centro de ese sueño. Con un físico casi perfecto para sus años —a los 61 años no tiene problemas en posar frente a las cámaras a torso desnudo—, parece no temerle a nada ni a nadie, a la vez que se encarga de mantener su vida privada lejos de los medios —detrás de una cortina de hierro—, lo que llevó a una serie de periodistas y  escritores a escribir autobiografías no autorizadas.

“No creo que sea necesario poner atención a los reconocimientos de que soy uno de los hombres más poderosos del mundo”, responde Putin a la pregunta de un periodista británico sobre su nominación en el Ranking de Forbes de 2013, en el que desplazó a su actual homólogo estadounidense, Barack Obama. Si hasta existen canciones que hablan de su grandeza y juegos para celulares en los que el mandatario ruso debe matar a sus rivales. No es un capricho. Putin es hijo de un militar que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial, se crió en un hogar modesto junto a sus padres en la ex Leningrado, y en los setenta se transformó en agente de la KGB, la agencia de inteligencia de la ex Unión Soviética.

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Según narra Masha Gassen en The Man Without a Face, durante una entrevista que hizo un grupo de periodistas a Putin cuando recién fue nombrado Presidente por Boris Yeltsin (31 de diciembre de 1999),  confesó que desde pequeño siempre fue un matón. En un testimonio, un compañero de la secundaria cuenta que: “Estábamos en octavo grado, cuando en una parada del tranvía se bajan dos hombres borrachos que buscaban pelear. Volodya —así le decían sus cercanos— fue hacia ellos y  los golpeó tan fuerte que los dejó tirados en la nieve. Si hay algo que decir de Volodya, es que nunca deja que un par de bastardos y sinvergüenzas que insultan a personas y las molestan se salgan con la suya”. Para la autora —periodista rusa-norteamericana— el líder del Kremlin “evidencia la violencia en cada uno de sus discursos. El primero, la amenaza a los ‘terroristas’ que dejaron 300 muertos en Rusia por diversos bombazos en edificios”. 

Gessen asegura que Putin nunca renunció a la KGB —como él lo asevera— luego de entrar en política como consejero de Anatoly Sobchak (1991). Como fuere, su definitiva entrada en la política fue gracias a los vínculos con ‘La Familia’ (aliados de Yeltsin) y la oligarquía rusa, quienes vieron en él a un posible sucesor del entonces presidente, cuya popularidad decaía. Boris Berezovsky, el ex accionista mayoritario de la cadena de televisión rusa ORT, apostó por él e impulsó la imagen del ex KGB a través de los medios de comunicación para las elecciones parlamentarias de 1999. El desenlace fue un duro revés para Berezovsky y otros ‘oligarcas’ que partieron al exilio. Electo por una amplia mayoría, Putin asumió el poder en 2000 adoptando duras sanciones al empresariado e impulsando una economía proteccionista.

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“Putin imita todos los rituales de una democracia porque fue electo por la gente, pero en la práctica sólo ha pedido permiso al Parlamento para invadir Ucrania  y ha convocado a la prensa internacional sin restricciones en donde explica sus estrategias expansivas”, sostiene en su columna el periodista del diario El Mundo, Rubén Amón. Hoy él es quien se sienta en la cumbre de una estructura vertical de poder que creó con los años. “Quien no extraña la URSS no tiene corazón y quien no la quiere de vuelta, no tiene cabeza”, ha dicho Vladimir Putin en uno de sus tantos discursos. Rusia es el país más grande del orbe, con una gran cantidad de centrales nucleares —incluso posee la mayor reserva de gas a nivel mundial—, pero los analistas políticos aseguran que Putin está en busca de más. 

“Lo que él percibe como un ataque a la URSS le duele tan profundamente como los insultos personales que le enfurecían cuando joven. Cuando tuvo el poder de San Petersburgo (segunda ciudad más grande del país), quiso recrear un sistema económico basado en el control total de dinero e información”, sostiene Gessen en su libro. Lo cierto es que su influencia trasciende las fronteras del Kremlin: Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, apoya al régimen sirio de Bashar al Asaad y hoy invade Ucrania sin pudor alguno. Las últimas dos acciones lo han llevado a enfrentarse con Occidente, especialmente con Barack Obama. Pero Putin es un rudo: años atrás, en una reunión oficial con la canciller alemana, Angela Merkel, quien ha admitido públicamente su temor a los perros, el líder ruso hizo participar del encuentro a Koni, su labrador negro.

