La escena —conmovedora y feroz— ocurrió cuando el compositor y cantante Florcita Motuda se presentó en Mi nombre es personificando a duras penas a Charly García. Eso dolió. El señor Motuda, el mismo hombre de Pobrecito mortal y de La quintralada compitiendo en un concurso de imitadores fue un golpe sordo, mudo y ciego en el pundonor de una generación que lo admiraba en su extravagancia y talento para crear un pop imprevisible y fresco. La desazón fue casi tan profunda como la ocasión en que Cher —en un punto bajo de su carrera— apareció en un infomercial promocionando cremas.

Pero a diferencia de Cher, Florcita nunca tuvo la oportunidad de hacer una carrera musical consistente —como la hizo el propio Charly García en Argentina— que lo ascendiera a la categoría de mito, y la razón no estaba en su falta de atributos, sino en las condiciones económicas e industriales del país en el que le tocó nacer, crecer y envejecer. Alcanzar el rango de estrella musical en Chile es un logro con muchas similitudes al fenómeno del espejismo en el desierto. La fantasía de haber llegado a la fuente de agua la representa la televisión, y la consagración el Festival de Viña, escenario por Eel que habían pasado la mayoría de los Rojo Vip —Cristóbal, Patricia Frías, Wildo— antes de ir a dar al matadero del sobrepeso y el olvido.
Los programas buscatalentos —desde las creaciones propias como Rojo hasta las franquicias como Talento chileno— adolecen del mismo mal: la inexistencia de un circuito potente, de una industria que permita que aquellos que son mecidos por la fama fulgurante que promete la televisión logren una vida más allá del set y de la portada de Las últimas noticias. Hace unas semanas Leandro Martínez —otrora promesa de Luis Miguel local— cantaba en un programa de Zona latina, uno de esos espacios de conversación consagrados a temas como la importancia del orgasmo en el matrimonio. Martínez apenas tenía espacio para desplazarse y parecía acorralado por una escenografía minúscula. Hay otros que sencillamente desaparecieron: Mónica, la chica de la versión chilena de Operación triunfo, en Mega, y Ximena Abarca, la ganadora de Protagonistas de la música, de Canal 13. La cantidad de figuras que pasan a ser espectros, caricaturas de sí mismos o fantasmas de un talento perdido es tan larga como la lista de programas dedicados a descubrir estrellas desde Gente nueva de Sábados gigantes a El mejor de Chile.

El estallido de la fama y la caída en el vacío parecen estar inevitablemente vinculados, como el control remoto con el zapping, produciendo celebridades efímeras y talentos que crecen tan pronto como se los entierra. La única manera de sobrevivir en estos casos, el salvavidas para ellos, no es otra cosa que la explotación de la propia decadencia como carnada para los noteros de Primer Plano. Por suerte los televidentes tenemos el cable para sintonizar American Idol o Britain Got Talent y así ver un poco de otro mundo, uno en donde las estrellas ascienden, graban discos y se quedan ahí arriba, al menos por un tiempo.