Anatole y Victoria Larrabeiti son hijos de detenidos uruguayos-desaparecidos en Argentina y los primeros nietos encontrados con la ayuda de las Abuelas de Plaza de Mayo, las abuelas de la propia familia, y otras organizaciones de derechos humanos, en diciembre de 1979.

A sus padres, Roger Julien y Victoria Grisonas, víctimas del Plan Cóndor, los hicieron desaparecer en septiembre de 1976, un asesinato que tiene procesados y detenidos —por secuestro y homicidio— a los agentes de la policía federal Rolando Oscar Nerone y Oscar Roberto Gutiérrez.

Los dos hijos han declarado en el juicio. “Yo estuve con los agentes en la misma sala, en Buenos Aires hace unos años. Los miraba y sentía lástima. Era como ver a un par de insectos. Sólo estaban preocupados de su propia sobrevivencia, vivirán eternamente en la paranoia y señalados por la gente. Fui víctima de ellos, pero no me voy a seguir victimizando por lo que hicieron. No me sirve odiarlos, tampoco me nace. Me da rabia por el daño que hicieron, algo tan desalmado”, dice Victoria.

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El y Victoria —que con el tiempo serían chilenos al ser adoptados en Valparaíso— presentaron hace 18 años una demanda por el secuestro y asesinato ante el Estado argentino. Anatole precisa que ellos “tenían propiedades allá. Esa casa se la apropiaron, también un vehículo, al igual que la casa del Paranacito. La inundaron, y después vivió un milico en ella. Y no se está considerando el abandono de menores, el secuestro nuestro. También estamos en la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA contra el Estado argentino. Llevamos cuatro años y vamos a ganar”, asegura.

—¿Cuántas piezas del rompecabezas quedan por armar?
—Se quedará siempre a medio armar. Es imposible conocer la verdad total— advierte.

El, nacido en Montevideo, tiene 41 años, es fiscal de la zona oriente de Santiago. Estudió Derecho en la Universidad del Mar de Valparaíso. Tiene una hija de 19 de una relación anterior, residente en Montevideo. Separado de una chilena, vive con su pareja Marcela Troncoso, y una hija de ella.

Victoria, 38, nació en Buenos Aires, estudió sicología en la misma universidad y vive en el puerto. Recientemente terminó un magíster en sicología clínica, está emparejada con el agrónomo e ingeniero forestal Renzo Rezzio, con quien espera su primer hijo. Siguiendo el hilo, retrocedemos casi cuatro décadas…

El matrimonio Julien-Grisonas, militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), de corte anarquista, huyeron de Uruguay, donde eran buscados. Julien se había escapado —junto con otros cien reos, entre ellos tupamaros, montoneros— de la prisión Punta Carretas. Llevaban menos de dos años en Buenos Aires, clandestinos, y sabían que los buscaban. Llegó el día fatal: se montó un enorme operativo en el que participaron cerca de mil hombres, civiles, militares, policía federal, tanquetas. Las calles aledañas cortadas, un allanamiento violento de la casa ubicada en la calle Mitre 1050 del barrio San Martín, en Buenos Aires. Anatole tenía cuatro años, Victoria, uno y medio. Ven todo. El recuerda que “entran a la casa. Hay un destello verde azulado, la ráfaga de un milico disparando. Mi hermana en brazos de mi mamá, yo tomado de su mano…”.

Según testimonio del quiosquero de esa calle, Francisco Curreli, hubo disparos. Julien quiso escapar por el patio trasero, intentando pasar como residente de otra casa. Lo matan cuando va saliendo a la calle. Victoria escondió a los niños en la bañera. También fue capturada, la sacaron de la casa, sujetándola por las manos y los pies, la golpearon contra el pavimento brutalmente. Un militar le comentó a Anatole: “La yegua de tu madre ya no va a estar más”.
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A Victoria la trasladadan, con los dos niños, a Automotores Orletti, centro de detención y torturas en Buenos Aires. Unos dicen que la madre llegó viva, otros dicen que no. Lo cierto es que los hijos son separados de ella, no la vuelven a ver. Anatole hoy recuerda: “Yo estoy al fondo de una habitación. Hay muchas personas viendo cómo una mujer bañaba a mi hermana sobre un mesón en una tinita de plástico rojo. Todos muy alegres de verla, yo veía a través de las piernas por la altura”.

En el libro “Las palabras que llegaron: distintas voces contra la impunidad”, Victoria entrega su testimonio: “Me llevaron a una celda con una mujer embarazada, esposada y encapuchada para que me cuidara en medio de ruidos de torturas, muerte y desesperanza. Sé que José Gavazzo (oficial ya retirado) miraba harto a mi hermano (…) Le decía El Coyotito”. La mujer era María Claudia de Gelman, de 19 años, a quien asesinaron luego de dar a luz a Macarena, nieta del poeta Juan Gelman, posteriormente encontrada.

