Dicta conferencias, imparte clases, lee, escribe para la prensa extranjera, conversa con los amigos y, sobre todo, viaja. Hace poco estuvo en China y en los próximos días dictará una charla en la Universidad de Sao Paulo. Después volará a D.F. para inaugurar una cátedra que llevará su nombre en la UNAM. Es professor at large en la U. de Brown, en Rhode Island, EE.UU. Cuando puede se escapa a la casa de Caleu. Allí o en Santiago trabaja ahora en sus memorias, “un proyecto ambicioso” que, sospecha, se verá en dos tomos. Su último libro, El siglo que despierta (2011), recopiló conversaciones en Londres con el escritor Carlos Fuentes (con quien fue copresidente del Foro Iberoamericano).
—¿Echa de menos La Moneda?
—No.
—¿Con este ritmo, le queda matrimonio?
—Si estaré fuera más de 4 días, sin tener que hacer y deshacer maletas, mi mujer me acompaña.
Casado con Luisa Durán, tienen, entre los tuyos, los míos y los nuestros, cinco hijos y siete nietos.

Ricardo Lagos Escobar (75) recibe a CARAS en la Fundación Democracia y Desarrollo, que preside, en medio de los masivos funerales del Presidente Chávez. Imposible evitar el tema: Admite que éste fue un caudillo y rescata su ideario en cuanto “encarnó el sentimiento de los desposeídos”. En el plano interno, en este año electoral, afirma que nunca pensó en una senaturía. Por ahora cumple con dar un par de consejos al Presidente Piñera, cuando se los pide.
A juzgar por la vitalidad de su espíritu y de su agenda, hay Lagos para rato. Cuando algún tema lo entusiasma, abre los ojos, sube la voz y uno no puede dejar de pensar que en cualquier momento apuntará con su legendario dedo y acusará como lo hizo con Pinochet en C13 ese 25 de abril de 1988, cuando Chile se debatía entre el Sí y el No.
Socialista, abogado y economista, tiene un extenso currículo de “ex”: presidente de Chile, de la Alianza Democrática, ministro de Educación y de Obras Públicas, presidente del Club de Madrid, enviado especial de las Naciones Unidas para el cambio climático, fundador del PPD, entre otros.
—Habrá escuchado a opositores suyos decir que ha sido mejor ex presidente que presidente… Lo mismo comentaban de Carter.
—(se ríe) No, eso no lo había escuchado. ¡Entonces por lo menos se nota lo que hago!
—¿Por qué no lo ha tentado una senaturía?
—Creo que puedo contribuir mejor dando una opinión mucho más libre de lo que podría hacerlo desde el Senado.
—¿Cuál es su lectura del retiro de los senadores Jovino Novoa y Eduardo Frei?
—Llevaban mucho tiempo y quieren dejarle espacio a las generaciones más jóvenes. Es bueno.
—Usted dice que “estamos en el cierre de una etapa en Chile”. ¿Qué se cierra?
—Es cosa de ver lo que ha pasado en los últimos años, desde que recuperamos la democracia. Partimos con un sistema de senadores designados, con la imposibilidad de despedir a los comandantes en jefe, con una economía inspirada en la ideología neoliberal, con un 40 y tanto por ciento de pobres y una sociedad, desde el punto de vista cultural, muy conservadora. Todos esos parámetros cambiaron ¡y los que no, la sociedad exige cambiarlos! El ejemplo más claro es el binominal. La gente se da cuenta de que esto conduce a una repetición de nombres ad eternum, de parlamentarios que no se renuevan. Y con la revolución de internet emergerán nuevas instituciones políticas.
—Están las demandas sociales.
—Mire a los estudiantes. Porque es distinto financiar a 200 mil universitarios que un millón 100 mil. No hemos resuelto la pobreza pero el 29 por ciento que la dejó atrás no quiere volver… Esos sectores medios, emergentes, no sólo tienen demandas distintas y mayores sino un nivel de conocimiento, de un empoderamiento diferente.
—¿A la gente se le acabó la paciencia?
—¡Obvio! Se acabó la paciencia. Mi reclamo apunta a que en esta presidencial hay que debatir en torno a qué tipo de sociedad queremos no para los próximos cuatro años sino para dos décadas.
