“Hay una bruma en mi cabeza sobre esas cosas. Ya no me acuerdo bien de todo. Felizmente, tomé notas y escribí con ellas un libro cuando todo estaba más fresco en mi mente. Hoy se me ha esfumado todo, quedan sólo imágenes muy borrosas. Eso debe ser un poco al tiempo transcurrido, pero probablemente también sea un mecanismo psicológico.

Después de estar preso en la isla Dawson, partí a Harvard y pasé un año dictando mis recuerdos, para dejarlo como testimonio de cómo pudo haber ocurrido algo así en mi país. Cuando terminé, lo guardé. Pasaron 10 años y cuando pude volver, en 1984, saqué el documento y lo empecé a hojear. Era toda una sorpresa, era como estar leyendo un libro de otro.

Después de estar preso en la isla Dawson, partí a Harvard y pasé un año dictando mis recuerdos…

Para el 11 de septiembre de 1973, yo estaba viviendo cerca del faro de Apoquindo, en Las Condes. Tenía 32 años y había sido hasta hacía poco ministro de Minería de Allende. Visto a la distancia, todo lo ocurrido fue como de aventura. No se me metía en la cabeza que en Chile pudiera ocurrir eso. Para mí, la democracia era como la cordillera de los Andes.

Si ocurre algo, te decían, uno tiene que irse a una población. Entonces, yo partí a una población donde estuvo dos o tres días hasta que que me llamaron por un bando. Yo me dije: ‘¿qué estoy haciendo aquí?’ Además, el control y las tanquetas en las poblaciones eran mucho peor que en el barrio alto. Cuando empezaron los llamados a presentarse, el 13, y vi que aparecía mi nombre, hablé con mi esposa. María Eugenia Hirmas. Le dije: ‘Yo no tengo nada que esconder aquí, así es que voy y me presento’. Fue una mezcla de ingenuidad y de aventura.

El lunes 10 almorcé con el presidente Allende en La Moneda, junto a Orlando Letelier, José Tohá y Aníbal Palma. Allí se habló de la gravedad de la situación. El presidente se retiró como a las tres y media, porque iba a redactar el discurso que iba a pronunciar a la mañana siguiente en la Universidad Técnica, donde iba a llamar a plebiscito.

Recuerdo que en la mañana del 11 tenía una reunión en la Corfo. Mis hijos no alcanzaron a ir al colegio, pues las primeras noticias les oímos cerca de las ocho. Cuando me llamaron por teléfono, yo dije: ‘Igual me voy a la Corfo’. Pero después ya la cosa era bastante mayor. Entonces, dije: ‘Mejor me voy a otro lado, no sé lo qué va a pasar si me vienen a buscar a la casa’. Seguía siendo como un juego”.

En el barrio había gente muy feliz con lo que estaba pasando, y muy agresiva. Pero al menos un par de vecinos fue a la casa a decirme que no me preocupara, que iban a cuidar de los niños. También se portó muy bien en esos días difíciles Fernando Léniz, quien siendo ministro nunca dejó de atenderle el teléfono a mi mujer y de ayudarla. No así otros conocidos míos, que prefiero no nombrar.

Yo tenía alguna relación con algunos oficiales. Había sucedido a un general de la FACh como ministro. Por lo tanto, lo invité a mi casa, tomamos té y almorzamos. Venía con sus ayudantes. Después supe que uno de los ayudantes que estuvo en mi casa era jefe uno de los jefes de las torturas.

Yo tenía alguna relación con algunos oficiales. Había sucedido a un general de la FACh como ministro.

“Al final, no fui al centro sino que me fui a una población, a la casa de una niña que me había cuidado cuando yo era chico. Vivía en La Florida. Tenía una casita y un comercio en la población. Desde ahí se oía que bombardearon La Moneda, no puede haber acto de mayor agresividad institucional que echar abajo el palacio presidencial, donde muere el presidente de la República.

Me pregunto cómo no me di cuenta de que eso iba a desatar una violencia inusitada y cómo, dos días más tarde, después de todo esto, voy y me presento voluntariamente a la Escuela Militar. Todavía no me explico el grado de ingenuidad, cómo en la estructura mental uno tiene ciertas cosas como dadas para siempre, cuando no es así.”

Yo no militaba en ningún partido. Había trabajado con Tomic en su campaña. En 1972 cuando se formó la Izquierda Cristiana, mi dilema era: me quedo sin participar en política convalido por tanto un golpe militar o ayudar que las cosas sean mejores.

Yo había vuelto de la universidad Harvard a fines de 1971. Era como un compromiso personal el que decidí asumir. Había en el ambiente una verborrea maximalista bastante incomprensible, pues era provocadora sin que hubiera ningún respaldo serio detrás. Era como una bravuconada, un lenguaje bastante torpe en general. Pero eran los hechos. Del otro lado había una especie de comedia, en que se suponía que las fuerzas armadas eran neutrales”.

Como economista, yo estaba más vinculado a las cosas técnicas. Escuchaba estos patrones de seguridad que se hacían para casos de emergencia, y me parecían cosas un poco curiosas, entretenidas pero jamás algo más serio. De hecho, yo no me fui a una casa de seguridad, sino a la casa de dos señoras que andaban más asustadas que yo, y que vendían lechugas a una cuadra de su domicilio.

Como economista, yo estaba más vinculado a las cosas técnicas. Escuchaba estos patrones de seguridad que se hacían para casos de emergencia, y me parecían cosas un poco curiosas, entretenidas pero jamás algo más serio.

Desde la ventana de esa casa en La Florida, me tocó ver a la FACh actuando con intensidad. Era como una guerra de las películas, pero contra el propio país.

Me fui a entregar y no me explico cómo. Mucha gente, entre ellos embajadores, sugerían asilarme. Mi razonamiento fue que yo no había hecho nada malo, así es que enfrenté lo que hubiera que enfrentar. Esa fue mi lógica. Después comprobaría que era absurda. Podrían haberme matado.

Volví a mi casa cerca de las siete de la tarde, me duché, hice mi maletín para dos o tres días y me fui al Ministerio de Defensa. Eso era terrible, lleno de tanques y francotiradores. Primero me tuvieron en unos pasillos dando vueltas un par de horas. Después un cura que me conocía, me miró con una cara que me estaba dando la extremaunción. Yo no entendía muy bien por qué. Luego, un oficial me dijo: ‘Mire, no sabemos qué hacer. ¿Por qué no se va a la Escuela Militar?’. Partí para allá. Mi madre y mi mujer estaban aterradas. Me habían esperado sentadas en un banco, frente al Ministerio, rodeadas de militares y tanques. Un soldado les preguntó a quién esperaban. Ellas dieron mi nombre. Él replicó: ‘¿Y quién es el?’. ‘Bueno, fue ministro’, dijo mi mujer. ‘Ah, lo deben haber fusilado’, comentó el militar.

Mientras me acompañaban, me madre me preguntó cuánto creía que iba a durar esto. Pueden ser dos años, creo que le respondí yo, pero no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que llegué a Dawson con la misma maletita para dos o tres días”.