Esta es la historia de un hombre de 60 años, nacido un 18 de septiembre, conocido públicamente como Rafael Guilisasti y por sus familiares y amigos como ‘Pollo’. Todos lo dicen: goza de la vida y es un tremendo conversador. Lo escuchan los de derecha, izquierda, los empresarios, los académicos, en la Iglesia. Y él los escucha de vuelta, pese a algún problema de audición, que lo acompaña desde su nacimiento. No lo complica, como casi nada: tiene un tremendo humor. Sus amigos cuentan que su señora Patty es la encargada de decirles a los interlocutores: “Instálate en este lado mejor. Esta oreja es la buena”.

“A diferencia de todos nosotros, no hizo el servicio militar”, recuerda el ministro de Energía, Máximo Pacheco, compañero de curso en el Saint George. “Alegó sordera”.

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Dicen que antes de que Rafael Guilisasti Gana se hiciera cargo de la empresa vitivinícola de su familia, Concha y Toro, la gente en Chile se sentaba en los restoranes y solamente pedía dos tipos de vinos: tinto y blanco. Nada de sofisticación. Partió en 1976 desde abajo, como vendedor de vino en Comercial Peumo, una distribuidora. Pero después de varias labores en la compañía, en 1983 se hizo cargo del área de exportaciones y comenzó poco a poco con los varietales: Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec… Recorrió medio mundo —le encanta la lectura y los viajes— y convirtió a la línea Emiliana en la primera viña biodinámica de Latinoamérica.

Guilisasti también se hizo dirigente gremial, su papel más conocido. Fue parte de una generación de empresarios que en los ’90 llegó a renovar a los representantes del sector privado: Bruno Philippi, Juan Claro, Andrés Santa Cruz y Andrés Concha, muerto en 2013; amigos suyos.

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Pero esa es la historia más pública. Rafael Guilisasti, antes de ser Rafael Guilisasti, usaba el pelo largo. Y en los últimos años del colegio Saint George, de donde egresó en 1970, “se transformó en un católico de izquierda, como todos nosotros”, explica Carlos Catalán, sociólogo, su amigo entrañable durante décadas. Su familia era conservadora y de derecha, pero él se sentía de izquierda. Eran los años del Concilio Vaticano II, de la Teología de la Liberación, de la conciencia social, del cura Gerardo Whelan en la rectoría y de los primeros trabajos de verano en el sur organizados por los sacerdotes, en 1968 y 1969. Fueron pensados para descubrir vocaciones religiosas y alentar la convivencia de mundos distintos, pero terminó alimentando el cerebro y la sensibilidad política de los alumnos en esos años de mucha pasión ideológica. Guilisasti y un grupo se acercaron al Mapu: “Muchos proveníamos de familias entre burguesas y profesionales y fuimos jóvenes que tuvimos pronto una clara vocación de poder”, cuenta José Joaquín Brunner, otro de sus amigos históricos.

En 1971 entró a estudiar Historia en la Católica. “Siempre decía: ‘Si voy a estudiar una cosa distinta, prefiero que sea algo clásico’. Es una frase que lo define mucho”, recuerda la historiadora Sol Serrano. Cuenta que Guilisasti prácticamente es parte de su familia, hace décadas, y padrino de una de las hijas de su hermana Marcela y Luis Maira. Acostumbraba a frecuentar el campo de los Serrano en Mallarauco, donde se instalaba por horas a conversar con el dueño de casa.

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Fue en esa época cuando, recién ingresado a la UC, decidió ejercer en la práctica su compromiso social y dejó la comodidad de su casa para instalarse en una vivienda sencilla en Peñalolén. Lo hizo junto a cinco ex compañeros de colegio: Francisco Ossandón, Juan Carlos Accorsi (hermano de Enrique), Carlos Tironi (hermano de Eugenio), Angel García y Máximo Pacheco, quien se unió después. La construcción era de madera y la levantaron ellos mismos. Estaba en una población cercana a la avenida Las Torres y en esa casa leían a Marx y se encargaban de repartir la comida que el gobierno de la Unidad Popular distribuía en la población. Era un proyecto de los sacerdotes de su congregación, una comunidad.

Pero no todo era sacrificio y lo cuenta Sol Serrano: “En la casa de Peñalolén hicimos muchas fiestas y el ‘Pollo’ era el único que tenía auto”.

