Deambular por San Petersburgo provoca una sensación de asombro. Por doquier, se perciben huellas de un pasado glorioso, legendario, y en forma paralela una sociedad que reconoce al capitalismo ya como algo cotidiano. No obstante, uno de los rasgos esenciales —que la diferencian de Moscú— es que ha preservado su arquitectura barroca y neoclásica.

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San Petersburgo fue fundada por el zar Pedro el Grande a comienzos del siglo XVIII, convirtiéndose en capital imperial hasta la llegada de los bolcheviques. Durante la mayor parte del siglo XX y hasta el fin de la URSS, se le llamó Leningrado y en tiempos de la II Guerra Mundial sufrió uno de los más asoladores embates de la Alemania nazi, resistiendo un ataque permanente y bloqueo por más de dos años sin rendirse. 

Cuna de célebres escritores como Pushkin, Dostoievski y Nabokov, los compositores Stravinski y Rimsky-Korsakov, y un sinfín de artistas, científicos y pensadores, además, vio nacer a las dos máximas autoridades rusas de hoy: el Presidente Vladimir Putin y el Primer Ministro, Dmitri Medvédev. Pero lo que la define es ser la capital cultural rusa. Y hay algunos puntos estratégicos que permiten conocerla mejor.

San Petersburgo es como un tablero de ajedrez en medio de una partida: cada pieza representa un atractivo turístico, distribuido de manera aleatoria. Para desplazarse es posible usar bus, metro y tranvía. El inglés es idioma usual, sobre todo en los jóvenes, por lo que no es difícil pedir información o ayuda. 

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Su arteria principal es la avenida Nevski. Recorriéndola se llega a la imponente catedral de la virgen de Kazán, de frontis semicircular e inspirada en la basílica de San Pedro de Roma. Situada en pleno centro histórico pasó a formar parte del Patrimonio de la Humanidad, al igual que los llamados conjuntos monumentales anexos, de acuerdo con la Unesco en 1990.

Cerca de la avenida, se llega a la plaza del Palacio de Invierno y el museo del Hermitage. Portento artístico a nivel mundial, la prodigiosa colección de pinturas, esculturas, piezas arqueológicas y reliquias artísticas que alberga en seis edificaciones —una de ellas, el Palacio de Invierno, residencia de los antiguos zares— es de tal magnitud que es imposible verlas en un solo día. 

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Si se busca una visión panorámica nada mejor que subir a la cúpula de la catedral de San Isaac, donde es posible contemplar la ciudad desde un mirador rodeado de esculturas religiosas. 

Todo tour por San Petersburgo y sus alrededores debería incluir dos verdaderos monumentos a la gloria imperial. A unos 30 kilómetros se encuentra el palacio de Peterhof, creado por Pedro el Grande como residencia de los zares y de tal elegancia y fastuosidad que se le compara con Versalles. A la vez y como regalo a su futura esposa, Pedro donó a la zarina Catalina un extenso territorio en donde se erigió la Villa de los Zares, cuya construcción más emblemática es el palacio de Catalina.

Remontándonos a la fundación de la ciudad (1703) nos encontramos con la fortaleza de San Pedro y San Pablo, en cuyo terreno se encuentra la catedral del mismo nombre, donde se conservan los restos de los zares, partiendo por Pedro I. Situada en una pequeña isla del río Neva no fue usada con fines militares, pero sí albergó una prisión, desbaratada durante la Revolución bolchevique. 

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Y llegamos a las célebres Noches Blancas, fenómeno climático particular que tiene lugar a fines de junio. Coincidentemente con el aumento de la temperatura, los días se extienden hasta, virtualmente, ‘borrar’ la noche. Entonces, la ciudad despliega un espectáculo lumínico reconocido en toda Europa: La noche de velas escarlata. Suerte de celebración a lo grande para los graduados de secundaria de toda Rusia, la fiesta se inicia en la plaza del Palacio de Invierno con música rusa e internacional, además de una presentación de la orquesta sinfónica. Luego, se despliega un show pirotécnico multimedial que culmina con un imponente navío de velas escarlata que se desplaza por las aguas del Neva: contraste perfecto para mostrar la unión entre pasado, presente y futuro de San Petersburgo. 

Cualquier libro turístico, postal o fotografía de la urbe deja entrever un fenómeno singular: la ausencia de edificios de altura. Ello no es casualidad: obedece a un reglamento específico de las autoridades que impiden su construcción en el centro histórico. Ahora, aunque la ex ciudad de los zares es famosa por su arquitectura patrimonial, sí cuenta con algunas contundentes edificaciones en la periferia urbana. Entre ellas, los rascacielos Leader Tower (140 m), Alexander Nevsky (124 m) y Atlantic City (105 m).

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Pero hay más. Siguiendo una particular predilección rusa por las alturas, desde 2012 está creciendo un portento. El proyecto arquitectónico Lakhta —ubicado en el distrito del mismo nombre— incluirá un rascacielos futurista de 462 metros, que no será sólo el más alto de Rusia, sino que superará a todos sus pares europeos. 

La inauguración de Lakhta está prevista para 2018, cuando Rusia, sede de la Copa Mundial de Fútbol, será mediáticamente, la nación más importante del planeta. Entonces, el antiguo y moderno San Petersburgo brillará con luz propia en esta multitudinaria fiesta que convocará a millones de visitantes en la inmortal cuna imperial.