“Murió Jennifer, tu sobrina. Fue una sobredosis de heroína”, anunció una voz gastada al teléfono. 

Al otro lado de la línea, Laura Macintosh (63) recibió esta noticia con dolor, pero sin sorpresa, justo un par de semanas antes de que Donald Trump ganara la presidencia de Estados Unidos.

Esta profesora jubilada que reside en Alliance, Ohio, ha sido testigo de cómo su familia originaria de la región de Los Apalaches (tierra de los hillbillies o blancos pobres de áreas rurales) hace agua por culpa del desempleo, la desesperanza y la epidemia de drogas y alcohol que azota el Medio Oeste del país.

Ella es una privilegiada, pero recién tras la victoria del magnate inmobiliario, parece acusar recibo de su posición.

Como otras personas con estudios superiores, Macintosh votó por Hillary porque Trump le parecía “un hombre horrible”. El día de la elección, el recuerdo de su sobrina muerta con apenas 30 años, no le hizo ruido cuando marcó su preferencia y hasta apostó por un triunfo de los demócratas. A pesar de la pena, no pudo prever que tanto sufrimiento entre los suyos terminaría por pasar la cuenta a los Clinton. Se trata de un electorado que, ya desde la década de los ’80 observa cómo su calidad de vida se deteriora sin importar si en la Casa Blanca está instalado un liberal o un conservador. Este ‘da lo mismo’ que cundió entre los habitantes de la nación más remota, explicaría la ventaja que consiguió un outsider, un populista que llegó desde fuera del sistema e impostó en su discurso de campaña la rabia y el dolor de los olvidados por el establishment.

Macintosh es parte de los demócratas que hoy hacen un mea culpa por no querer ver, desde la comodidad de su estatus de blancos privilegiados, la debacle que cunde a su alrededor.

Es el síndrome de ‘la burbuja liberal’, como bautizaron los medios norteamericanos a la incapacidad de este sector de empatizar con los blancos pobres que primero perdieron sus empleos y, tras la crisis del 2008, también sus casas. The bubble (la burbuja) envuelve principalmente las zonas urbanas, costas y centros de poder (Nueva York, Washington, Seattle, California, etc.) que se tiñeron del azul de la campaña demócrata tras el conteo de votos. Nada nuevo por lo demás. Tampoco fue una sorpresa que el rojo volviera a colorear la América profunda en el centro y sur del país (Alabama, Mississippi, Carolina del Sur) conocido como el cinturón bíblico debido al fervor religioso de sus ciudadanos mayoritariamente republicanos. 

interna-usa

Por eso, la zona decisiva, la que inclinó la balanza en favor de Trump fue el Medio Oeste, donde vive Macintosh. Sus estados forman parte de otro cinturón, el rust belt (cinturón de óxido) llamado así debido a que se trata de un área industrial, que sobrevive de la producción de acero, la extracción de carbón y la manufactura en general; y que tuvo sus años de gloria durante el auge de la industria automotriz. Este cinturón de óxido lo integran varios swing states que alternan su voto entre liberales y republicanos y actúan como el termómetro económico y social del país. Entre ellos se encuentra Ohio, el predictor, que desde los años ’60 no se equivoca en elegir a quién será el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sin fallar otra vez, los ohioans dieron un contundente triunfo a Trump (52% de las preferencias contra 43,5% para Hillary), mientras que el 2012 resultaron clave en la reelección de Obama. Otros estados del rust belt que catapultaron a Trump fueron Wisconsin y Pennsylvania, también fuertemente golpeados por la crisis y que según un artículo publicado por The New York Times construyeron una coalición única de votantes blancos “a lo largo de ríos y rieles que alguna vez transportaron carbón desde el sur de Ohio y la cuenca de West Virginia hasta los hornos de fundición de Pennsylvania”.

La miniburbuja en la que vive Laura Macintosh (‘mini’ porque al fin y al cabo es el midwest) se reduce a unas pocas cuadras de lindas y cómodas casas habitadas preferentemente por profesores de la universidad local y otros profesionales. Pero si se camina hacia el noreste, donde comienzan los montes Apalaches, emergen bolsones de pobreza en medio de lo que parece un apocalipsis postindustrial.

 “Las plantas manufactureras de acero, que constituían la principal fuente de empleo, cerraron y nada las reemplazó. Hoy los pocos trabajos giran en torno a los centros de educación y al hospital”, explica la profesora. Su sobrina, madre de un niño de ocho y otro de seis años, trabajaba como asistente dental sin ningún tipo de beneficios y debía complementar sus bajos ingresos sirviendo en un local de comida rápida. “En estas áreas no hay transporte público y ella perdió su auto debido que dejó de pagar las cuotas del crédito. Jennifer no veía futuro ni para ellas ni para sus hijos y encontró en la heroína una salida a su desesperación”, cuenta Macintosh. 

Muchos padres de esta generación culpan, sin pruebas elocuentes, a los inmigrantes de introducir droga y terminar por aniquilar su cultura e identidad social. (Según datos oficiales, la muerte por sobredosis en estados como Ohio y otros del centro de EE.UU. se han incrementado en un año hasta en un 18%) “y votaron en consecuencia por Trump”, explica.

interna-usa-II

El triunfo de alguien como él fue como un balde de agua fría para comprender mejor una realidad que tenía ante mis ojos. Parte de todo es responsabilidad de la ceguera demócrata. Y si a mí me costó ver que la campaña de Hillary no entusiasmaba a mi propia gente, ¿cuán ajenos están en California o en Nueva York?”, se pregunta Macintosh.

Pues bien, desde el condado de Dutchess (estado de Nueva York), Bárbara Caldwell, responde en parte la pregunta de la profesora: “Las diferencias de sueldos y de estilos de vida son tan grandes que hay dos mundos que no se tocan, incluso en el propio Nueva York, porque viven en diferentes barrios, van a distintas escuelas, compran en otros supermercados”, comenta esta chilena radicada hace veinte años en EE.UU.

Caldwell votó por Hillary “porque era el mal menor”, pero hoy está convencida de que Bernie Sanders, quien estuvo en primarias contra Clinton, era más competitivo: “Los jóvenes no se movilizaron para apoyarla porque su ‘prontuario’ era demasiado y sintieron que manipularon las elecciones para dejar a Bernie atrás. Bueno, y si se trata de hacer un mea culpa, es cierto que existió una pequeña reactivación económica, pero los pocos empleos que se crearon no tienen relación con el tremendo gasto público y la deuda que deja el gobierno de Obama. Algo se hizo mal y esos errores se sienten con mayor fuerza en los estados que le dieron la victoria a Trump” .

Ahora, ni Macintosh, ni Caldwell ni la mayoría de los demócratas ven en el empresario una alternativa. Sólo observan en su cara una protesta de los indignados made in USA.