En octubre de 1976, trasladan a Anatole y Victoria a la sede del Servicio de Información de Defensa (SID), en Montevideo, donde hay otros detenidos. Dos meses después, los hermanos son llevados a Chile. El niño recuerda un viaje en avión. “Había una cordillera”, acota. Luego, a los dos los dejan en la Plaza O´Higgins de Valparaíso. “Una supuesta tía Mónica nos dice que vamos a ir a los juegos, que la esperemos ahí, tranquilitos sin llorar, que vuelve en un momento”, recuerda él. No regresa. Durante horas deambulan por el lugar. Al caer la noche son llevados a una comisaría de Carabineros y de ahí, por separado, a un centro de menores del puerto. Pasan los meses, nadie los reclama. El caso sale a la luz pública. En esos días aparece una crónica en El Mercurio de Santiago con la foto de Anatole acompañado de una asistente social del centro. Según la crónica, el niño cuenta que vivía en Buenos Aires, que su casa fue invadida por hombres uniformados, que su madre había sido herida, que su padre intentó ayudarla.

En el intertanto las organizaciones de derechos humanos y las abuelas de los niños habían enviado a los diarios de algunos países democráticos —la mayoría estaba con dictaduras instaladas— fotografías de los hermanos Julien-Grisonas. La búsqueda era activa. “Mi abuela tomó onces con pastelitos con Jorge Rafael Videla y él decía: ‘No, señora Angélica, no busque más, nosotros no hicimos esas cosas. A lo sumo, si hubo enfrentamiento y su hijo estuvo involucrado en esas cosas, quién sabe, pero no tenemos nada que ver en esas cosas’”, cuenta Anatole Larrabeiti.

—Mi abuela era aguerrida —asegura Victoria—. Una mujer de carácter muy fuerte, con una rabia desarrollada por la pérdida y la impotencia de una madre y abuela que quedó en el camino de una búsqueda angustiante e incierta.

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En Caracas, 1979, una asistente social chilena ve la foto de los dos hermanos en el diario El Nacional y tiene la certeza de que son los niños que conoció en el centro de menores de Valparaíso. La información llega a la organización “Clamor”, centro de búsqueda de niños desaparecidos, promovido por el entonces arzobispo de Sao Paulo, monseñor Paulo Evaristo Arns, quien envía a Valparaíso a Mariela Salaberry, una ciudadana uruguaya naturalizada francesa. Ella encuentra a los menores que, para entonces, vivían una infancia normal, muy amados por los chilenos Jesús Larrabeiti, cirujano máxilo-facial, radical, bombero y masón, y Silvia Yáñez, profesora. La pareja no había podido tener hijos. El proceso de adopción de Anatole y Victoria estaba en su etapa final.

El hallazgo de los primeros nietos se anuncia al mundo con un tremendo despliegue mediático en una conferencia de prensa del entonces arzobispo monseñor Arns, en Sao Paulo, el 31 de julio de 1979. En diciembre de ese año la abuela paterna María Angélica Cáceres de Julien recibe la información de “Clamor” y viaja a Valparaíso. “Yo siempre supe que era adoptado”, afirma Anatole. “Y mi abuela me lo explica cronológicamente cuando me encuentra. Tenía la imagen de padres distintos, muchos abuelos. Nunca dejé de tener esos recuerdos”.

Victoria hoy entiende que “hubo mucho conflicto. Naturalmente, mi abuela se sentía con el derecho de llevarnos y mis padres estaban destrozados ante la idea de perdernos”. Intervinieron los especialistas y coincidieron en que los niños no podían sufrir una segunda pérdida de padres. La abuela renuncia a sus nietos con la condición de que visitaran Uruguay al menos una vez al año y que se mantengan en estrecho contacto con la familia allá.

Victoria no conoce la verdad hasta los nueve años cuando viaja por primera vez a Uruguay y una tía le explica lo sucedido con sus padres biológicos. “Hasta entonces no me había preguntado nada. Mis padres, tratando de protegerme, me dijeron que habían muerto. No me dijeron cómo. Todo lo demás, el secuestro, el asesinato, lo supe en Uruguay, y de golpe. Fue un shock. Sentía una opresión en el pecho, me faltaba el aire. Después desarrollé una depresión que viví muy tempranamente, un dolor intenso que no sabía de dónde provenía. Siempre me sentí distinta. Cuando estaba en kinder y mi mamá se iba a trabajar, me bajaba una angustia terrible. No quería separarme de ella. Tenía la sensación de que no la iba a volver a ver”.

Anatole sufrió lo propio. Reconoce que fue un niño “con mucha ira y frustración”. “Tenía unas pataletas de mucha rabia y llanto. Absolutamente desproporcionado”.

—¿Es hoy un hombre dañado?
—No. Dañado implica que todavía estoy en pérdida. Que alguna vez se me dañó, sí. Pero de ahí se resurge. El peso del dolor se puede ir botando; ese proceso se hace básicamente solo. Como dice Nietzsche: lo que no te mata, te hace más fuerte. En mi caso, lo que no me mató, me hizo más sensible, más empático.

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Ha pasado el tiempo: la abuela Angélica murió, al igual que Jesús Larrabeiti. Anatole y Victoria dicen haber tomado la opción de ser felices y llevar una vida lo más normal posible. Victoria habla de “mis maravillosos papás, que adoro. A mi padre lo extraño todos los días. Me he demorado décadas en reconstruir, reparar. Siempre queda la herida abierta, pero uno intenta cerrar porque no es saludable vivir un duelo patológico, eterno. Sé que nunca voy a encontrar a mis padres pero no me he dado por vencida. Elijo no quedarme pegada en el dolor porque se transforma en sufrimiento. Y el sufrimiento, a la larga, es una enfermedad”.