Gobernar de manera efectiva puede basarse en tomar buenas y prácticas decisiones. Pero si se quiere hacer historia, las ideas movilizadoras hacen la diferencia. Ahora que la gran bandera es la desigualdad, aparece el economista francés Thomas Piketty con un libro que es éxito mundial con este tema: El capital en el siglo XXI. La tesis es provocadora: la riqueza heredada siempre tendrá más valor que lo que un individuo pueda ganar en una vida y, por lo tanto, el capitalismo es incompatible con la democracia y con la justicia social. Un postulado que ha despertado una euforia que tal vez no se vivía desde que el otro capital —el de Marx, por cierto— debutara hace 147 años.

El gobierno de Sebastián Piñera lo hizo bien en cuanto cumplió mayoritariamente lo que prometió, pero su propio sector le dio como bombo en fiesta. Es cierto, fue tal vez demasiado pragmático y hasta ‘cosista’, pero nunca llamó a engaño al respecto. Michelle Bachelet, en cambio, es la emperatriz del relato que tanto se dijo que le faltó al ex presidente. Y de un relato socializante que no le gusta a algunos, los mismos que se quejan y presagian toda suerte de calamidades si el programa llega a puerto. Sin contar a quienes efectivamente dejaron de lado sus comodidades y trabajaron apasionadamente en la administración anterior, la mayoría de los empresarios y de la gente que se identifica con las ideas de la derecha, se quejan ante la posibilidad de perder privilegios, pero no tienen intención de abandonar sus oficinas en altura o las largas vacaciones. Me parece muy esquizofrénica esta actitud de profunda sorpresa por lo que se ha llamado “falta de voluntad de acuerdo del gobierno” o plantear que el 62 por ciento que obtuvo Bachelet en las urnas no representa a la mayoría efectiva del país. Bien poco sustento real tiene haber esperado que se reeditara la ‘democracia de los acuerdos’ y que la centroizquierda terminara operando —comunistas y ‘la voz de la calle’ mediante— con un programa de centroderecha.

Las elecciones se ganan con trabajo, plata y mucha, pero mucha convicción en las ideas. La pasión es un motor prodigioso y cualquiera que diga que las ideologías han muerto se equivoca. La derecha no puede esperar que ‘los otros’ hagan el trabajo por ella. Bastante historia republicana tiene Chile como para saber que para poner la música que a uno le gusta hay que armar el ‘escenario’ con partidos poderosos. Para ganar hay que trabajar y esta es la propia tesis que impulsa el liberalismo que ahora tantos temen que se irá por la borda. Si en un futuro la derecha recupera el gobierno —y será desde luego con menos del 62 por ciento— también hará valer esa mayoría para impulsar las reformas que quiere. Y por eso, para defender el valor del crecimiento, del ahorro, la libertad y, por cierto, el lucro como justa retribución al trabajo, hay que hacer la pega: investigar, militar, cooperar, donar, hablar, convencer y sacar libros, ojalá tan exitosos como el de Piketty. Algo mucho más trabajoso y difícil que quejarse con los amigos mientras se mantiene el status quo de una posición que al final acomoda.