CHILE EN 30 AÑOS. Las últimas décadas, en especial desde la restauración de la democracia, conocen el avance político, social y económico más extraordinario que Chile haya experimentado en su historia. Una sociedad todavía dominada por la pobreza se transformó, en poco tiempo, en una sociedad de grandes clases medias emergentes, con amplio acceso a la educación superior y niveles de consumo antes solo reservados para muy pocos.

Con el crecimiento económico y la recuperación de la democracia se redujo dramáticamente la pobreza, creció la libertad, se modernizaron las costumbres, cambiaron los valores y nuestro horizonte de aspiraciones se expandió enormemente, con nuevas demandas y una ciudadanía mucho más exigente, impaciente y empoderada. Muy consciente de sus derechos y no tanto de sus deberes. Esto dio origen a dos reacciones distintas. Ambas expresaban un cierto descontento, pero de naturaleza muy distinta. Sobre ello quisiera extenderme un poco ya que es muy importante para elaborar una mirada integral de una sociedad como la chilena, altamente compleja, múltiple y diferenciada.

La primera reacción, con su correspondiente descontento, tiene su motor en el aumento desbordante de las expectativas, propias del rápido progreso. La segunda expresa un cambio valórico profundo que cuando es capturado y articulado por minorías ideologizadas, puede asumir una forma confrontacional y antisistema. De esta manera, esos dos tipos de descontento pueden apuntar, dependiendo de cómo se canalicen, en direcciones opuestas. Y era fácil confundirlos, como ocurrió bajo el segundo gobierno de Michelle Bachelet, y de esa forma malinterpretar lo que quería la mayoría del país. La primera reacción tiene que ver con lo que a mediados del siglo pasado se llamó ‘revolución de las expectativas crecientes’ y puede llegar a ser especialmente fuerte en un país como Chile, que en un tiempo tan corto reduce significativamente la pobreza absoluta, ve surgir amplias capas medias y experimenta una revolución educacional sin precedentes, que en tres décadas multiplica por diez el número de estudiantes en la educación superior.

Una situación así pone de golpe al país ante la paradoja de la pobreza relativa, por la cual el sentimiento de privación incluso puede incrementarse al mismo tiempo que la pobreza se reduce drásticamente. La pobreza absoluta trata de la lucha por las cosas más elementales para la vida, mientras que la pobreza relativa trata sobre la desigualdad y todo aquello que uno puede desear, pero no obtener, y esto último crece de manera exponencial cuando podemos levantar la vista de lo más apremiante y nuestros horizontes se amplían por el mayor acceso a la educación y la información.

Por ello puede crecer la frustración y el descontento, el llamado ‘malestar del éxito’, a pesar o, mejor dicho, a causa de nuestros progresos, no menos cuando sabemos que otros sí pueden gozar de todo aquello que nos falta. La conclusión de ello es que se quiere acceder aún más a los frutos del progreso. No es que uno quiera bajarse del tren del éxito, sino que viajar más rápido y ojalá en primera clase. El segundo tipo de reacción y descontento también es bien conocido y puede conducir, si es canalizado por grupos con una agenda ideológica radical, a la conclusión opuesta. Es aquel que, por ejemplo, experimentó Europa Occidental en ese mayo de 1968, que este año cumple su aniversario número cincuenta. Fue entonces que la primera generación de europeos nacidos después de la guerra, la generación de la paz y el progreso, se alzó contra la Europa más pacífica, próspera y democrática que se haya conocido. Su revuelta no surgió de la pobreza o del fracaso, sino todo lo contrario. Tal como en el caso de Chile, su descontento estaba propulsado por el progreso logrado. Por eso escribían en las paredes de La Sorbonne frases como ‘prohibido prohibir’, ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’ o ‘la imaginación al poder’.

