“Debería comprar una crema que combata sus líneas de expresión, señora”. Eso me dijo la vendedora, con una sonrisa de oreja a oreja y sin ningún signo de senectud evidente en su rostro. La frase me hizo reflexionar sobre un par de cosas: 1) Estoy vieja. Y si no lo estoy, parezco vieja que es peor. 2) Tengo que hacer algo para intentar remediarlo. 3) Pero no quiero caer en la histeria de mujeres y hombres que intentan aferrarse a la esquiva juventud a cualquier precio. 4) ¿Tendré la capacidad de hacer creer a mi entorno que mis incipientes arrugas ‘son el premio a tantas carcajadas experimentadas en la vida’? Que me digan ‘señora’ cuando aún me siento una joven y alocada quinceañera es como un balde de agua fría. Un aterrizaje forzoso. No porque me moleste cumplir años, es más, quiero envejecer, pero no ahora, ni mañana, ni el próximo año.

Que me digan ‘señora’ cuando aún me siento una joven y alocada quinceañera es como un balde de agua fría. Un aterrizaje forzoso.

Teniendo en cuenta que las líneas de expresión se transformarán en patas de gallo más temprano que tarde, que la ley de gravedad caerá con todo su peso ahí donde más duele y que las canas bailarán mambo en mi cabeza lo quiera o no, decidí tomar cartas en el asunto y me dediqué a observar cómo han llevado el paso del tiempo algunos famosos —porque internet es un maravilloso archivo donde ver su evolución— y aprender de ellas.

Partí fijándome sólo en lo físico, pero luego me di cuenta de que hay algo más importante a la hora de enfrentar la fatiga de material: la actitud. Suena cliché, pero es así, por lo menos para mí. Ahí está Madonna. Con un estado físico envidiable, con una personalidad avasalladora y con una cara al borde de lo deforme que no muestra arruga, pero delata algo de desesperación y angustia, demasiado esfuerzo por verse joven para terminar convertida en una caricatura de sí misma. En el otro extremo está Susan Sarandon, por ejemplo. Que se ha hecho un par de arreglos, pero nada radical. Y lo que transmite es serenidad, que se siente bien, no está tratando de convencer de que es la estrella juvenil del momento.

Partí fijándome sólo en lo físico, pero luego me di cuenta de que hay algo más importante a la hora de enfrentar la fatiga de material: la actitud.

Así, decidí que mi actitud para enfrentar ‘la edad madura’ será el punto medio entre parecer una estatua de cera y una cara que recuerde al Valle de la Luna. Echarme la mano de gato con alegría y sin obsesión. No sufrir cuando a esa cana rebelde le dé por brillar feliz y orgullosa bajo el sol. Y ya que hay tantas cosas que no se pueden controlar en la vida, como el paso del tiempo, por lo menos puedo manejar a mi antojo la forma en que me tomo todo esto. No quiero ser la mujer de la cara rara, ésa de la que todos comentan a sus espaldas que algo se hizo, nadie sabe qué, pero todos están de acuerdo en que le quedó fatal. Vieja sí, ridícula jamás.