Renán Fuentealba. Abogado, fundador de la Democracia Cristiana, ex parlamentario, ex embajador y ex intendente de la IV Región.

“La primera vez que vi a Patricio fue en los tiempos universitarios. El estudiaba tercer año de leyes en la Universidad de Chile y yo en la Universidad Católica, donde junto a un grupo de falangistas habíamos logrado desplazar a la derecha del centro de alumnos. Aylwin era presidente de la Academia Jurídica, así que empezamos a hacer muchas cosas en conjunto. Desde talleres hasta alegatos y juicios. Fue ahí cuando él conoció a Bernardo Leighton, Eduardo Frei Montalva y Radomiro Tomic. Después, en 1946, se sumó a las filas de la Falange Nacional que en esa época reunía a un grupo muy selecto de profesionales e intelectuales. Desde que ingresó, Aylwin se perfiló como un militante importante, de gran oratoria, muy descollante, de hecho, no pasó mucho tiempo y fue nombrado presidente de la colectividad.

Nunca tuvimos un distanciamiento. Teníamos discusiones, pero eso no significa que uno se convierta en enemigo. Nuestra relación siempre fue muy respetuosa y cordial, pero lo hablábamos. En los ochenta también disentimos cuando yo sostuve que para volver a la democracia y tener un gobierno estable era necesario que se unieran todos los partidos desde la DC hasta el PC. De hecho, cuando estábamos en el exterior los exiliados democratacristianos fuimos los creadores de lo que después fue la Concertación. Un acuerdo de partidos políticos unidos por un programa común.

En los comicios internos, disputamos la dirección del partido, pero nunca existió ni siquiera una mala palabra entre nosotros. Jamás. En el partido primaba la disciplina y lealtad hacia la directiva. Existía un clima de afecto sincero y gran camaradería. Recuerdo que cuando comenzamos a preparar el gobierno de Frei Montalva en 1961 teníamos reuniones periódicas, en las que Aylwin participaba activamente aun cuando no era de la directiva. Eran tiempos de mucha efervescencia social y se estaban gestando transformaciones muy profundas. Lo que después conocimos como la revolución en libertad se estudió latamente.

Después vino el Golpe. No se puede culpar a una persona porque eso fue obra de los militares. En la dictadura, las organizaciones sociales no podían reunirse y las críticas a la Junta se pagaban con la vida. Recuerdo que después de unas declaraciones que publicó El Mercurio, fui llevado a un cuartel de Investigaciones, desde donde me llevaron al aeropuerto. Sin carné de identidad ni pasaporte me subieron a un avión que debía dejarme en Panamá. La orden era que no saliera con vida, pero durante una escala en Lima, se me permitió salir del avión. Así conseguí con el director de Investigaciones del Perú permanecer 18 días en Lima, lo que me salvó y marcó el inicio del exilio. Cuando vivía en Costa Rica, recibí la visita de algunos dirigentes del partido entre los que estaba Patricio. Como a los dos nos gustaba mucho nadar, una tarde partimos a la piscina.

Antes de la elección de 1989, la DC tenía dos candidatos. Finalmente Aylwin se impuso sobre Valdés y prefiero que haya sido así. Gabriel fue un gran canciller, pero Aylwin era más conocedor de los problemas nacionales y tenía más aptitud para manejar el país. Para ser Presidente de la República se necesita conocer el país a fondo, tener buen criterio y elegir un buen equipo de colaboradores. Tiempo después, cuando era Presidente electo fui a visitarlo y le dije: ‘Patricio, no quiero volver al Congreso. Cuando comencé a hacer campaña me di cuenta de que la IV Región estaba peor que antes y quiero sacarla adelante. Me gustaría ser intendente, tu representante en la zona’. Me miró y me dijo que no: ‘Tú tienes que ser senador. Necesito tu experiencia en el Parlamento’, argumentó, pero yo fui tan firme que terminé por convencerlo. Entonces, se encogió de hombros y después de un rato agregó: ‘voy a tener que barajar la naipada de nuevo’.
La última vez que lo vi fue en julio del año 2010 en el aniversario número 53 de la DC, cuando el partido nos condecoró a ambos con la máxima distinción. Fue un acto muy emotivo al que asistieron todos los presidentes de la República de la Concertación. El juicio a su figura ya lo hizo toda la opinión pública al momento de su partida. No ha existido ni una voz que niegue que su administración hizo una gran transición. Aylwin pasará a la historia como un buen presidente que restauró la democracia y que ejerció el poder bajo la moral de la verdad, la justicia y la libertad”.

a450

Margarita Serrano. Periodista y escritora.

