Igual que el personaje de Mary Shelley, el fenómeno Donald Trump es hijo de la soberbia. De un complejo de superioridad a la american way.

Si el científico Victor Frankenstein quiso rivalizar con Dios al revivir un cuerpo inerte, Trump puede entenderse como el producto de una sociedad —la norteamericana— que busca a partir de sus ruinas resucitar el esplendor de una época pasada. Y, de la misma forma en que el monstruo acabó rebelándose contra su padre, el empresario lo hace ahora contra el establishment que posibilitó su aventura política.

Recién ocurrido el último debate, con las encuestas en contra, un coro de mujeres acusándolo de abusos sexuales y las figuras más importantes de su partido dándole la espalda, Trump terminó por salirse de control. Hoy acusa a todos —incluso a quienes le apoyaban— de ser parte de una conspiración y llama a sus bases más duras a sublevarse ante un eventual fraude. Claro que esta ‘criatura’ no es sólo hija del Partido Conservador que, ante el fracaso de sus favoritos, no supo negarle ‘el golpe de electricidad’ que le faltaba durante la última convención republicana. También contribuyó el showbusiness, legitimando su personaje de déspota en El aprendiz, y hasta  los propios demócratas incapaces de levantar una figura más carismática que Hillary Clinton.

A un par de semanas de las elecciones, el monstruo se siente solo. Por lo mismo, con la paranoia desatada y sus manotazos de ahogado resulta más peligroso que nunca. Ojalá que, al igual que la pesadilla que inspiró a Shelley a escribir la novela, el momento político por el que pasa Estados Unidos no sea más que un mal sueño, una ensoñación gótica.