No es que sea conservador, ni anticuado, pero considero que algunas tradiciones tienen un gran valor y deben cuidarse con esmero. No todas, claro está, pero si aquellas que nacieron en calidad de ritual por razones precisas y cuya repetición en el tiempo preserva un significado profundo y genera un poder. Esta es una verdad que todos sabemos, aunque probablemente la gran mayoría la ignore a la vez, hipnotizada por quienes han logrado hacer creer que la única realidad es aquella que se ve y se palpa. Esa sí que es una fantasía ridícula y una maldad enorme, además, porque su objetivo es ablandar las mentes para una fácil manipulación.

El hecho es que la tradición del cambio de mando presidencial tiene mucho de rito, no solo en cuanto a las formas republicanas, sino también en este aspecto esotérico que para los que saben se relaciona con leyes científicas de la naturaleza casi desconocidas, pero para los que creen que saben no son más que leseras. Quien quiera investigar los mitos sobre la piocha de O’Higgins, por ejemplo, se sorprenderá de una serie de extrañas y fatales coincidencias. Arturo Alessandri Palma le confería carácter de vaticinio a lo que ocurriera con ella en la toma de posesión, desde que en 1920 se le desprendió accidentalmente de la banda, lo que consideró un pésimo augurio. “El gobierno se me quiere escapar”, le dijo al presidente del Senado, quien la recogió del suelo diciendo “no se preocupe, yo se lo devuelvo”, una perfecta metáfora de lo que ocurriría cuatro años después. Cuando dejó el cargo, guardó en el interior de la insignia un papelito donde escribió “volveré”. Entonces vino la anarquía política –con la dictadura de Carlos Ibáñez incluida-  que solo pudo controlar el propio Alessandri, reelecto en 1932. Al asumir revisó la piocha, que se abre como un relicario, y ahí estaba el mensaje. Nadie lo había visto.

Cada vez que se rompió la tradición de que el saliente se la entregara a su sucesor, pasó algo feo. Un par de ejemplos: Juan Antonio Ríos no la recibió de manos de Pedro Aguirre Cerda, y también murió en el cargo. Gabriel González Videla la recibió de un ex presidente (el mismísimo León de Tarapacá, entonces presidente del Senado) pero Salvador Allende no de Eduardo Frei Montalva. Más tarde, con piocha nueva, Patricio Aylwin impuso la tradición de prenderla personalmente a la banda de su sucesor, algo que solo se ha interrumpido una vez: no me culpen por ver en el desatinado impasse de Sebastián Piñera recibiendo la piocha sin tener cómo colgarla una metáfora de la falta de apoyo popular que lo atormentó durante todo su periodo.

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Pero así como hay ritos que perduran en el tiempo y adquieren individualidad, hay otras tradiciones que van quedando a la orilla del camino y quienes a ellas se aferran parecen condenados a la misma suerte. Si no que lo diga el diputado Ignacio Urrutia, tan molesto porque su nuevo colega Gabriel Boric no llevara corbata. Considerando de quien viene la crítica, recuerda el dicho aquel “aunque la mona se vista de seda, mona queda”. Para mi gusto, el error del ex presidente de la Fech, si es que alguno tuvo, fue usar una chaqueta fea, que lo hacía ver más gordo aún, con cero estilo. Pero ¿díganme si no habría sido épico que Iván Fuentes llegara al parlamento con la misma parca azul de siempre? Ahí faltó olfato comunicacional…  Fuera de bromas, estamos de acuerdo en que la ropa es un símbolo, un mensaje, y Boric con corbata habría sido una señal preocupante.

Al fin y al cabo, la tradición es algo que se va nutriendo en el tiempo, cambiando con la historia, que perdura solo cuando tiene un sentido que trasciende la circunstancia. Por eso, espero que desde ahora dos mujeres en los principales cargos del país, estudiantes sin corbata, jóvenes madres con su guagua en brazos y líderes sociales hablando de igual a igual con los encorbatados esbirros de la oligarquía sean tradiciones que prevalezcan y se consoliden… Lo de este martes al menos, fue un buen augurio.

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