También hubo un tiempo de cierta fama, en los ’70. Guilisasti fue panelista de un programa político de Canal 13 llamado Juventud mayoría. Lo dirigía Eduardo Tironi y lo producía Stefano Rossi, uno de sus amigos del Mapu, y era la versión juvenil de A esta hora se improvisa, el exitoso espacio que conducía Jaime Celedón. Durante muchos años tanto Guilisasti como sus amigos intentaron recuperar las imágenes pero, según averiguaron, los archivos desaparecieron. Si alguien recobrara las cintas podría ver que Rafael Guilisasti, antes de ser Rafael Guilisasti, usaba como muchos el pelo largo.

En Chile no deben ser demasiados los empresarios importantes que ofrezcan algo a sus visitas y ellos mismos lo sirvan. Cuentan que Guilisasti es uno de ellos y que esta sencillez le viene de su familia, parte de la antigua clase alta de Santiago que prefería la austeridad a la ostentación. Dicen que no era raro que Isabel Gana, la madre de Guilisasti, hiciera pasar a la mesa a la gente que tocaba la puerta de la casona de Providencia pidiendo algo de alimento. Y que esa experiencia de la niñez lo marcó.

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Es católico y lo practica, pero se ubica entre los feligreses críticos que cuestionan alguna de las decisiones de la Iglesia. Todas las semanas va a misa en el colegio Las Ursulinas que celebra el jesuita Antonio Delfau. En esa parroquia se encuentra con el grupo de amigos con los que conforma una comunidad de reflexión: Federico Mekis, Isabel Rozas y Claudia Vial, entre otros. Por lo menos una vez cada año se reúnen para realizar ejercicios espirituales ignacianos, dirigidos por el mismo sacerdote. En ocasiones los organizan en la casa que Guilisasti tiene en Pucón, que usa mucho para juntar a los amigos.

Su capacidad de manejarse en diferentes mundos también es una herencia de familia. Es el segundo de siete hermanos —cinco trabajan en Concha y Toro— y todos son bastante distintos. El primogénito, Eduardo, pertenece al Opus Dei. Josefina, la menor, es artista y estudió en la Chile. Y los siete, en su diversidad, se quieren y respetan. Los almuerzos familiares de los domingos en la casa de doña Isabel son una tradición para la descendencia. Hubo otras épocas, sin embargo, en que no era tan fácil encontrarse: en los ’70, Guilisasti tuvo su espíritu puesto en la política.

En los mil días de la Unidad Popular, Guilisasti había sido un dirigente intermedio del Mapu, que era parte del gobierno. Nunca postuló a la federación de estudiantes de la Católica y en Historia conformaba una pequeña célula junto a Juan Carlos Correa, Martín Cobo y David Yuseff. Lo llamaban Grupo de Acción Política (GAP). Cuando en marzo de 1973 el movimiento se dividió en dos corrientes, Guilisasti se quedó en el Mapu Obrero Campesino, la fracción moderada que lideraba Jaime Gazmuri y Enrique Correa, y que tenía cercanía especial con el Partido Comunista.

El Golpe de Estado de 1973 lo pilló en una de las sedes del movimiento, a unas cuadras de La Moneda. Estaba a días de cumplir los 20 años, que ese año no celebró. Los militares metieron a un grupo al garaje de un edificio, desde donde escucharon el ataque al palacio. Luego les dieron una hora para regresar a sus respectivas casas; tuvieron suerte.

Con el 11, sin embargo, las cosas cambiaron para Chile y también para el protagonista de esta historia, que asumió nuevos papeles.

Muchos partieron al exilio, y Guilisasti, que en los 17 años del gobierno de Pinochet no salió de Chile, se incorporó de lleno a la estructura del Mapu como secretario de la Unión de Jóvenes Democráticos, un cargo relevante. El movimiento pasó a la clandestinidad y sus militantes, como el resto de la izquierda, corrieron peligro. Guilisasti trabajó en labores de apoyo para el funcionamiento del Mapu y, sobre todo, en la protección de las personas. El objetivo era mantener viva la red del movimiento, pese a la represión.

