Napoleón amaba a Josefina. La amaba a ella y a sus olores. En una de las muchas cartas que le escribiera (ya convertidos en marido y mujer) le pedía que no se bañara durante las dos semanas que mediaban para su encuentro. Lo enloquecían los aromas que manaban de su cuerpo. Cuando ella murió, en 1814, Napoléon hizo plantar violetas en su tumba para recordar el perfume que ella usó en vida. En una de sus visitas al sepulcro, cortó un ramo de violetas que guardó en un relicario y llevó consigo, colgado al cuello, hasta el fin de sus días. ¿Querían un ejemplo de amor marital? Pues ahí tienen uno.
En todo caso, la historia de Napoleón y Josefina no necesariamente es un clásico. Un par de siglos antes, lo más probable es que esa devoción del emperador Bonaparte hacia su mujer hubiese sido vista con cierto recelo. Claro, el amor romántico y la pasión no siempre estuvieron asociados al matrimonio.

En la Roma Antigua, el espíritu que llevó a los romanos a legislar sobre el matrimonio fue precisamente económico. Necesitaban una institución que diera legitimidad a los hijos que iban a heredar las propiedades y regalías del padre. De paso, se hicieron de un instrumento que les sirvió para escalar en el complejo entramado del poder. Cuántas carreras políticas, desde entonces, no se gestaron a partir de matrimonios. Sin ir más lejos, el mismo Napoléon enfrentado a la exigencia de un heredero debió separarse de Josefina y contraer nupcias con María Luisa de Austria, quien le dio la descendencia que su círculo de hierro le pedía.
Hasta no hace mucho, el matrimonio era una instancia acordada por los padres. Las reformas protestantes así lo determinaron en el siglo XVI, lo que convirtió en norma los casamientos arreglados. Si Romeo no se casó con Julieta fue porque, además de la enemistad de los Capuleto y los Montesco, los padres de ella ya habían acordado su matrimonio con el noble conde Paris. De cualquier forma, es una herencia que antecede a Lutero. El matrimonio germánico, en una de sus variantes, establecía la compra de la novia, en un arreglo que ultimaban el pretendiente y el tutor de aquélla. Convenían una dote… ¡antes de hacer la transferencia de la ‘elegida’!, que quedaba acreditada legalmente.

La cuestión material en el matrimonio nunca ha sido un asunto menor ni en Europa ni en ningún lugar del planeta. Jaime Collyer, en su ensayo Pecar como Dios manda, recoge un fragmento de Araucania i sus habitantes, el libro de Ignacio Domeyko que relata su encuentro con el mundo mapuche. Sentado al lado del impasible i pensativo dueño de casa, le pregunté cuántas esposas tenía; me contestó que solo una. Pregunté entonces si era cristiano. Entendió la pregunta el hombre, i me contesto que no, i que si tenía una sola mujer era porque las mujeres costaban caro entre los indios. ‘Vea usted’, me dijo otro indio que me sirvió de intérprete, ¿vea si hai injusticia: nosotros no sólo tenemos que pagar al tiempo de casarnos al padre ocho, diez, hasta doce prendas (cada prenda es una vaca, un caballo, un poncho, un par de espuelas, un freno, etc.) por la niña, sino que también otras ocho o diez hemos de satisfacer a este mismo padre, a los hermanos i parientes de la mujer, cuando ella muere. Sobra decir que ya entonces, para los araucanos, el matrimonio era un mal negocio.