En el fondo, se trata de desplazamientos valóricos, producto de un gran progreso que en poco tiempo transforma profundamente las condiciones de vida de una sociedad. Eso es lo que había pasado en la Europa de la postguerra y también en el Chile posterior al régimen militar. De esa manera se abrió, en ambos casos, un profundo abismo entre la generación de los padres, crecida bajo duras circunstancias (crisis económicas, pobreza, guerra, dictadura), y la de los hijos, formados bajo condiciones opuestas (prosperidad creciente, consumo de masas, paz, democracia). Esas condiciones de vida tan diferentes dan origen a perspectivas valóricas y preferencias opuestas, que pueden entrar en conflicto debido a la excepcional rapidez del progreso. Lo que normalmente ocurre de manera evolutiva puede asumir la forma de una aguda lucha intergeneracional, en la que una parte significativa de los jóvenes puede llegar a cuestionar el conjunto del orden social existente, incluyendo a sus propios padres. En este contexto, la generación adulta tiende a representar lo que se ha denominado ‘valores materialistas’, propios de la lucha por la supervivencia, mientras que los jóvenes tienden a darle expresión a los así llamados ‘valores postmaterialistas’, propios de una vida en que el bienestar básico se ve como algo normal y las preferencias tienden a direccionarse hacia ‘la buena vida’ y la calidad de las relaciones humanas.

Lo que se quiere es una sociedad distinta, que se define como más humana, colaborativa, amable y altruista. En otras palabras, lo que se quiere es hacer más acogedor el tren del progreso, aunque algunos, los más ideologizados y vocingleros, quieran derechamente bajarse de ese tren. Ese fue el discurso radical que se tomó la escena y resonó con fuerza en la Europa de 1968 y también en el Chile de 2011. Ahora, las consecuencias políticas de la revuelta juvenil van a depender, en gran medida, de la forma en que la izquierda más moderada se relacione con la misma. En nuestro caso, los partidos de la ex-Concertación optaron por subirse al tren del descontento radical, repudiando los compromisos y el espíritu de consenso en torno a los valores de la democracia liberal, la economía de mercado y la inclusión social, que habían fundado el éxito previamente alcanzado, adoptando en su lugar una agenda confrontativa y refundacional.

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En fin, fue la alternativa de bajarse del tren del progreso la que imperó y formó la base del programa rupturista de gobierno de la Nueva Mayoría. De esa manera se inició un período de confrontación política y estancamiento económico que condujo a la contundente victoria que obtuvimos en la elección de diciembre de 2017. Con ello quedó demostrado que la gran mayoría de los chilenos no quería de ninguna manera bajarse del tren del éxito ni repudiaba la búsqueda de acuerdos y consensos que le den estabilidad a nuestro desarrollo. Así se ha definido también la tarea fundamental de nuestro gobierno: la construcción de grandes acuerdos y consensos que le permitan al país superar el ambiente de confrontación y reiniciar su marcha hacia el desarrollo.

DESAFÍOS DE HOY

A este respecto quisiera mencionar cuatro desafíos de gran actualidad y luego algunos que cobrarán mucha fuerza en el mediano y el largo plazo. Lo que recién se ha comentado respecto de los cambios valóricos y la complejidad de la sociedad chilena actual nos plantea un primer gran desafío, que es el de comprender esta nueva sociedad y formular una narrativa política, así como políticas públicas que sean capaces de convocar, unir y responder a las demandas de sus diversos componentes. En este sentido, es importante entender que las principales líneas del conflicto político ya no tienden a seguir, como en el pasado, una divisoria relacionada con los niveles de ingreso o la estratificación social, sino que se configuran de manera más transversal en torno a opciones valóricas divergentes.

El epicentro de nuestros actuales debates y conflictos ya no es una lucha de clases o entre estamentos socioeconómicos distintos, sino que se ubica dentro de aquella gran clase media emergente, que es el testimonio más patente del progreso del país. Junto a ello tenemos un segundo gran desafío. Como ya se ha subrayado, lo que más ha marcado el Chile de las últimas décadas es el surgimiento de amplias clases medias, que gracias a su esfuerzo han progresado enormemente en relación a la generación de sus padres. Sin embargo, una parte importante de éstas vive aún en una situación de gran vulnerabilidad. Una enfermedad, la pérdida del empleo, un infortunio o un gasto desmedido, ya sea en salud o en educación, puede destruir todo su proyecto de vida y por ello demandan no solo oportunidades, sino también seguridades frente a esas situaciones difíciles.

