La vida de la ministra Ximena Rincón González ha estado marcada por los quiebres. De niña no era ni bonita ni popular y ahora, a los 45 años, la abogada camina por los pasillos del Congreso y de La Moneda como si tuviera la conciencia de sentirse admirada.

Fue criada con todas las leyes de la religión católica, pero se distanció de la Iglesia en 2005: pocas horas antes de partir a Roma a la canonización del padre Hurtado, le comunicaron a Juan Carlos Latorre, con quien estaba casada, que no podía viajar con su mujer por estar unidos en segundas nupcias. Ximena, militante de la Democracia Cristiana desde los 14, recibió un golpe duro y decidió que iba a ir a misa solamente para fechas importantes.

En 2011 rompió con la imagen que acompaña a las mujeres de la DC, de ser tradicionales y conservadoras, y anunció su separación en los pasillos de la Cámara Alta, donde había llegado algunos meses antes. No fue incluida por Michelle Bachelet en su primer gobierno en 2006 pero, después de ocho años, sin pertenecer al bacheletismo ni por estilo ni por historia, acaba de debutar como la única mujer del equipo político de La Moneda. La vida de la ministra Ximena Rincón González —la personal y política— ha estado marcada por los quiebres. Y los ascensos.

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Nacida el 5 de julio de 1968, es la segunda de los cinco hijos del abogado Ricardo Rincón Iglesias y de la profesora de Castellano Luisa González Cofré, un matrimonio de clase media de Concepción vinculado a la Democracia Cristiana local. Los dos eran activos militantes, sobre todo el padre: vinculado a la red de profesionales del partido, contribuyó al gobierno de Frei Montalva desde su ciudad, elaboró la primera Ley de Juntas de Vecinos de Chile y ejerció una fuerte influencia en la carrera política de su hija Ximena. La casa de los Rincón González era visitada por dirigentes importantes, como Mariano Ruiz-Esquide, y se hablaba de contingencia.

Pero la familia no pertenecía a la elite del partido ni a los clanes que han marcado la historia de la centroizquierda, como los Aylwin, los Allende, los Tohá. El abuelo materno de la ministra era vendedor y el paterno, panadero. Rincón siempre recuerda que fueron educados con esfuerzo y que sus padres les repetían lo que ha escuchado la mayoría de la clase media chilena desde pequeño: “Lo único que les vamos a heredar será su educación”. Adquisiciones tan sencillas como una mascota, por ejemplo, estaban restringidas: con su hermano Ricardo —el mayor de los cinco, actual diputado DC— buscaban perros en la calle porque la familia no tenía la posibilidad de comprar uno.

Sus compañeras de clase no eran de la alta alcurnia de Concepción. En el Colegio de las Madres Dominicas, donde estudió ella y sus dos hermanas, eran educadas niñas de todos los niveles sociales. Eran monjas españolas que usaban falda de jeans y zuecos, que formaban a sus alumnas con rigor académico y con un fuerte acento en la religión y la fe. De su convivencia con todos esos mundos —a veces distintos a los de ella— la ministra Rincón aprendió a relacionarse con gente diferente: los que la han visto en campaña saben que se maneja con destreza frente a campesinos, mujeres y ancianos.

Fue en su colegio donde empezó a dar sus primeros pasos en política, en los años ’80. En plena ebullición de las protestas ciudadanas contra el régimen de Pinochet, siguiendo la tradición de su familia comenzó a militar en la DC en 1982. Fue dirigente escolar y llegó a ser secretaria del partido en la enseñanza media.

En todos estos años de niñez y adolescencia, la titular de la Segpres aprendió a ser aguerrida, una característica que iba a marcar su carrera pública. También hizo suya una frase de uno de los líderes de la DC, Gabriel Valdés: “En política, lo más importante es la pasión. Cuando hay pasión, todo lo demás llega”. Ximena Rincón valora el arrojo y no soporta la falta de ambición.

Como la mayoría de las mujeres que están en política, a la ministra Rincón no le gusta hablar de su aspecto. Considera que es injusto que a los hombres no les pregunten por su ropa, peinado y vida sentimental. Pero en ocasiones ha abierto la puerta y ha confesado que no come pan, azúcar ni bebidas. La secretaria de Estado ha dicho que no hace ejercicio, que le basta con su ritmo frenético de vida y con el baile flamenco, que retomó cuando se separó de Latorre en 2011.

‘Hay mujeres que creen que para demostrar su inteligencia deben perder su aspecto femenino. Eso habla de inseguridad”, señaló en una entrevista a CARAS, en junio de 2008.

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Rincón se preocupa de su imagen, pero no por simple pretensión: en el Congreso y en la DC explican que la ministra es sobre todo un animal político y está consciente de que en la carrera pública de una mujer —aunque resulte injusto— el atractivo es un arma poderosa. Cuida su ropa, sus uñas, su pelo y siempre está perfectamente maquillada. “Hoy, ¿cómo me veo?”, solía preguntar a los asesores del comité DC en la Cámara Alta. La respuesta era la misma: “Se ve regia, senadora”.

Luce distinta que hace algunas décadas (era definitivamente más morena de pelo) y también fue la propia ministra la que lo confesó: eliminó la mayoría de las fotografías antiguas que la mostraban tan diferente a la Ximena Rincón que se conoce actualmente.

