El 8 de noviembre del 2016 comenzó uno de los capítulos más extraños de la historia estadounidense. Tras meses de una campaña que rayó en lo surreal, el multimillonario, estrella de TV y controversial personaje público Donald Trump, ascendió al poder y se apropió del sillón presidencial más relevante de Occidente.

Con Hillary Clinton, la promesa demócrata del establishment fuera de la escena, el ex animador de El Aprendiz ha tenido libertad para atacar a minorías y grupos opositores sin recibir respuesta. Mientras su popularidad sigue a la baja, las redes sociales festinan con su dramático veto a musulmanes, la falta de atención o directa oposición a los programas pro-LGBTQ impulsados por la administración Obama, la aparente debilidad de su unidad familiar y su consistente deslegitimación a medios de comunicación y prensa consagrada como CNN, el Huffington Post o el New York Times.

Esto no sólo le ha hecho perder credibilidad en las plataformas partidistas norteamericanas, sino también lo ha convertido en un personaje más pintoresco que relevante para la política internacional. Esto, sumado al escándalo que lo vincula con el gobierno ruso —una herida de la guerra fría que nunca terminó de sanar— y sus vínculos poco claros con empresarios lo tienen, a menos de un semestre de asumir, al borde de un proceso de destitución.

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Algo que el país del Tío Sam sólo ha atestiguado dos veces en su historia republicana. Para que se concrete un caso de impeachment, se requiere que la Cámara de Representantes ejecute una especie de demanda contra el presidente por presunta comisión de crímenes. Este proceso no necesariamente resulta en la destitución del cargo. El impeachment es sólo el primero de tres grandes procesos que pueden terminar por sacar al presidente de la Oficina Oval. Fue en 1868 cuando la Casa Blanca enfrentó el primer escándalo de esta naturaleza. El presidente Andrew Johnson fue acusado de violar una ley federal de permanencia en el cargo al sacar al Secretario de Guerra de ese entonces y reemplazarlo sin razón aparente.

Pese a que el juicio no resultó en una destitución, se convirtió en uno de los escándalos políticos más relevantes de la época, y en uno que terminaría por definir las ideas sobre democracia en el siglo siguiente. La estabilidad gubernamental se mantuvo por décadas, y cuando la población americana ya olvidaba la accidentada administración de Johnson, 106 años después, el publicitado Watergate tuvo a Richard Nixon al borde de convertirse en el segundo presidente en enfrentar un juicio de destitución.

La verdad es que ese evento no llegaría hasta 1998 con Bill Clinton, otro de los escándalos más relevantes del último siglo en la historia del país del norte. Clinton tampoco resultó expulsado de la Casa Blanca, algo que sí se mantiene, hasta hoy, sigue siendo inédito para la política estadounidense. Esta vez, los analistas políticos —uno en especial— apuntan a un juicio que combina las controversias políticas de Donald Trump y su publicitario personaje público en uno de los primeros procesos de destitución que podrían terminar, de forma inédita, en hacerse efectivos. Desde 1984, el profesor de la American University Allan Lichtman ha logrado predecir con exactitud al ganador de las elecciones presidenciales.

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Gracias a un complejo método estadístico, Lichtman se ha convertido en un referente de análisis político para los Estados Unidos, especialmente en cuanto a predicciones y pronósticos. El académico arremetió contra el mandatario asegurando que su impeachment era seguro, y que era sólo una cuestión de tiempo para que ocurriera. En la actualidad, con una serie de congresistas, analistas y miembros de la prensa como seguidores de su teoría, Lichtman prepara el lanzamiento de su libro The Case for Impeachment, en el que explora las distintas teorías que podrían terminar con este suceso.

Entre ellas, la más importante, su nublada conexión con Moscú. En síntesis, el FBI ha confirmado que se lleva a cabo una investigación para descubrir detalles sobre los vínculos de miembros del equipo Trump con altos mandos del gobierno ruso. Durante la campaña del actual mandatario, una serie de llamadas y correos electrónicos evidenciarían la intervención de la administración Putin en las elecciones del pasado noviembre, con el fin de trabajar a favor de los intereses del Kremlin.

Si a esto se le suma la bullada inestabilidad que se esconde dentro de la Casa Blanca, parece casi evidente que el gobierno de Trump no descansa en cimientos sólidos. A medida que los propios votantes y políticos que lo apoyaron se alejan de él, la situación evoluciona menos hacia el make America great again y más hacia el proyecto de un millonario megalómano que no resultó como esperaba. En ese sentido, Lichtman asegura que la bancada republicana le teme a la falta de tacto de Trump y que debido a su comportamiento errático y poco político, el partido pierde credibilidad y el gobierno no cuenta con una dirección sólida.

Fue así como lo declaró al Washington Post: “Preferirían tener a Mike Pence, un republicano controlable y disciplinado, y estoy seguro de que Trump va a hacer algo para sentar las bases de su propio impeachment, ya sea poniendo en riesgo la seguridad nacional, o simplemente para abultar su billetera”. ¿Será el 2017 el primer y último año de la presidencia del magnate Donald Trump? Cada vez para más expertos, esta podría convertirse en una realidad.