“‘Soy muy fome’ me dijo con toda naturalidad en una de las muchas entrevistas que le hice. Y tenía razón. Porque todas las cosas las hacía en serio, con dedicación y responsabilidad. Nunca se salía de madre ni exageraba ni demostraba mucho sus sentimientos. Cuando le tocó estudiar en el Liceo de San Bernardo que tanto amó, estudiaba en serio y era el primer alumno; cuando estuvo enfermo y se lo llevaron por meses a la cordillera para mejorar sus pulmones, se dedicó a leer y se devoró todos los cuentos de Baldomero Lillo, Los Miserables completo de Víctor Hugo y la Historia de los Girondinos de Lamartine que tiene seis tomos. A pesar de sus 13 años, esas lecturas lo marcaron para siempre. Su búsqueda permanente de la justicia social y su fijación por estudiar Derecho no son ajenos a los dolores de los mineros del carbón ni a las dudas entre el bien y el mal de Jean Valjean, el protagonista de Los Miserables. Todo lo hizo en serio. Por eso se encontraba tan fome.

Pero había una excepción. Cuando llegó a ser Presidente de Chile, a sus 70 años, en un momento crucial de la historia porque debía instaurar la democracia después del gobierno militar, no tuvo más remedio que reunirse con el propio general Pinochet. Su principal enemigo por 17 años, el dictador que aseguró que no se movía ni una hoja sin que él lo supiera, ahora estaba allí, a cargo de los militares. Había una gran tensión entre ellos. Pero a Aylwin le gustaba imitarlo, bajaba la voz, la ponía más aguda y era como escuchar a Pinochet. Ahí no tenía un pelo de fome. Todo lo contrario, era muy cómico. Así era esa relación, como dos tipos de peso pesado que se están midiendo para ver quién podía pasarle más goles al otro. Me contaba sobre el general: ‘Era un viejo cazurro, creía que me iba a influir para que yo delegara ciertas cosas en los militares. Por ejemplo, una cosa pintoresca: él no podía ver a los carabineros, tenía muy mala idea de ellos. Entonces me decía que yo estaba muy mal cuidado. Y me ofrecía ponerme seguridad a cargo del Ejército. Era una diablura, quería hacerme prisionero’.

Cada cierto tiempo el otrora dictador le pedía audiencia en La Moneda. Pero se juntaba gente a la entrada y lo pifiaban o insultaban. Un día se le quejó a Aylwin, quien le respondió que entonces fuera a reunirse con él a su casa. ‘Si quiere puede ir a las 8 de la mañana, así no hay rocha. Nadie lo va a saber. Y así lo empecé a recibir muy a menudo en mi casa’. En los cuatro años que duró su presidencia, se reunieron más de 20 veces y la mitad de ellas fue efectivamente en su casa —en Arturo Medina en Providencia—, la misma que habitaba desde que se casó.

Nos tomábamos un café o un té en el living. Hablábamos de todo. Me decía: ‘Las rodillas, Presidente, las rodillas… Los viejos fallamos por las rodillas’. Lo estoy oyendo. Y vuelve a imitarlo y a contar de las verdaderas diabluras que le hizo Pinochet, acuartelando al Ejército en el llamado Ejercicio de Enlace, cuando en la Cámara de Diputados se habían declarado cosas graves sobre los pinocheques de su hijo mayor. Mientras el gabinete se reunió y quiso tomar medidas, Aylwin siguió su agenda y no le hizo el menor caso. ‘Fue una rabieta que le dio al general Pinochet porque parecía que le iban a procesar a su hijo. Pero no hubo petitorio ni presentación. No. Fue simplemente este arrebato, traducido en un acto ostensible de presión para demostrar que tenía poder’, me reveló. Después vino el Boinazo y Aylwin, que estaba en Nueva Zelanda, tampoco se inmutó.

Porque así como era disciplinado y aplicado, tenía una claridad prístina para hacer las cosas como a él le parecían correctas.

Muchos lo critican porque hizo poco por los derechos humanos, porque no fue suficientemente duro con los militares. Pero cuando uno conversa de todo eso con él durante tres semestres seguidos, comprende otras cosas.
Que era un animal político, que la política lo apasionó siempre y que estuvo muy cerca de ser socialista antes de optar por la Democracia Cristiana. Y que claro que desarrolló una piel de elefante para conseguir acuerdos y desacuerdos dentro de su partido.

Que se defendía como gato de espaldas cuando se le preguntaba por su actuación frente al Golpe Militar, y relataba su cena con el Presidente Allende en casa del cardenal Silva Henríquez haciendo malabares para conseguir negociar y salvar la democracia.

