Virginia Reginato es una presencia que alborota: a los funcionarios municipales que tan pronto la ven buscan atenderla, a los niños en la calle que se le acercan como si fuera un personaje Disney, a la prensa que la hizo su predilecta. Tiene ese don de transformar los ambientes en situaciones domésticas y las relaciones en un asunto casi familiar, diluyendo las formalidades con un comentario bonachón y buscando sobrevolar el conflicto con una simpleza astuta y efectiva. Sabe que pasa por ingenua, pero cree que eso, más que perjudicarla le resulta útil, como una táctica de defensa, “así uno siempre tiene un respaldo”, asegura.

“Maravilloso”, responde la alcaldesa muchas veces y utiliza esa palabra como un conjuro que vale la pena repetir. Y uno piensa que tal vez  la palabra “maravilloso” no es tanto una muletilla como una estrategia efectiva para eludir las incomodidades y sintetizar opiniones. Para Virginia Reginato, alcaldesa de Viña del Mar la gente que se acerca a saludarla y a pedirle retratos es “maravillosa”; también lo son sus dos hijos que viven en Viña y que marcan el centro de su vida. Maravilloso es el mar, las gaviotas, el cantante Roberto Carlos y Onur, el personaje de la teleserie turca que cautivó a Virginia Reginato desde que una vecina viñamarina le sugirió verla y rendirse al encanto del culebrón turco Las Mil y una Noches. 

“Me enamoré de Onur, me encantó la teleserie, ese romanticismo. Me gustaba el matrimonio de los viejitos. Se querían tanto, se decían cosas tan bonitas, cosas que ahora no se estilan”.

—¿Usted tuvo un matrimonio así?

—No. Una vez que me iban a acercar la silla para sentarme, la agarré igual porque no sabía si la iban a acercar o me la iban a quitar.

Virginia Reginato estuvo 42 años casada con el mismo hombre y enviudó semanas antes de ser elegida alcaldesa por primera vez en octubre de 2004. Actualmente lleva 11 años a la cabeza del municipio y espera volver a postularse. “Estoy disponible”, anuncia con una sonrisa pícara en su oficina municipal, en medio de una decoración que combina óleos, bodegones, un biombo, trofeos de festival y fotografías familiares. 

La alcaldesa Reginato más que un personaje es un icono, una suerte de figura del pop local. En la calle la detienen viñamarinos y turistas para fotografiarse junto a ella, como quien posa junto a un artista de ocasión o al reloj de flores. Ella sonríe, bromea. Nunca se molesta y sólo de vez en cuando se incomoda con alguna pregunta. En esos momentos su sonrisa decae levemente, junta las manos y —si está sentada— balancea un pie. Pero ésta, la actual, es una temporada dulce: se acerca el Festival de Viña y el gobierno resolvió enmendar la ley que le habría quitado a partir de 2016 la explotación del casino al municipio, disminuyendo a la mitad sus ingresos. Una tragedia recién resuelta y que la tiene de excelente humor.

—¿Cómo fue ser alcaldesa en gobierno de derecha en contraste con uno de la Concertación y ahora de la Nueva Mayoría?

—Me tocó primero con la Presidenta Bachelet, después con Sebastián Piñera y ahora nuevamente con la Presidenta. Aquí no se puede hacer diferencias, porque uno está para trabajar, pero indudablemente desde que ella asumió este gobierno me ha apoyado muchísimo, tanto es así que me ha dado la solución para el Teatro Municipal que ha estado abandonado desde el terremoto, si bien es cierto que nosotros hicimos la primera etapa con los seguros y 500 millones que nos dio el Presidente Piñera, ahora vamos a poder terminar el teatro. Y además el Casino, para lo que el gobierno anterior ni siquiera me escuchó. (El casino) es la mitad del presupuesto del municipio.

—¿Va a estar listo el estadio Sausalito para la Copa América?

—Sí, va a estar listo.

—Me da su palabra.

—Mira, yo te quiero asegurar que estamos trabajando para eso. Nosotros de verdad hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance para que el estadio esté listo, pero hemos tenido un tropiezo tras otro.

—¿Quién es el responsable de esos tropiezos?

—Me hubiera gustado que el proyecto original del estadio hubiera venido como correspondía para la ciudad, y eso no fue así.

