No bastaban las ganas que ponía, tampoco el talento que la vida le dio —mezquino para sus pretensiones futbolísticas—. Invariablemente, la escena se repetía: Evo Morales y su equipo levantaban los brazos una y otra vez para festejar una nueva conquista. Al final, los bolivianos terminaron imponiéndose por 10 a 5 al combinado de jugadores de la Organización de las Naciones Unidas, de la que Muñoz era subsecretario general. Se trataba de un encuentro a beneficio de la campaña contra la violencia de género. Aun así, a Muñoz —quien de adolescente quería ser futbolista profesional— nunca le gustó perder.

El destino ha querido volver a enfrentar a Muñoz y Morales en un partido tanto más trascendental y en una cancha bien distinta. La batalla mediática iniciada por Bolivia el año pasado con el fin de afianzar su demanda marítima ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya ha obligado al canciller Muñoz a doblegar esfuerzos para contrarrestar la ofensiva altiplánica. Y por más esmero que ha puesto en sus declaraciones, lejos de aclarar, el panorama se ha oscurecido. El anuncio de la inminente visita del Papa Francisco a Bolivia —que podría concretarse antes de que la Corte Internacional falle— es un pase servido en bandeja para que Evo Morales pueda anotar un nuevo gol. 

Ha debido navegar en aguas turbulentas el canciller. Y no solo por el tema de Bolivia. El Yategate le movió el bote, y aunque zafó no pudo evitar mojarse.  

Hasta ahora había sido el ministro estrella de Bachelet. La encuesta Adimark que lo situaba como el mejor evaluado con un 79% de aprobación en marzo de 2014, en enero de 2015 lo mantuvo en esa posición con un 78%. Pero, ¿qué pasará ahora?

Habrá que ver qué tan diestro es al timón y qué tanto puede avanzar con viento en contra. ¿Tendrá que resignarse a ver nuevas celebraciones de Evo Morales?, ¿aparecerá un nuevo Yategate capaz de amenazar su navegación? No se sabe. Lo único claro es que no hará lo del capitán del Concordia. Si algo que Muñoz no transa es la lealtad.