Margarita Serrano. Periodista y escritora.

“‘Soy muy fome’ me dijo con toda naturalidad en una de las muchas entrevistas que le hice. Y tenía razón. Porque todas las cosas las hacía en serio, con dedicación y responsabilidad. Nunca se salía de madre ni exageraba ni demostraba mucho sus sentimientos. Cuando le tocó estudiar en el Liceo de San Bernardo que tanto amó, estudiaba en serio y era el primer alumno; cuando estuvo enfermo y se lo llevaron por meses a la cordillera para mejorar sus pulmones, se dedicó a leer y se devoró todos los cuentos de Baldomero Lillo, Los Miserables completo de Víctor Hugo y la Historia de los Girondinos de Lamartine que tiene seis tomos. A pesar de sus 13 años, esas lecturas lo marcaron para siempre. Su búsqueda permanente de la justicia social y su fijación por estudiar Derecho no son ajenos a los dolores de los mineros del carbón ni a las dudas entre el bien y el mal de Jean Valjean, el protagonista de Los Miserables. Todo lo hizo en serio. Por eso se encontraba tan fome.

Pero había una excepción. Cuando llegó a ser Presidente de Chile, a sus 70 años, en un momento crucial de la historia porque debía instaurar la democracia después del gobierno militar, no tuvo más remedio que reunirse con el propio general Pinochet. Su principal enemigo por 17 años, el dictador que aseguró que no se movía ni una hoja sin que él lo supiera, ahora estaba allí, a cargo de los militares. Había una gran tensión entre ellos. Pero a Aylwin le gustaba imitarlo, bajaba la voz, la ponía más aguda y era como escuchar a Pinochet. Ahí no tenía un pelo de fome. Todo lo contrario, era muy cómico. Así era esa relación, como dos tipos de peso pesado que se están midiendo para ver quién podía pasarle más goles al otro. Me contaba sobre el general: ‘Era un viejo cazurro, creía que me iba a influir para que yo delegara ciertas cosas en los militares. Por ejemplo, una cosa pintoresca: él no podía ver a los carabineros, tenía muy mala idea de ellos. Entonces me decía que yo estaba muy mal cuidado. Y me ofrecía ponerme seguridad a cargo del Ejército. Era una diablura, quería hacerme prisionero’.

Cada cierto tiempo el otrora dictador le pedía audiencia en La Moneda. Pero se juntaba gente a la entrada y lo pifiaban o insultaban. Un día se le quejó a Aylwin, quien le respondió que entonces fuera a reunirse con él a su casa. ‘Si quiere puede ir a las 8 de la mañana, así no hay rocha. Nadie lo va a saber. Y así lo empecé a recibir muy a menudo en mi casa’. En los cuatro años que duró su presidencia, se reunieron más de 20 veces y la mitad de ellas fue efectivamente en su casa —en Arturo Medina en Providencia—, la misma que habitaba desde que se casó.

Nos tomábamos un café o un té en el living. Hablábamos de todo. Me decía: ‘Las rodillas, Presidente, las rodillas… Los viejos fallamos por las rodillas’. Lo estoy oyendo. Y vuelve a imitarlo y a contar de las verdaderas diabluras que le hizo Pinochet, acuartelando al Ejército en el llamado Ejercicio de Enlace, cuando en la Cámara de Diputados se habían declarado cosas graves sobre los pinocheques de su hijo mayor. Mientras el gabinete se reunió y quiso tomar medidas, Aylwin siguió su agenda y no le hizo el menor caso. ‘Fue una rabieta que le dio al general Pinochet porque parecía que le iban a procesar a su hijo. Pero no hubo petitorio ni presentación. No. Fue simplemente este arrebato, traducido en un acto ostensible de presión para demostrar que tenía poder’, me reveló. Después vino el Boinazo y Aylwin, que estaba en Nueva Zelanda, tampoco se inmutó.

Porque así como era disciplinado y aplicado, tenía una claridad prístina para hacer las cosas como a él le parecían correctas.

Muchos lo critican porque hizo poco por los derechos humanos, porque no fue suficientemente duro con los militares. Pero cuando uno conversa de todo eso con él durante tres semestres seguidos, comprende otras cosas.
Que era un animal político, que la política lo apasionó siempre y que estuvo muy cerca de ser socialista antes de optar por la Democracia Cristiana. Y que claro que desarrolló una piel de elefante para conseguir acuerdos y desacuerdos dentro de su partido.

Que se defendía como gato de espaldas cuando se le preguntaba por su actuación frente al Golpe Militar, y relataba su cena con el Presidente Allende en casa del cardenal Silva Henríquez haciendo malabares para conseguir negociar y salvar la democracia.

Que era un hombre que tuvo que enfrentar muchas paradojas, como es haber sido actor político hasta septiembre de 1973, cuando Chile perdió su democracia. Y haber sido actor político 17 años después, cuando Chile la recuperó.
Pero es difícil negar que logró hacer de Chile un país que podía convivir en paz; que empezó tímidamente a dejar el miedo y a volver a experimentar la libertad. Y eso lo hizo desde la incertidumbre, cuando no se sabía qué harían los adversarios. Lo hizo desde la prudencia, pero también desde el coraje”.

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