Que era un hombre que tuvo que enfrentar muchas paradojas, como es haber sido actor político hasta septiembre de 1973, cuando Chile perdió su democracia. Y haber sido actor político 17 años después, cuando Chile la recuperó.
Pero es difícil negar que logró hacer de Chile un país que podía convivir en paz; que empezó tímidamente a dejar el miedo y a volver a experimentar la libertad. Y eso lo hizo desde la incertidumbre, cuando no se sabía qué harían los adversarios. Lo hizo desde la prudencia, pero también desde el coraje”.

a4502

Sergio Romero. Ex senador y embajador en España. Integrante del Comité Político de Chile Vamos.

“Lo conocí en los ’60 cuando él era uno de los actores importantes de la política y autor de la conocida Enmienda Aylwin que permitió a la CORA hacerse de los predios sin indemnización previa, algo con lo que nunca estuve de acuerdo. Como parlamentario, presidente de la Cámara Baja y de la Democracia Cristiana, le tocó impulsar muy fuertemente el proceso y pienso que lo hizo convencido de ello. Entonces, yo le tenía una cierta distancia hasta que un día a finales de los setenta, estaba en mi estudio de abogados cuando de pronto apareció la secretaria y me dice que hay un señor Aylwin esperándome en la puerta. Lo hice pasar y él que era un hombre muy especial en su trato, de formas muy gentiles, dijo muy respetuosamente: ‘yo lo venía a molestar porque en un contrato que tienen unos clientes míos usted aparece como árbitro y me gustaría saber si estaría disponible para hacer una propuesta de mediación’, a lo que accedí. Al tiempo, nuevamente nos volvimos a enfrentar en la misma situación. Por eso digo que lo conocí en una faceta no política.

Durante el traspaso de mando de 1990, estando como Jefe del Comité de Senadores RN en la Comisión de Pórtico del Congreso, recuerdo haberlo visto avanzar por las escalinatas repartiendo saludos. Cuando llegó donde yo estaba, se detuvo y me dijo ‘señor árbitro, no sabe lo que me alegra de que usted haya sido electo senador’. Lo miré y dije ‘yo también me he alegrado de que usted haya llegado a la Presidencia, sin ser el candidato de mis filas’. El diálogo rompió por algunos instantes el protocolo y nadie entendía nada.

Al tiempo, él organizó su primera gira internacional a Asia y al único senador que invitó fue a mí. Todos los senadores de mi partido se sorprendieron mucho, y ni hablar de los parlamentarios oficialistas. Incluso Gabriel Valdés que fue un gran amigo, llegó a decirme ‘Patricio te invitó porque no da puntada sin hilo’. En total, estuvimos más de veinte días viajando en un avión al que la habían bautizado como “Calambrito”. Parecía una micro de recorrido por lo destartalado. Por protocolo, a mí me tocaba estar al lado del Presidente así que compartimos muy de cerca en numerosos actos y ceremonias. Ambos entendíamos que en la política al final lo que se necesita es diálogo y mirada de Estado. Una tarde estábamos en Beijing y toda la comitiva partió a conocer la Muralla China. Como ambos ya la conocíamos decidimos ir a visitar la Ciudad Prohibida, pero desde el lugar interior donde la conocen los grandes dignatarios, y no desde la típica ruta que siguen los turistas. Conversamos largamente, mientras nos sorprendíamos con los vestigios de tiempos pasados. Así fue como forjamos una amistad cívica muy cercana que me hizo apreciar su sencillez y buen criterio.

En la gira también iba doña Leonor. Una mujer de gran distinción y encanto con la que era un agrado conversar. Recuerdo en uno de los vuelos, en los que admirábamos el paisaje me dijo que estaba muy sorprendida por el color de las flores del Oriente, refiriéndose a la Bugambilias. ‘Qué lástima que en Chile no tengamos estos colores’, recuerdo que dijo. Ahí, yo le expliqué que en la V Región donde era senador, había especies con tonalidades igual de impresionantes. Cuando regresamos a Chile recordé sus palabras y le hice llegar tres tipos de Bugambilias con las instrucciones para plantarlas, siempre mirando al norte y cerca de una pared. Después, cada vez que me encontraba con don Patricio o su señora me decían ‘nos acordamos todos los días de usted, si las Bugambilias no pueden estar más lindas’. Claro, cómo no, si las habían plantado justo a la entrada de su casa, y cada vez que las veían se acordaban de mí.

Si me preguntan no creo que Aylwin hubiera estado de acuerdo con las reformas a todo. Era un hombre muy sabio, él habría dicho estas cosas hay que hacerlas de a poco y escuchando.

a4503