Por eso la propuesta de crear una Red Clase Media Protegida fue un eje de nuestra campaña y ahora lo estamos implementando, ya que la gente no solo demanda una igualdad básica oportunidades, sino también de seguridades. Tenemos también un tercer gran desafío: no olvidar nunca las urgencias sociales, como los niños del Sename, o la pobreza, que todavía aqueja a millones de compatriotas. Eso lo tenemos muy presente y ha sido una de nuestras preocupaciones prioritarias desde el primer día de nuestro gobierno, ya que se trata de un imperativo ético absoluto para nosotros. Finalmente, tenemos el desafío de construir una sociedad de igualdad de derechos entre hombres y mujeres una cultura de respeto a la dignidad de todos, especialmente de las mujeres.

A estos cuatro grandes desafíos podemos sumarle otros nuevos que cobrarán más y más importancia en el mediano y largo plazo, como el cambio demográfico o el climático, o la nueva revolución tecnológica que está cambiando el mundo y que nos afectará profundamente, querámoslo o no. En todos estos terrenos se trata de ver con realismo las amenazas, pero sobre todo las oportunidades que se abren. Debemos ser parte de la solución y ponernos, decididamente, del lado de los ganadores del cambio. Ello requiere levantar la vista del corto plazo y es lo que tratamos de hacer constantemente en nuestro gobierno, entendiendo que aquí las grandes palancas del éxito son la educación de calidad desde la primera infancia, la capacitación permanente de nuestros trabajadores, el fomento de la investigación, la innovación y el emprendimiento, así como la construcción de una infraestructura para el siglo XXI, incluyendo no solo carreteras, puertos y aeropuertos, sino también la infraestructura digital, que es clave para que todos puedan cosechar los frutos de la revolución del conocimiento y las comunicaciones que está en marcha. En todo esto tenemos que saber unir fuerzas, lo privado y lo público, el Estado, el mercado y la sociedad civil.

Todos tienen algo que aportar y se trata de sumar de manera inteligente, no de restar y antagonizar como lo hicieron las ideologías del siglo pasado. Este cambio de visión, pasando del conflicto a la colaboración, es vital para nuestro futuro y se expresa, entre otras iniciativas, en nuestra propuesta de alcanzar grandes acuerdos nacionales en torno a los temas clave para el progreso del país.

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LAS PRÓXIMAS TRES DÉCADAS

Todos los desafíos anteriormente mencionados pueden resumirse en un gran reto, que guía todas nuestras acciones gubernamentales: hacer posible que Chile alcance, antes de que termine la próxima década y como primer país —aunque no el único— de América Latina, un desarrollo integral, inclusivo y sustentable. Integral porque debe abarcar todos los aspectos de nuestra vida, sin olvidar que el crecimiento económico es una condición necesaria para ello, pero yendo más allá de eso. El desarrollo integral trata de un avance simultáneo en las diversas áreas que constituyen la vida social, desde la producción hasta la educación, la salud, la cultura y la democracia. Si ello no ocurre, tendremos un avance desbalanceado que finalmente será rechazado por la población, en la medida que no satisface aquel conjunto de condiciones que hacen posible una vida buena, plena y saludable. Inclusivo, porque el desarrollo debe abarcar a toda la población y a todas las regiones. Un país no es desarrollado si una parte significativa de su población o de su territorio no tiene condiciones para participar en la generación del progreso. Por eso insistimos tanto en la igualdad de oportunidades y en la descentralización, que son la clave de la inclusión de todos en la marcha del progreso y la base de una sociedad con menos desigualdad y más cohesionada. Y, finalmente, sustentable, porque el desarrollo sería una ilusión si no puede proyectarse hacia las generaciones futuras y ello exige cuidar nuestro medioambiente y nuestra maravillosa naturaleza.

Un gran pensador del siglo XVIII, Edmund Burke, dijo que la sociedad humana era una asociación entre los vivos, los que han muerto y los que están por nacer, y ello encierra una gran verdad. Nuestra misión es construir sobre lo que nos han legado las generaciones pasadas, y por ello es que el espíritu refundacional o de retroexcavadora nos es tan ajeno; pero junto a ello está nuestro deber para con los que vendrán después de nosotros. Quien solo gobierna para las urgencias y el corto plazo, no solo es un mal gobernante, sino también un pésimo estadista.