Ha ejercido cargos públicos en casi todos los gobiernos de la Concertación. En el mandato de Eduardo Frei fue directora de Prodemu. Luego, Ricardo Lagos la nombró superintendenta de Seguridad Social y, en el último año de su gobierno, la instaló como la primera mujer a cargo de la Intendencia de Santiago, con lo que debutó en puestos de figuración pública. El Presidente en un café le confesó después que había admirado su capacidad para explicar sencillamente asuntos complejos.

Uno de sus primeros golpes de imagen ocurrió el 3 de marzo de 2005. Una contadora de 44 años subió hasta la azotea del Ministerio de Justicia, en Morandé con Moneda, y amenazó con suicidarse. La intendenta de Santiago, Ximena Rincón, se enteró de la emergencia y optó por cruzar la calle para evitar el desastre. Conversó 40 minutos con la mujer, logrando convencerla de no atentar contra su vida. Fueron fotografiadas juntas mientras salían abrazadas del edificio. Un diario la bautizó: ‘Superniña Rincón’.

Cuando finalizó el gobierno, y Michelle Bachelet ganó la presidencia en 2006, tenía la ilusión de ser considerada por la socialista. Estaba en un buen momento político, pensaba que lo había hecho estupendo en Santiago y quería ser parte del Ejecutivo. La Presidenta, sin embargo, no le ofreció nada. Fue el golpe necesario para tomar aire y continuar con su carrera: con su marido en la presidencia de la DC, el partido la designó en 2009 como candidata a senadora por el Maule Sur. Con el 31 por ciento de la votación destronó al jerarca de la zona, el socialista Jaime Naranjo.

Rincón aprendió a moverse en los complejos mundos del poder junto a su esposo, 18 años mayor que ella. Reconocido como un dirigente hábil y de desarrollado instinto político, comenzaron su relación sentimental en 1988, en el marco de la Cruzada por la Participación Ciudadana para el Plebiscito. Rincón tenía 20 y Latorre, 38. Ella había estudiado Historia en la Universidad de Concepción, se había cambiado a la carrera de Derecho en la Católica de su ciudad y participaba de la Asamblea de la Civilidad. El era un dirigente reconocido dentro de la DC. La cautivó su compromiso y un año después, se casaron y se trasladaron a Santiago.

La pareja se instaló en una casa de La Reina y la actual ministra, en los primeros años de democracia, se dedicó a terminar su carrera de Leyes en la Universidad de Chile, donde llegó a ser vicepresidenta del centro de alumnos. Combinó los estudios y la actividad política con la maternidad: en 1990 fue madre de Valentina (24), que estudió Pedagogía en la UC. Luego llegaron otros dos niños: Juan Pablo (18) y Juan Carlos (14), los dos alumnos de enseñanza media en el colegio San Ignacio de El Bosque.

Los Latorre-Rincón eran un matrimonio y también una sociedad política, como Gutenberg Martínez y Soledad Alvear, como Andrés Allamand y Marcela Cubillos. La abogada lo ayudó en cada una de sus campañas y desde los ’90 en adelante fueron parte del establishment de la Concertación: juntos, por ejemplo, realizaron las primeras giras políticas a Europa de los gobiernos de centroizquierda y se frecuentaban con amigos del conglomerado incluso en sus vacaciones en el lago Calafquén.

Fue la razón por lo que en junio de 2011 causó impacto personal y público su anuncio de separación —nunca se han llegado a divorciar— y la relación que la democratacristiana tuvo con el senador socialista Fulvio Rossi. En la Nueva Mayoría todavía recuerdan una frase que Latorre utilizaba con frecuencia: “Ximena en una joya bien pulida para la actividad política”.

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La ministra también detesta que se le atribuya parte de su carrera a su matrimonio con Latorre, con quien ha logrado una relación calmada, después del torbellino público de la ruptura de su relación de 22 años. Lo dijo en CARAS en agosto de 2012: “Las mujeres somos muy discriminadas, creen que estás porque eres la ‘señora de’ o te apitutaste con… ¡Ah!, si además eres delgada y alta, ¡peor!”.

En Ximena Rincón conviven distintas capas y mundos:

La política, es atrevida. Le gustan los desafíos y no evita de su vocabulario la palabra ambición. No quiere un peldaño más —ha dicho— sino la escalera completa.

La madre, vive con sus tres hijos. Se ha tratado de deshacer de las culpas de las ausencias e intenta estar con ellos la mayor cantidad de tiempo posible, pese a sus ritmos y obligaciones.

La colaboradora de Bachelet no pertenece al círculo de confianza de la Presidenta y lo sabe. No era la primera carta para ocupar el ministerio de la Segpres, pero resultó ser la mejor salida a una encrucijada.

La trabajadora, le gusta el orden y la estructura. Aprecia el estudio, pero, como las primeras de la clase, no necesariamente es querida por sus compañeros.

La mujer, no quiere encontrarse con 70 años y observar que su vida está llena de frustraciones.

La ministra, deberá controlar su estilo y su forma de hacer política si quiere ser funcional a la jefa de Estado y convertirse —como quiere y reconoce— en candidata a La Moneda en 2017.