Tenía 35 años para el Golpe. Era secretario general de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en Santiago. Y, a pedido del Presidente Salvador Allende, había asumido como liquidador del Banco Edwards. El 12 de septiembre de 1973 presentó su renuncia. Un año antes lo nombraron embajador en Moscú y Mongolia, pero el Senado nunca lo ratificó. Luego vino lo que vino. En febrero del ’74 partía con su familia a Buenos Aires para abrir una oficina de Flacso. “En rigor, fue un autoexilio”, recuerda.

Para entonces ya era socialista, abogado, economista, y estaba casado, por segunda vez, con Luisa Durán. Ella con dos hijos de un matrimonio anterior, él aportando otros dos. La hija en común, Francisca, no había nacido aún. Para entonces también ya tenía un doctorado en Economía de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, había sido profesor de ciencias políticas en la U. de Carolina del Norte en Chapel Hill y, de regreso a la patria, secretario general de la U. de Chile, profesor de economía en la Escuela de Derecho y director del Instituto de Economía de esa universidad.

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Cuando se trata de mirar el pasado y hablar de Chile 40 años después, asevera con énfasis, modulando para que no exista confusión: “El Golpe es la herida más profunda que jamás haya tenido la sociedad chilena en su historia”.

—¿Cómo era ese país de entonces?
—Se iba polarizando, pero también había una mitad que compartía sueños y esperanzas en lo que se estaba construyendo. El 36 por ciento que apoyó a Allende para que fuera Presidente se transformó en el 43 por ciento para las elecciones parlamentarias de marzo del ’73. Pero era un país donde uno se daba cuenta de que no había solución porque la derecha con la Democracia Cristiana no obtuvieron la mayoría para destituir a Allende y el Presidente no logró la mayoría para aprobar las leyes que quería.

Alessandri gobernó con minorías a través del veto, igual que Frei. Allende pretendió lo mismo pero una cosa es hacerlo para mantener el statu quo, y otra, para hacer cambios sustantivos. Después de la elección parlamentaria la suerte estaba echada.

Personaje obligado de la política criolla reciente, tiene una trayectoria académica fecunda y un recorrido como líder que se inicia en plena dictadura, cuando regresa a Chile, en 1978. Con el general Pinochet en el poder fue presidente de la incierta Alianza Democrática y fundador del PPD; en democracia asumió como ministro de Educación de Patricio Aylwin y de Obras Públicas bajo el mandato de Eduardo Frei. A La Moneda llegó por la puerta ancha en 2000 y desde que la abandonó no ha parado.

Preside la Fundación Democracia y Desarrollo, viaja, escribe, dicta conferencias, presenta libros y, entre otros cargos, encabezó el Club de Madrid y fue enviado especial de las Naciones Unidas para el cambio climático. Este 4 de septiembre está invitado a inaugurar una conferencia sobre América Latina y EE.UU. con el secretario de Estado norteamericano John Kerry en el Diálogo Interamericano, en Washington. A fin de año, debiera publicar el primer volumen de sus Memorias.

—¿Volvería a La Moneda?
Larga una risotada y exclama:
—¡No pues, si hay que mirar el calendario!

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Saltó a la fama el 25 de abril de 1988 —seis meses antes del Plebiscito— cuando en un programa político de Canal 13 miró a la cámara, levantó el índice y dijo: “Usted, general Pinochet, no ha sido claro con el país(…) Le voy a recordar que el día de la consulta de 1980 dijo que no sería candidato para 1988 (…) Y ahora, le promete al país otros ocho años con tortura, con asesinato, con violación de los derechos humanos(…) Hablo por 15 años de silencio…”.

—Puso el dedo en la llaga. ¿Sintió miedo?
—No tenía conciencia, en absoluto, de lo que había pasado. Yo quería denunciar que se había falsificado el resultado electoral de la consulta del ’80 y mi idea era llamar a los chilenos a tener apoderados en las mesas para el Plebiscito. Pero no tuve tiempo. Salí enojado. Había un cóctel, me tranquilicé un poco, comí un sándwich. Cuando dejé el canal había más de cien personas esperando para aplaudirme. No le di importancia. Al día siguiente caminé por el Paseo Ahumada y muchos se acercaron a felicitarme. Ahí fue heavy.

—El 28 de mayo de 2012, dijo que ‘El Presidente Allende fue un demócrata. Al momento del Golpe de Estado había un Parlamento y Tribunales que funcionaban. Nada justificaba el Golpe’. ¿Era evitable?
—Creo que sí, pero las fuerzas más profundas no lo creyeron. Uno puede pensar que había un desfase entre el desarrollo político-social y el económico. Existía una tensión muy marcada en la sociedad entre las demandas sociales, políticas, sindicales y lo que se podía lograr dentro de la relativa pobreza del país. Pero también estaba la defensa de los intereses de aquellos que se veían afectados.

—No pocos sostienen que Allende fue perdiendo paulatinamente el control, que estaba bajo fuertes presiones de la Unidad Popular para tomar medidas más extremas.
—No es que fuera perdiendo control del gobierno sino que las posiciones se fueron radicalizando ante la imposibilidad de avanzar por la vía parlamentaria.

—¿Usted era de los que creían que los militares se iban a quedar por corto tiempo?
—Al comienzo pensé que no era para largo; después, al ver lo de Isla Dawson y de otras partes, cambié. Pero no me cupo duda de que el Presidente Allende iba a salir muerto de La Moneda. Al principio fui ingenuo. Imaginaba que si me llamaban, me presentaría. Afortunadamente, no lo hicieron. Recuerdo el último desfile, el 4 de septiembre. Luisa estaba muy resfriada, le dije que se quedara en la casa y me contestó: ‘Yo voy porque será el último.’

