“¡Qué manera de hacerlo mal!”, es la reflexión final de Ricardo Lagos Weber (56) sobre la manera en que La Moneda manejó hace unas semanas el episodio del salario mínimo, que a su juicio no solo enrareció el ambiente. Además —dice—, permitió que la oposición se uniera y actuara por primera vez como bloque, debilitó aquellas posturas de su sector dispuestas al diálogo y abrió la posibilidad de que esta rechace incluso la idea de legislar la modificación a la reforma tributaria; un disparo al corazón del programa de gobierno.

Aunque el senador por Valparaíso cree que Sebastián Piñera acusó el golpe del mal manejo, no ve factible en el corto plazo recomponer las relaciones y las confianzas. Y eso que en una primera instancia —asegura—, “tenía todo para demostrar que podía llegar a acuerdos y entenderse con el congreso”. Y explica con detalle: “Planteó un reajuste significativo, ¡muy bueno! (de 300 mil a partir de marzo del 2019) que ambas cámaras aprobaron. Pretendía que la próxima discusión sobre el salario mínimo fuera no antes de 30 meses. En la comisión mixta del senado le planteamos 24 meses, —considerando que había parlamentarios que no querían dar ni un año—; no lo aceptó, aplicando un veto que fracasó, para después retroceder y aceptar lo mismo que había rechazado… En eso la oposición encontró un tema razonable donde unirse, fue el punto en común. ¡Ahí el presidente la entregó gratis!”, señala el parlamentario, quien asegura tener hoy la madurez para encabezar un proyecto colectivo que reúna a toda la centroizquierda. Está trabajando en ello. No solo en cuanto ha liderado las vocerías de su sector y es uno de los interlocutores válidos del ejecutivo para llegar a acuerdos. Se impuso encontrar —a mediano plazo—, puntos de entendimiento con su sector, desde la DC hasta el Frente Amplio, con el fin de lograr una propuesta creíble con visos de gobierno para los chilenos.

—Un trabajo que no se ve fácil. Hasta el ministro Blumel habló de una “unión espuria” de la oposición.

—Esto no es una alianza ni una coalición, ahora coincidimos en un tema que fue el salario mínimo. En el mediano plazo seguiremos trabajando en torno a contenidos específicos, que pueden generar confianzas, reducir recelos y las diferencias que podemos tener en otras áreas y que nos pueden permitir a futuro trabajar en materias más consistentes. Y al ministro Blumel le aseguro que esta unión será más sólida que la feble mayoría que tuvo en la cámara de diputados con lo del salario mínimo, donde en una semana perdió la mayoría de los apoyos.

¿Por qué razón cree que La Moneda terminó enredándose con ese tema?

—Se enamoraron de su iniciativa. Por ganar el gobierno y hacer un reajuste significativo se sintieron con el derecho de no discutir el tema en el parlamento y pensaron que la oposición no tendría carácter para rechazar el veto. Le reconozco al presidente Piñera su tremendo triunfo en segunda vuelta, pero le recuerdo que en materia parlamentaria son minoría, por tanto, tiene que conversar. La Concertación desde el ’90 hasta el 2006 tuvo mayoría presidencial y parlamentaria; ganamos todas las elecciones en votos. Otra cosa es que producto del binominal nos empataran y, además, había 10 senadores designados por Pinochet. ¡Hasta para repartir plata había que pedirle permiso a la derecha! Aun así, nunca recurrimos al veto, debíamos sentarnos a dialogar.

—¿Pide al gobierno más humildad?

—Que tenga un contexto de la correlación de fuerzas a las que se enfrenta. ¿A cuántos acuerdos ha llegado en el parlamento? ¡ninguno! En un tema tan importante como el salario mínimo, pudo hacerlo en primera instancia, haber logrado el reajuste en agosto, despejado la agenda en la materia por dos años y demostrado capacidad de entenderse con un congreso donde es minoría, generando —lo más probable— una división entre nosotros. De una impericia…

—El congreso tampoco se libra de su incapacidad de llegar a acuerdos.