Ayudó en la escritura, edición e impresión de un folletín político llamado Salamandra. Y para burlar la seguridad del régimen debían trasladar de un lugar a otro el mimeógrafo, un instrumento utilizado para hacer copias de papel escrito en grandes cantidades.

Guilisasti trabajaba paralelamente para la viña de su familia. Alguna vez también ejerció de profesor: entre 1978 y 1979 hizo clases de Historia en un colegio vespertino que funcionaba por las noches en el San Ignacio de El Bosque, donde tuvo de alumna a Raquel Argandoña. Luego enseñó en el liceo Andacollo de avenida Mapocho. “No soy historiador, sino profesor de Historia”, se le escucha decir siempre.

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Pero mientras el Mapu se mantuvo vivo, hasta el ’82 u ’83, tuvo su espíritu en la política. Una disciplina que entiende como un ejercicio de poder y, sobre todo, intelectual. No es como los empresarios que solo saben de empresas. Ni como los políticos que solo son diestros en operaciones y estrategias. Ni como los católicos que solo hablan de religión. Ni como los académicos que sólo saben de libros. A Guilisasti lo catalogan como un personaje complejo en el que conviven todos estos mundos, tan distintos; un hombre culto y lector que siempre está informado de lo que ocurre en Chile y en el extranjero y que difícilmente se pierde de leer The Economist . Su biblioteca es inmensa.

Motivado por la política hizo su primer viaje en 1980, a los 27 años. Antes sólo había ido a Argentina y estuvo en Europa por seis meses. Llegó a Roma, donde residía una buena parte del exilio del Mapu, entre ellos José Antonio Viera-Gallo, que recuerda perfectamente ese viaje. Cuenta que llegó a la capital de Italia para conocer y descansar, pero que no dejó de lado el movimiento. “Visitó Roma también por solidaridad”, relata el ex ministro de la Segpres del primer gobierno de Michelle Bachelet.

El recorrido incluyó además una visita a la RDA, donde conoció a Roberto Ampuero. Dicen que Correa realizó las gestiones para autorizar su entrada. Fueron tremendamente cercanos: cuando Correa estaba de clandestino en Chile, vivía en el barrio Bellavista. Era vecino de Guilisasti, que también se había trasladado a ese barrio de Providencia. Eran los años en que todos usaban chapa para resguardarse del régimen de Pinochet y que Guilisasti y otros militantes del Mapu intentaban distraerse jugando tenis en un estadio de Las Condes, cercano a Los Dominicos. Nunca consiguió un gran nivel: es negado para todos los deportes.

La visión política de Guilisasti fue cambiando desde comienzos de los ’80, cuando realizó una revisión profunda del gobierno de la UP y del Golpe, con mayor distancia.

Junto a su grupo de amigos y compañeros del Mapu, que en esos años se extinguía, observó con horror la invasión rusa a Afganistán (1978) y luego con interés el nacimiento de la socialdemocracia. Lo sedujeron Enrico Berlinguer en Italia con su Eurocomunismo y Felipe González en España con el PSOE. Pero a esas alturas Guilisasti había puesto las cosas en la balanza y su decisión era clara: su camino era la privatización. Y optó por restarse de participar como protagonista de la evolución de la izquierda en Chile.

Cuentan que votó No en el Plebiscito del ’88, aunque no jugó un papel clave en el proceso. Luego por Aylwin y Frei. Desde ese momento, el asunto se pone difuso. Dicen que varias veces ha votado en blanco, aunque en 2010 prefirió a Piñera, y que se convirtió en un ciudadano bastante autónomo. Escucha, lee y decide solo. “Hace su propia síntesis”, señala su amigo Catalán.

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En su época fuerte como dirigente gremial, desde mediados de los ’90, a Guilisasti se le ubicaba en la fracción liberal de la derecha. Pero no terminaba de encontrar su lugar en el espectro. “Estaba incómodo”, cuenta Viera-Gallo.

Las cosas cambiaron en 2011: Guilisasti, el empresario, decidió involucrarse en la candidatura presidencial del ex ministro de Hacienda Andrés Velasco. Era la primera vez desde los ’80 que se abocaba de lleno a un proyecto político, pese a los costos de hacerlo público. Y lo hizo porque se sintió interpretado por el economista y su discurso de la defensa de un centro moderado, moderno y liberal. Al estilo de Blair en Inglaterra. “Volvió a su alma de militante”, opina Brunner.