—¿De dónde venía el proyecto original?

—Del Instituto Nacional del Deporte (IND). Y de verdad nos complicó muchísimo. Y te voy a aclarar algo: esta es la única ciudad que ha puesto plata para su estadio. Plata municipal. Pero yo estoy muy confiada, ¿sabes por qué? Porque la Presidenta Bachelet en el mensaje del 21 de mayo dijo que todos los estadios de la Copa América iban a estar listos cuando corresponda.

—Si no va a ser responsabilidad de ella…

—El gobierno me va a ayudar de nuevo. Claro, en eso estoy confiada.

Virginia Reginato juega de local. Es un producto de la V Costa. Nació en Valparaíso, vivió en Playa Ancha, en Villa Alemana y en Recreo. Hija de una familia de inmigrantes genoveses, de una madre dueña de casa y padre comerciante que murió cuando ella tenía 17 años. Debió dejar los estudios y, junto a su hermano, hacerse cargo del negocio familiar. Es un momento áspero en su biografía que no detalla y que años después le significó un percance: le faltaba la licencia de cuarto medio, un requisito para ejercer como alcaldesa. Hubo revuelo y una investigación. El asunto se resolvió completando sus estudios en Chicureo.

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—¿Y no le habría gustado estudiar en la universidad?

—No, porque me habría gustado ser cantante.

—Pero podía haber estudiado canto.

—No, porque en ese tiempo mis papás eran tan estrictos, que no iban a aceptar una hija cantante. Era casi como ser vedette.

La alcaldesa narra su historia como si prácticamente no le perteneciera a ella, a su voluntad o a sus propias decisiones, sino a las circunstancias. Las mismas circunstancias que la llevaron a dejar los estudios y luego la impulsaron a casarse y asumir distintos voluntariados durante los años ochenta. Tampoco sería por su propia voluntad que años más tarde buscaría un lugar entre los concejales de Viña del Mar, ni fue por iniciativa propia que se presentaría de candidata al municipio.

—¿Cuándo empezó a interesarse en política?

—Nunca…

Virginia Reginato no termina la frase y estalla en risa. Un ‘nunca’ suena demasiado definitivo para alguien que ha logrado ser reelegida dos veces y aspira a un cuarto período. No se desdice del ‘nunca’, pero lo explica:

“Toda la vida he tenido un espíritu de servicio y me ha gustado trabajar con la gente, he sido siempre muy amistosa, he pertenecido al voluntariado, he trabajado en Viña, fui de la Secretaría de la Mujer. Pero la verdad es que no tenía ningún interés en estos cargos, no pensé jamás que iba a ser concejala y mucho menos alcaldesa”.

—¿Entonces cómo llegó a presentarse de candidata a concejala?

—Por el senador don Beltrán Urenda, una persona con la que trabajé mucho. Fue una persona maravillosa y un gran político. Cuando él salió senador la primera vez me pidió que me hiciera cargo de su oficina en Viña del Mar para atender a la gente y lo hice con mucho gusto. El me dijo que me tenía que inscribir para la primera elección de concejal y yo me sentí súper mal, le dije: “don Beltrán, yo estoy tan feliz trabajando con usted, ¿por qué tengo que irme?”, y me respondió: “te tienes que ir y te tienes que ir”. Así fue que me inscribieron para candidata a concejala. Fui doce años concejala en tres periodos, después fue el diputado Gonzalo Ibáñez quien tuvo la idea de que yo era la persona indicada para ser la candidata a alcaldesa y así fui candidata.

—Pero usted ya militaba en la UDI…

—No, yo entré a la UDI cuando falleció Jaime Guzmán.

—¿Por qué?

—Porque don Beltrán Urenda que era independiente, decidió que tenía que ingresar a la UDI para tomar el cupo de Jaime Guzmán y como yo trabajaba con él, por supuesto que me pareció que era correcto que lo acompañara.

—¿El se lo pidió?

—No. A mí me pareció que había que hacer causa común.

—¿Siempre ha votado por la derecha?

—Sí, indudablemente, pero soy muy transversal. Yo trabajo con todos.

—¿Usted conoció a Lucía Hiriart?

—A la señora Lucía, sí. La conocí, pero no tenía ninguna relación con ella.

—¿La admiraba?

