El 18 de agosto de 2012 era el cumpleaños de Beatriz, había que celebrar. Por la tarde nos juntamos para el rito acostumbrado de cervezas esperando las carnes a la parrilla y, luego, el vino tinto reserva en la mesa. A pesar de sentirme muy agradado, miraba la hora a cada momento.
La nueva ley sobre conducción bajo los efectos del alcohol ya estaba vigente, y era de temer. Antes, alguno de los Farfanes se sacrificaba por mí: bebía menos, o nada, para al final de la fiesta llevarme de vuelta al centro de la ciudad, donde resido. Aclaro que nunca muy curados ni con hipos de borracho, pero sí pasados de esta norma espartana, casi abstemia que nos rige: una cerveza, una copa de vino, y estamos fritos. Chiguayante es una miniciudad idílica a unos diez kilómetros remontando el río.

Esa noche del cumpleaños yo no quería ser el cacho. Calculé que si me retiraba a las 23:00 podría alcanzar un microbús de regreso a Concepción. Le pedí a Daniel que me encaminara en su camioneta hasta abajo, a la calle principal, a unas ocho cuadras. Y le rogué que se quedase ahí un momento, por si no aparecía una micro. Y no la hubo. Transcurridos un cuarto de hora me encontraba en el paradero y Daniel en su vehículo, vigilándome. Ambos nos dimos por perdidos: él se acercó, abrió la puerta del copiloto y dijo que me llevaba a casa, pese al riesgo de sus copas en el cuerpo. Sentí cargo de conciencia.
Emprendimos la marcha lenta por la autopista, y al acercarnos a Lonco, el clásico barrio pituco, Daniel vio por el espejo retrovisor que nos seguía una micro, ¡la micro que yo esperaba! Me boté a valiente, le dije que acelerara un poco, que luego se detuviera; que me bajaría para tratar de atajarla en medio de la ruta con mis manos abiertas como si fuese una emergencia. Lo era. Resultó y muy parecido a una película de acción. El transporte público frenó brusco, me subí, y Daniel pudo dar la vuelta para evitar las zonas de mayor tránsito en que los carabineros no dejan pasar ni uno.
Esta ley nos ha cambiado la vida, sin duda, aunque mi caso es excepcional: no tengo auto, no manejo, soy simplemente ‘el amigo cacho’ que hay que devolver a casa. Nunca se me ha pasado por la mente comprar un vehículo porque sería un trasto inútil para cumplir la más básica utilidad: llevarme el fin de semana a la casa de un amigo a beber una copa de vino junto al asado o a Dichato para almorzar como príncipe con aperitivo, tinto y bajativo. No digo que desee curarme como zapatilla, sino que la nueva ley —se ha comprobado— castiga hasta a quienes se exceden en el enjuague bucal o en los chocolates con licor.

Hubo tiempos peores, debo reconocerlo, aunque yo nunca fui conductor. Cuando de joven asistía a condumios en casas de amigos —bien regados de vodka y whisky— había un instante en que, casi con la lengua traposa, solicitaba que alguien me llevase de vuelta a mi dacha. Varios héroes se ofrecían, pero estaban tan borrachos como yo o, al menos, lentos en sus reflejos. Hoy, convertido en bebedor moderado de apenas un tintolio de vez en cuando, recordar esos viejos pasajes me provocan un miedo retroactivo: ¡de las que me salvé por las causas ignotas del azar!
La nueva ley responde a la realidad distinta de este país que se ha pasado de la grapa al whisky de doce años y el vino en garrafas a la botella de quince lucas.

EL TRAGO TAMBIÉN ES SIGNO DE SIUTIQUERÍA Y ARRIBISMO. ¿Cuántos ejecutivos jóvenes se llenan la boca con supuestos conocimientos de enología adquiridos en una revista mensual? He visto a señoritas incapaces de reconocer un blanco de un tinto, pero que cuando toman un sorbo profieren un montón de palabras cuyos significados desconocen: la cepa, el retrogusto, el buqué, los taninos, el olor a ciruelas secas, el sabor a albaricoques de la India y otras payasadas similares…
Volvamos al punto. ¿Se les habrá pasado la mano a los legisladores con la cuota máxima de tinto que emane de la boca de un chofer? Al parecer sí, porque ya han echado el traste a las murras con la intención de revisar cuánto es el dragón aceptable y legítimo. Recién se han dado cuenta de que promulgaron una ley de estética talibán, olvidando que forma parte de nuestra idiosincrasia el pisco sour del cóctel de la oficina, el vinacho al almuerzo, la cerveza junto al completo de la colación. Todos esos encantos ahora conforman una lista de la criminalidad.
Sin embargo, el susto ha servido para una buena causa: la fría estadística indica que con la nueva normativa se han salvado decenas o cientos de vidas. Eso vale cualquier molestia o restorán amenazado de quiebra por la ausencia de borrachines al volante. Cuando veo a un dueño de local llorar en la tele por la baja en sus ventas, me dan ganas de tirar el zapato a la pantalla. Tan sólo por eso, por los no-muertos, los detractores de la ley deberían mantener un reservado silencio, callados con su corto de tequila bebiendo de local.

Si atendemos los detalles, si miramos debajo de lo que informa la prensa, comprendemos que los milagros estadísticos no los origina la nueva ley, sino la fiscalización adecuada y permanente, que es la gran novedad. En Chile hay numerosas normativas que si se cumplieran a cabalidad nos mejorarían la vida (vea usted: los ruidos molestos de vecinos borrachos, en particular estudiantes universitarios). Con tanto carabinero premunido de aparatos de alcotest, los bebedores moderados prefieren no arriesgarse y omiten la única cerveza o la copa de tinto. Cuesta reconocerlo, pero se ha avanzado en el sentido de la responsabilidad, aunque a punta de amenazas.
El problema lo originan los otros, los burros de siempre. Los que trasiegan una botella de ron como costumbre de sábado por la noche y de todos modos salen a la calle en cuatro ruedas, a matar a inocentes. A ésos, la ley no los alcanza; tampoco las amenazas inquisitoriales de que les van a quitar la licencia o que pasarán una temporada en la sombra. Les importa un carajo.
La nueva normativa ha creado de inmediato adaptaciones del mercado: de pronto una persona capaz de resistirse a un trago el viernes por la noche puede salir a la calle a trabajar de acarreador de borrachos. Las propinas son buenas, uno es su propio jefe, y se puede conocer gente. Además, existe la posibilidad de conducir, por ejemplo, un Alfa Romeo, un Jaguar o un Ford Mustang. Conozco amigos que pagarían por ese privilegio.

He escrito innumerables libros jocosos sobre los bebedores, sus hábitos y conductas. He observado al borracho común bamboleándose afuera de una cantina, he entendido la falsa interpretación romántica de su estado de gracia, y cada vez lo encuentro menos simpático, sobre todo si luego del enésimo mojito el bacalao insiste en que le devuelvan las llaves del auto para ir a casa.

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