Cumplió funciones claves en la campaña del profesor de Harvard y formó parte del corazón del camino de Velasco hacia La Moneda. Lo acompañó en debates y reconoció públicamente ser uno de los financistas. Pero se enfocó sobre todo en la estrategia. Lo cuenta el generalísimo, Juan José Santa Cruz: “Es un empresario e historiador, pero estructuralmente es un político”.

La relación con Velasco se inició entre 2008 y 2010, cuando Guilisasti fue presidente de la CPC y el economista estaba en Hacienda. Cuentan que no se conocían con anterioridad, pero que en esos dos años lograron empatía personal y profesional: conformaron una dupla sólida y sacaron adelante reformas complejas como las políticas contracíclicas para combatir la crisis y la aprobación de cuatro leyes para ingresar a la OCDE. En el mundo empresarial señalan que Guilisasti fue un soporte clave para que Velasco enfrentara momentos políticos difíciles.

Fue en esta época cuando Guilisasti conoció de cerca a Bachelet. Dicen que nunca llegaron a ser amigos, pero lograron una estupenda relación personal: el empresario de Concha y Toro en privado tiene la dosis justa de informalidad y simpatía que le agrada a la jefa de Estado. Y hubo ocasiones para comprobarlo: la Presidenta lo invitó a varias giras, donde conversaron mucho.

El primer viaje fue sensible: 2009, Cuba. Para Guilisasti no fue fácil aceptar la invitación por la lectura política de un respaldo implícito al régimen de los Castro, pero se acopló a la comitiva. Distintos artículos han retratado la distendida y reservada cena que se celebró en la casa de Max Marambio la noche del jueves 12 de febrero. Hubo cerdo a la parrilla y fue una velada divertida. Guilisasti habló largamente con Fidel Castro Díaz-Balart, el hijo mayor de Fidel. Pero la comida, que se prolongó hasta la madrugada, no terminó nada bien: Fidel padre había escrito una columna sobre el problema marítimo con Bolivia y provocó un bochorno diplomático inolvidable para Bachelet.

No es clara la relación actual de la Presidenta con Guilisasti, considerando su apoyo a la candidatura de Velasco. Pero no se han reunido a conversar profundamente desde que la jefa de Estado dejó La Moneda en 2010 y apenas se vieron en los debates de primarias. Seguramente no pasará mucho tiempo antes del reencuentro: Guilisasti fue elegido en marzo segundo vicepresidente de la Sofofa y en ese papel deberá representar la voz de los empresarios frente a iniciativas claves como la reforma tributaria. Dicen que, justamente, fue elegido porque conoce las entrañas de la Nueva Mayoría.

Guilisasti, sin embargo, sabe que su cargo gremial dura sólo un año. Y su mente está puesta en la política, en el movimiento Fuerza Pública y en las opciones de Andrés Velasco 2018.

Septiembre de 2013. Guilisasti y su señora Patricia Walker recorren el taco de la
bota italiana, la región de Puglia, y finalizan el periplo en Ravello, un municipio enclavado en la Costa Amalfitana donde la pareja pasó algunas noches de su luna de miel después de casarse en 1987. No es un viaje cualquiera: los Guilisasti-Walker viajan junto a José Joaquín Brunner, Carlos Catalán, Stefano Rossi, y sus respectivas esposas, un grupo de amigos entrañables. Lo hacen en una van y, durante dos semanas, se alojan en haciendas y en hoteles con encanto.

Guilisasti es un hombre transversal y uno de los chilenos que tiene mayor cantidad de redes: en la derecha, izquierda, los empresarios, los académicos, en la Iglesia. Pero su mundo cultural e íntimo sigue arraigado a la historia del Mapu, que no es otra que su propia historia. Junto a sus amigos habla de política, de libros, y de la vida misma hasta la madrugada. Se ríen a carcajadas cuando se juntan a tomar desayuno frente a algún paisaje hermoso y la mesa está llena de pastilleros; los años han pasado.

La conmemoración de los cuarenta años del Golpe los pilla en pleno viaje.

Catalán hace un sentido discurso en medio de la comida, fue una época dura.

Sus amigos, emocionados, brindan.

El viaje por Italia, en pleno verano, casi llega a su fin.