PERO ENTRE TANTA DOTE Y ARREGLO, DÓNDE QUEDA EL AMOR Y LA PASIÓN. Durante largo tiempo, éstos fueron siempre materia extraconyugal. El amor cortés, por ejemplo, que es la antesala del amor romántico, fue cultivado por los nobles a partir del siglo XI. Ante la frialdad del lecho matrimonial (un ‘poeta’ posmoderno hablaría de pingüinos en la cama), los nobles orientaban sus sentimientos hacia un amor tan imposible, como secreto, que suponía un sufrimiento gozoso de su parte.
Es lo que le ocurre a Don Quijote de la Mancha quien, en medio de su locura, cree ver en Aldonza Lorenzo, la señora a quien ha de servir y amar con todo el corazón, convertida en su cabeza en doña Dulcinea del Toboso. Su amor no consumado, es el amor cortés en todo su esplendor.
El amor romántico no explotó sino hasta la llegada de la Revolución Francesa. Hasta entonces, las parejas vivieron a medio camino entre el matrimonio por conveniencia y un amor platónico que, por su propia condición, rara vez llegaba a lo sexual.

La Revolución Francesa trajo consigo grandes cambios en la búsqueda de una sociedad más igualitaria y libre, y una de esas transformaciones sociales fue el deseo de hombres y mujeres de casarse por amor. Por primera vez, los sentimientos pasaron a ser propiedad marital y muchas de las novelas más emblemáticas de principios del siglo XIX recogen este fenómeno. La escritora inglesa Jane Austen fue una fundamentalista del amor romántico. Orgullo y prejuicio, su novela más emblemática, cuenta todos los escollos que debieron sortear Elizabeth Bennett y Mr. Darcy antes de contraer nupcias. Es un elogio al amor marital que, prácticamente, finaliza con el ‘y fueron felices para siempre’.
El amor romántico se instala entonces, en la primera mitad del siglo XIX, alentado por una saga de escritoras como Charlotte, Emily y Anne Brontë, Edith Wharton y Ann Radcliffe, además de la misma Austen, que dieron a luz novelas de amor incombustible: La edad de la inocencia, Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Mansfield Park, El romance del bosque… En ellas, hombres y mujeres son empujados por las fuerzas irracionales, la intuición, los instintos y la pasión amorosa.

Aunque convertido el amor romántico en un ideal que los amantes persiguen y buscan eternizar con el casamiento, no siempre conducirá a un final feliz. El fracaso en esa tarea lo recogen las novelas del Realismo. En Madame Bovary, de Gustave Flaubert, la protagonista se casará convencida de iniciar una vida idílica, pero su matrimonio será un páramo seco y solitario. Ante la indiferencia de Charles, buscará el amor en otros brazos (como en los boleros) y aunque lo encontrará, sólo será la antesala de su perdición. En Anna Karenina, de Tolstoi, la heroína vive el amor intensamente, se casa y se separa de su marido para iniciar una vida con su amante. Sin embargo, junto a Vronsky conocerá también la indiferencia y la soledad, las que, tras varias peripecias, la llevarán al suicidio.

La modernidad ha traído una vida distinta, al punto que el amor de parejas, ahora, no se limita sólo a un hombre y una mujer. Todos siguen soñando con el amor romántico, que no siempre se consigue. Qué mejor ejemplo que los protagonistas de los cuentos de Raymond Carver, hombres y mujeres que han ocupado el territorio del matrimonio para convertirse en goznes tristes y gastados.
A pesar de esto, el amor romántico sigue vivo, en las esquinas de la ciudad, en las plazas, en las sábanas de los hoteles de paso, en los dormitorios de las familias bien constituidas. También en la literatura. Hace dos años, Nicole Kraus escribía esto en las primeras páginas de su libro La historia del amor: Erase una vez un niño que amaba a una niña, y la risa de ella era como una pregunta que él quería pasar la vida contestando. Cuando tenían diez años, le pidió que se casara con él. Cuando tenían once, le dio el primer beso. Cuando tenían trece se pelearon y estuvieron tres semanas sin hablarse. Cuando tenían quince, ella le enseñó la cicatriz del pecho izquierdo. Su amor era un secreto que no revelaron a nadie. El le prometió que no querría a ninguna otra en toda su vida. Y si yo me muero, preguntó ella. Ni aun entonces, dijo él…
Sólo caben los suspiros.

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