Putin no sabe de temores, nada parece importarle. Hace poco arremetió contra los homosexuales, generando una polémicas con motivo de los Juegos Olímpicos de Invierno, en Sochi. Tampoco se complicó una vez que las Pussy Riot irrumpieron en una catedral para cantar una oración punk en contra del presidente. ¿El resultado? Una condena por dos años de cárcel y una fuerte polémica a nivel mundial.

Practica judo —ya joven llegó a obtener el cinturón negro—, esquía, monta a caballo, hace natación e incluso a sus 61 años aprendió a jugar hockey sobre hielo. Los rusos están más que acostumbrados a verlo en la televisión y en los diarios exhibiendo su atlética figura. Tanto así que en 2008 celebró su cumpleaños regalándoles a los rusos un DVD con el nombre de “Aprendamos judo con Vladimir Putin”. Una canción tecno alaba su estilo: “Yo quiero un hombre como Putin que esté lleno de fuerza, yo quiero un hombre como Putin que no beba”.  Para sus asesores, un mandatario que cuida de sí mismo equivale a alguien que también cuida de su país. Lo cierto es que es un tema que trasciende fronteras: los cables diplomáticos revelados en 2010 por WikiLeaks dicen que Putin es el ‘macho alfa’ de Rusia.

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Su vida personal es un enigma. El único episodio público fue su divorcio tras 30 años de matrimonio con Ludmila Alexandrovna, que se comunicó a través de una declaración televisada en junio del año pasado. Pero sobre sus hijas —María y Yekaterina, de 25 y 27 años—, nada se sabe. No existen fotos recientes de ellas, ni nadie las conoce. Como un buen ex agente de la KGB, su deseo es que “vivan una vida normal”.

Sin embargo, el rumor que más ruido hizo en el Kremlin fue su vinculación con la exgimnasta y hoy diputada por Rusia Unida —el partido de Putin— Alina Kabaeva. En abril de 2008, un reportero de Moskovski Korrespondent publicó una supuesta boda entre ambos. La información fue desmentida y 24 horas más tarde el diario de Moscú anunciaba su cierre por “razones económicas”. Todo quedaría en la especulación, incluso un comentario en Twitter del presidente checheno, Ramzan Kadirov por el cumpleaños de la entonces primera dama el 6 de enero de 2013: “Quiero felicitar a la primera mujer de Putin, Ludmila Alexandrovna”.

Eso sí, no todo es grandeza en la vida de Putin; la actual economía rusa se estaría dañando con las invasiones a Ucrania. En un artículo publicado el 11 de mayo por El País, se reafirma esta hipótesis: “En algunos círculos, está la sensación de que el cambio de tono adoptado por el presidente ruso en los últimos días es una pantalla de humo diplomática para proteger a Rusia de mayores sanciones, que podrían infligir un serio daño a su economía”, sostiene el economista Neil Shearing de Capital Economics para mercados emergentes. Ante la masiva salida de capitales, hoy el país goza de una inflación del 7,2% en abril, lejos de la estipulada por el Banco Central (5%).  Entonces, ¿cómo se explica la alta popularidad de Putin en Rusia, o más bien, su increíble fortuna?

Le sobran aliados y enemigos. En 2011, George Bush fue puesto en aprietos cuando le preguntaron si confiaba en Putin: “Tras mirarlo a los ojos encuentro que es una persona directa y confiable”. Pero su secretario de Estado, Colin Powell,  declaraba en un documental de la BBC haberle dicho a su jefe: “yo todavía lo miro a los ojos y veo a la KGB”.  Lo cierto es que ya suma 15 años a la cabeza de Rusia, y lo más probable es que siga por otros cuatro u ocho años más, ya que no descarta seguir en el poder después de 2018 —esto, luego de que Dimitri Medvédev reformara la Constitución y ampliara hasta en dos mandatos consecutivos una posible reelección.

Todo indica que Vladimir Putin seguirá reforzando la idea de una Rusia que emule la grandeza que antaño tuvo la URSS, a pesar de las polémicas que esto podría generar. La pregunta queda abierta: ¿Es Vladimir Putin el nuevo Zar del siglo XXI?