—El costo es para todos, pero la gente culpa al gobierno. Sentían que no podían doblarle la mano, mientras, por otro lado, llaman a conseguir acuerdos. Lo que ocurrió tuvo implicancias en los estados de ánimo, en la disposiciones; se crispó el clima. Es dañino para la convivencia, además, que el mandatario trate de antipatriotas a los que piensan distinto. Se equivoca al creer que de esa manera va a dividir a la oposición. Y con esa actitud de vetar si la cosa no es como ellos quieren, algunos pararon oreja y dijeron ‘entonces para qué conversar sobre la reforma tributaria, si al final no les gusta, recurren al veto’. Si se aprueba la idea de legislar, se entra en un procedimiento, el gobierno puede ponerle urgencia, hay que tratar las 50 aristas que tienen las tributarias, se puede dividir la oposición, ¡queda la tendalá! y, por último, el veto. En cambio, si no se aprueba legislar y al no estar ese proyecto en el parlamento, se puede conversar antes.

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—¿Está entonces por rechazar la idea de legislar la reforma tributaria?

—La idea es una conversación previa al proceso legislativo, muy acotada, para ver cuáles son nuestros objetivos y restricciones frente a la modificación que quiere el gobierno. En la comisión de infancia de La Moneda en la que participé, el propio presidente dijo: “Esto en nada sustituye el rol del parlamento, pero podemos llegar con un proyecto más acotado”, ¿qué tal? Entonces frente a su propuesta, en medio de este ambiente tenso, espeso, ¡conversemos! Es como si se constituyera la comisión tributaria por Chile. Como oposición tuvimos una reunión ampliada muy concurrida de senadores y parlamentarios, desde la DC hasta el Frente Amplio —con Giorgio Jackson incluido—, con importantes académicos tributaristas y economistas para estudiar el tema.

—Más allá del ‘gallito’ político, ¿qué pasa con la simplificación y beneficios de inversión que traería al país esta reforma?

—Esas discusiones hay que tenerlas, no sé en qué beneficiará al chileno que los dueños de grandes empresas, al retirar utilidades, paguen menos impuestos. La reforma debe tener algunos criterios orientadores, como simplificar y mantener la recaudación, donde no da lo mismo quién soporta la carga tributaria. El tema de integración está difícil porque es regresivo como concepto, pero lo estudiaremos. Sé que tiene cosas positivas como la boleta electrónica —que permite recaudar más y evita la elusión— la depreciación acelerada y la instantánea con la Araucanía, algunas medidas de simplificación. Los impuestos a los servicios de plataforma digitales como Netflix es un buen avance, es lo que hay que hacer, pero hay temas en que me asaltan dudas…

—¿Cuáles, por ejemplo?

—Con la boleta electrónica, ¿se recaudarán mil millones de dólares? Hay que evaluarlo, nadie nos apura. Cada uno debe manifestar sus objetivos y restricciones y ver si es posible acercarlos. Para eso hay que estudiar el proyecto, conocerlo, entender cómo funcionará, ver si nos gusta o no y vamos avanzando porque se trata de una reforma muy estructural, no una simple modificación. Entonces, insisto, amerita una discusión a fondo y la mejor disposición, aunque con lo que hicieron con el salario mínimo, enrarecieron el ambiente y le restaron fuerza a aquellas posiciones que están por escuchar.