—Lo que ella hacía, me parecía que aglutinaba a las mujeres a trabajar por los demás…

—¿Y si ahora la invitara a su casa iría?

—No, porque no tenemos ninguna relación. Nunca hubo una relación de amistad.

—Usted fue pinochetista?

—Sí.

—Y ahora lo sería…

—Bueno, es que cuando uno asume… Mal estaría negarlo, sería muy feo y uno tiene que ser consecuente. 

—¿Ha visto gente renegar?

—Eso va a existir toda la vida. Cada uno es dueño de pensar como quiera.

—¿Cuál es su opinión de cómo ha enfrentado la UDI el Caso Penta?

—Ese es un caso al que yo no estoy vinculada y no tengo antecedentes más de lo que se ha visto en la prensa. Es lo único que sé.

—¿Y cuál es su apreciación sobre lo que ha provocado el Caso Penta?

—Lamento que esto suceda porque no le hace bien a la política, pero como te repito no es un tema que maneje.

—¿Qué figura de la UDI a usted le parece admirable, digna de imitar?

—Si hay alguien frente a quien yo me sacaba el sombrero esa persona fue don Beltrán Urenda.

—Pero él está muerto, ¿entre los vivos?

—Hay varios, pero a mí la alcaldía no me deja mucho tiempo para estar pensando y eligiendo. Pero hay muchos: Está Pablo Longueira, Hernán Larraín… ¿quién más?… mira, cómo será lo que me preocupa que no me acuerdo. Está Osvaldo Urrutia, mi diputado recién electo que trabajaba conmigo y sé que nos va a representar súper bien.

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En Viña está la ciudad turística, la del casino y el festival y la otra ciudad, escondida cerro arriba que sólo surge cuando un incendio arrasa con todo y descubre la pobreza. Está la ciudad de antes, la de los recuerdos de los viejos residentes que se paseaban por la calle Valparaíso sintiéndose en la Costa Azul y la actual, con un mall que provocó que el centro se vaciara de la dignidad de antaño. Está la ciudad como un patrimonio y como un negocio para instalar torres que hagan rentable los escasos paños de terreno. La alcaldesa tiene que responder a todas esas ciudades.

—¿Ha tenido presiones inmobiliarias?

—Aquí hay un plan regulador, eso funciona y a eso se obedece. Es cierto que estamos trabajando en un nuevo plan regulador porque las cosas van cambiando. Se cumple con lo que la ley exige.

—¿Cómo es la relación con los vecinos en ese sentido?

—Para mí es importante escuchar las inquietudes de las personas, lo que necesitan, pero eso no quiere decir que vaya a hacer ningún compromiso (con ellos). Aquí cada uno tiene que cumplir con lo que corresponde y lo que la ley exige. La Dirección de Obras es la que determina, y la Dirección de Obras es autónoma. 

—¿Hay una desintegración de la ciudad? ¿Dos Viña: la bonita y la de los cerros?

—Para mí Viña es una sola. Sé a lo que tú te refieres, me estás hablando de los sectores donde hay campamentos, de verdad para mí eso es una tremenda preocupación. La gente no puede vivir en condiciones que no sean las que corresponden para un ser humano. En Viña del Mar yo sé que hay muchos campamentos, muchas personas que lo pasan mal. Pero desde que asumí la alcaldía hemos estado trabajando para darles definitivamente una solución a esas personas.

—¿Han erradicado campamentos?

—Sí, por supuesto, hemos erradicado muchas familias, porque hemos trabajado con el equipo municipal para hacerlo.

—¿Cuántas familias hay viviendo en campamentos?

—Como cuatro mil. Es un tema en el que nosotros hemos trabajado pero que tiene que solucionar el Serviu.

—¿Cómo son los viñamarinos, qué define su carácter?

—Son lindos, maravillosos, acogedores, cariñosos, querendones.

—¿Cuál es la diferencia entre un viñamarino y un porteño?

—Es mucha la diferencia, porque el porteño está más encerrado en su ciudad, en cambio los viñamarinos tratan de ser más acogedores y simpáticos. No te digo que sean pesados los porteños, porque los quiero mucho y además yo soy nacida en Valparaíso.

—¿Usted se considera porteña?

—No. Yo soy viñamarina, para mí esta ciudad lo es todo y voy a estar aquí hasta que los viñamarinos lo necesiten.