—¿La izquieda hizo una revisión profunda de su responsabilidad en lo sucedido?
—La única autocrítica real ha venido de la izquierda en cuanto tal vez no comprendimos que la magnitud de los cambios requerían una amplia mayoría. No olvide que entonces a usted lo elegían Presidente y, automáticamente, tenía la mayoría de dos tercios en contra. Lo elegían Presidente con el tercio que ganaba. O sea, no es lo mejor el tema de los tres tercios. En la guerra civil del ’91 murieron diez mil chilenos cuando éramos un millón. Entre enero del ’91 cuando se subleva la Escuadra, hasta Concón y Placilla en agosto, hubo siete meses de guerra civil. Discrepaban en torno a la interpretación de la Constitución. ¡Y los vencedores no le cambiaron una coma! La herida se cerró porque no había desaparecidos, y no existían dos proyectos políticos en pugna. Entre la república de Balmaceda y la república parlamentaria una misma clase política siguió gobernando.

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—¿Chile se reconcilió con su pasado?
—Hay una amistad cívica pero todavía no escucho a aquellos que participaron del Golpe decir ‘perdón, nos equivocamos. Nada justifica las violaciones a los derechos humanos’.

—¿Lo cree posible? ¿O ya no se hizo?
—Ya no se hizo. Uno esperaría un ‘¡nunca más!’. Lo que no es creíble es cuando se dice ‘yo no sabía’. ¡Eso es hipocresía! Todos sabíamos. Recuerdo un titular de Apsi que decía ‘Si los tiraron al mar que lo digan’. Lo dije el ’84 y produjo escándalo. Ya se sabía que habían sido arrojados al mar. Si lo sabía uno que estaba alejado del gobierno, ¿cómo no iban a saberlo los ministros y subsecretarios, el resto?

—Quizá hoy no se pueda aspirar a más que una relación civilizada.
—Entonces aspiremos a eso. En el bien de esa amistad cívica, estemos de acuerdo en que debe haber un entendimiento entre chilenos para poder tener las reglas para dirimir las discrepancias. Y, por favor, no me sigan obligando a reglas sobre las cuales nunca se me pidió opinión. A estas alturas, quiero una hoja en blanco para empezar a escribir una Constitución. Pero no me haga trampa, no parta con algo que Ud. consiguió por la fuerza. Todo lo que hemos sacado de la Constitución ha sido objeto de largas negociaciones, muy difíciles. ¡Cuánto costó sacar a los senadores designados, a los vitalicios!

—¿Cómo se cierra la herida?
—No se puede seguir abusando de instrumentos como el binominal o los altos quórum, herencia de la dictadura. Para cerrar heridas a lo menos consensuemos un sistema jurídico por el cual procesemos las diferencias. Eso es una Constitución. Tengo muy claro que la actual lleva mi firma pero la lleva porque me pareció que pasaba el test democrático: sacamos el binominal. La derecha se opuso y dijo ‘el binominal no se toca’. Y respondí ‘si hay binominal en la Constitución, no firmo nada’. Fue una solución transaccional. Pero ya no da para más.

—Ernesto Ottone, su ex asesor, dice que bajo su gobierno se rompió el miedo… ¿a qué?
—Así fue. Estos jóvenes que desfilan porque la situación que viven no les gusta, y con toda razón, ¡no tienen miedo! Se corrieron las fronteras de lo que era posible. En todo. Se derogó la censura cinematográfica, se habló de los torturados, la prisión política y el Informe Valech. Este es un país que se hace cada vez más libre, abierto y democrático. Tiene que ver con el ritmo de los tiempos. Todavía faltan las cosas que tienen que ver con las exigencias de la sociedad que reclama una participación mayor. Pero eso es del mundo, de Twitter, de Facebook, de las nuevas tecnologías de la comunicación.

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—¿No teme que el descontento social desemboque en estallido social?
—Lo que temo es que no hay una mirada común sobre el desafío que tenemos. No es posible que no exista, por ejemplo, una visión clara de una política energética. Que no tengamos una definición sobre cómo dar canales de participación de manera civilizada… Lo que falta es definir cómo uno adapta las instituciones políticas a un ciclo económico basado en el supuesto de que necesito aumentar el ingreso por habitante para mejorar las condiciones de vida de la población. Eso es así hasta cierto punto, pero después de los 20 o 25 mil dólares por persona lo que explica las diferencias entre indicadores económicos y sociales no es en función del aumento del ingreso sino cómo éstos son distribuidos.

—Volvemos al tema de la desigualdad. ¿Será esa la tarea que le espera a Bachelet?
—Es una inequidad también regional, de género o de acceso a la educación. Allí hay un tema más profundo y para seguir mejorando debemos abordarlo. Si usted tiene un país con 40 por ciento de pobres, como el ’90, el problema es pobreza. Pero cuando llega a diez o doce por ciento —ya no me atrevo a usar estadísticas después de lo del Censo— claramente el asunto ya no es número uno en la agenda porque ese 29 por ciento que dejó atrás la pobreza tiene otras demandas más propias de sectores medios. Entonces, entramos a un nuevo ciclo político, social y económico. Una cosa es que lo plantee un candidato y otra cosa que tengamos un cierto consenso en el diagnóstico. Eso aún no existe y es clave para mirar hacia el futuro.