MIRANDO A LA MONEDA

“El gobierno perdió la brújula”, estima Lagos Weber. A su juicio, el Ejecutivo sigue operando con los patrones de antes para entenderse con el parlamento, no calibrando ni entendiendo que el cuadro político cambió a partir del sistema electoral. “Hoy tenemos uno proporcional que hace que exista una tercera fuerza política con 20 diputados. Y más allá de los votos, cuentan con una legitimidad mejor evaluada que muchos de nosotros, por tanto, influyen, tienen un proyecto y compiten con el resto de la oposición que ya no es una sola; son al menos dos o hasta tres oposiciones, considerando que la ex Nueva Mayoría tampoco está cohesionada. Hay dispersión, aún no hemos encontrado nuestro tono. Debemos resolver cómo nos vamos a entender, cuáles serán los ejes en la toma de decisiones, desde dónde nos vamos a articular. En la reforma tributaria nos ampliamos y en otros temas nos dividimos incluso nosotros. Tenemos miradas distintas, esto es un proceso en formación, de generar confianzas… Para el gobierno será tremendamente difícil entenderse con ese mundo”.

—Así las cosas, difícil también será convertirse en una real alternativa de gobierno.

—Trabajaré para que a mediano plazo generemos una alternativa amplia. Para eso debo hacer muchos esfuerzos; escuchar al resto de las oposiciones, a mis ex compañeros de ruta, ver qué ocurre con la DC, con el PPD, que redujo sus diputados. En el fondo, encontrar nuestro domicilio político. Y que no se entienda mal, para mí no es un objetivo llegar a la próxima presidencial como una coalición; me conformo con que para esa fecha encontremos puntos de encuentro en toda la centroizquierda. Ofrecer una alternativa a los chilenos que tenga visos de ser gobierno, porque desde ahí se influye, se toman decisiones y se plantean temas. No es fácil a corto plazo, hay una mirada muy crítica del pasado entre la Nueva Mayoría y el Frente Amplio. Sin embargo, para recuperar la democracia, parte de la izquierda chilena debió entenderse con la DC —sin estar de acuerdo en todo ni compartir un mismo diagnóstico— para poder ofrecer una alternativa de futuro. Estoy en eso; hay miradas y críticas que no comparto con el Frente Amplio; sin embargo, prefiero dejar pasar algunas cosas para que encontremos puntos de entendimiento y lograr una propuesta creíble, que no sea un mero pacto electoral.

—Hace 30 años los unía recuperar la democracia, ¿qué debiera aglutinar hoy a la centroizquierda?

—Como progresismo, una mirada compartida en la que tengamos políticas públicas que permitan ir reduciendo la desigualdad. Porque Chile es un país con menos pobres, pero sigue siendo desigual. En Quintero, según el presidente, se toma arsénico en el agua potable. ¿Por qué ha ocurrido eso? Debemos unirnos en torno a una mirada en que la comunidad se organice de tal forma, que tengamos una sociedad de ciudadanos y no de consumidores. Es, al final del día, nuestra gran diferencia con la derecha.

—Tomó el liderazgo en su sector, con lo que despeja las dudas de si será uno de sus próximos presidenciables como anunció hace un tiempo.

—Lo que dije en esa oportunidad era que estaba disponible para encabezar un proyecto colectivo en la medida que genere apoyo; creo tener la madurez para esos efectos.

—¿En qué se traduce esa madurez?

—Cuando fui ministro de Bachelet, era un ilustre desconocido porque trabajaba en temas tecnocráticos como eran las negociaciones internacionales. Después me presenté a senador y me ayudó haber sido vocero e hijo de Ricardo Lagos, ¡qué duda cabe! Cumplí mi rol en el congreso y fui reelecto en una competencia súper competitiva, donde iba Isabel Allende, llegaba el Frente Amplio y la derecha es mayoría. Me fue mejor que a todos los de la centroizquierda de la región. Fue una reelección importante, porque no validaron al hijo ni al ministro de, sino a la persona, a mi trabajo, al mérito. Sin duda, hay una madurez política, intelectual, mayor experiencia. En mi trayectoria he sido consecuente con lo que pienso. He tenido la tranquilidad y el carácter en temas legislativos complejos de hacer lo que tengo que hacer, como fue votar en contra de la ley de pesca por considerarla una mala ley. Ahora, insisto, voy por un proyecto colectivo. No hay espacios para llaneros solitarios. Hay que construir una propuesta entre todos. Espero logremos entendernos.