—Le habrán dicho ‘y por qué no lo hizo usted en su momento’…
—Claro, y contesto: ¡Porque estaba en otra! Alguien me preguntó por qué no enfrenté el asunto de las uniones del mismo sexo. Y le respondí que estaba ocupado tratando de sacar la ley de divorcio.
—¿Es el momento de reformular el modelo?
—De reformular la agenda que, además, es una agenda pos crisis 2007. Estamos en otra etapa. Antes, usted estaba obligado a crecer porque tenía 5 mil dólares por habitante y, en ese nivel, por mucho que distribuya, lo que reparte es pobreza. Pero cuando llegamos a quince mil —ahora estamos cerca de 20 mil— el desafío no es en torno al crecimiento sino a la equidad y distribución. Si el ’90 me hubiera preguntado dónde estaríamos en 20 años, jamás le habría dicho que íbamos a multiplicar por tres o por cuatro el Producto Interno Bruto o que tendríamos ley de divorcio, entre otras cosas.
—El gobierno recalca ahora que Chile esquivó la crisis.
—Toda América Latina la esquivó. Este no es chiste del mandato Piñera. Y lo pudimos hacer porque los países asiáticos, en particular China, mantuvieron la demanda de nuestros productos.
—O sea el logro tiene que ver con razones externas, no internas.
—Exactamente. Lo grave es que lo que no tiene que ver con razones externas, para usar el lenguaje que les gusta a algunos, chorrea poco.
—¿Puede la clase política resolver las demandas?
—Primero hay que recogerlas. Y reconocer que la agenda debe ser otra. Entiendo que el dirigente piense que si con un recetario político le fue bien, ¿por qué cambiarlo? Pero si con ese recetario cambió el país, ¡debe modificar la agenda! Es tan obvio.
—No todos creen que la fórmula funcionó. Los descontentos dicen que la Concertación cometió muchos errores.
—Si yo lo sé —dice con cierta molestia—. Pero ¿por qué no se ponen en el contexto? Los que afirman eso votaron a favor de que se terminara la comisión de los ‘pinocheques’ porque temían que algo podía ocurrir con el general Pinochet, entonces comandante en jefe. Los jóvenes están ahora en la calle protestando, con toda la razón del mundo, porque hoy se pueden dar créditos con el aval del Estado, subsidiados, lo cual no se podía hacer antes. Antes no existían los recursos ni las mayorías para aprobar modificaciones tributarias.
—¿Bachelet tendrá que reformular la agenda?
—Quien quiera que sea presidente.
—¿Tiene dudas de que sea de nuevo ella?
—(pausa) Una vez le dije a un primer ministro francés ‘para eso faltan apenas sesenta días’. Y me contestó: ‘Ricardo, por favor, eso en política es mucho tiempo’. Hoy, obviamente parece natural pensar que será Bachelet.
—¿Le gusta la idea?
—Sí, claro, encarna la Concertación, de la cual yo he participado; me parece muy bien.
—Pero ¿y eso de que las segundas partes nunca fueron buenas?
—Una vez, cuando todavía era presidente, un colega suyo me preguntó si pensaba volver a La Moneda. Le dije: ‘Mire, en el siglo 20 sólo dos presidentes volvieron: Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez. Y ambos están en la historia por lo que hicieron la  primera vez… ¿Queda clara mi respuesta?’. Pensé que había sido brillante. El titular fue: ‘Lagos volverá a ser candidato. Está dispuesto a derrotar la historia de Chile’. Por ahora sólo sabemos que Bachelet hablará este mes. Lo otro es política ficción.
Lo concreto es que hoy, a Lagos le preocupa el enrarecido ambiente que percibe. “Si muchos empiezan a percibir que los políticos se entienden entre ellos, que se pelean en la tele pero después van a almorzar juntos… es muy complejo. Son los mismos, los políticos, los empresarios, la elite, los privilegiados. Hay una percepción de que la organización de nuestro sistema tiene que revisarse”.
—¿Cómo se arregla esto?
—Para eso es la política, con mayúsculas.

Lea la entrevista completa en la edición del 15 de marzo.

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