Reflejan inquietud las palabras de este economista quien a los 80 años —que no los representa— se resiste a salir de las pistas académicas. “Siento que todavía puedo contribuir a que las cosas mejoren”, asegura el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2005), docente en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, Doctor en Economía de la Universidad de Chicago, “aunque no Chicago boy”, se apresura en aclarar. Cómo no, si su inquietud es precisamente por un Chile que se fue —honesto y solidario— y donde el capital financiero manda, el dinero capturó a parte de la política y también se impuso en el presupuesto 2017 (que ahora se discute en el Senado). “Se optó por una política fiscal pro-cíclica y un gasto del 2.7 por ciento, con menor inversión pese a que se requería urgentemente una propuesta reactivadora que permita al país superar el desánimo que impera y avanzar hacia recuperar el crecimiento. Parece que las autoridades temen que los mercados financieros los puedan castigar por hacer lo correcto”, enfatiza.

—¿Cómo se explica?

—Existe la creencia neoliberal y por parte del sector financiero de que el gobierno no debe gastar más que lo que recauda cada año. Pero hay que aprender de la experiencia de países exitosos, como Corea, que ante la crisis asiática fueron muy responsables y entendieron que para crecer y estimular la economía no se trata de tener las cuentas equilibradas en el día a día sino que distinguir entre lo permanente (o estructural) y la necesidad de la coyuntura. Para eso es el concepto de Balance Fiscal Estructural y su rol contra-cíclico, como reactivador de una economía desacelerada.

Ffrench-Davis observa que —después del primer gobierno de la Concertación, tan exitoso en crecimiento, empleo y reducción de la desigualdad— fuimos perdiendo el impulso hasta resignarnos al 1.5% – 2% proyectado por el Banco Central para este año. “Nos trancamos y no se ofrecen salidas. Eso lo percibe la gente. Estamos en un pantanal. Y cuando eso sucede, es preciso dar una señal a la opinión pública, a los consumidores, a los inversionistas productivos, que compran equipos y maquinarias, los que construyen locales comerciales y también al sistema político. Hay que volver a crecer, pero eso no se logra como lo pautea la derecha, que en dictadura tuvo un pésimo récord en crecimiento y fue abrumadoramente deficiente en distribución del ingreso, pues la pobreza y la desigualdad se agravaron”.

—En ese sentido, ¿qué evaluación tiene del presupuesto fiscal presentado?

—Una parte es adecuada a los tiempos; la otra está ausente. La adecuada es el mensaje de recuperar equilibrio del balance estructural en el futuro. Yo creo firmemente en la responsabilidad fiscal (al margen de si es al cero o no). Pero hoy estamos muy desacelerados (claro sobre cero, y el 2.1% es respetable). La recuperación exige un gran impulso. Por eso, junto a los gastos permanentes presentados por el gobierno se requiere un paquete reactivador de inversiones públicas, en infraestructura, viviendas, Codelco, y apoyo intenso a las PyMes. No basta con los anuncios de que el crecimiento interesa. Hay que demostrarlo con hechos. Y lo obvio es que se financie a través de Fondos Soberanos: para eso se acumularon en los anteriores gobiernos.

—Economistas como Manuel Riesco creen que el ministro de Hacienda no pretende reactivar la economía para, de esta manera, frenar el impulso reformista. ¿Qué opina?

—No. Uno puede criticar las políticas económicas. Estamos hablando de personas inteligentes, honestas, pero que sin embargo se han dejado guiar por los titulares, algunas veces abrumadores, de los medios de comunicación dominantes y que han resultado muy negativos para el crecimiento. 

Interna-FF

El economista apunta a que una mirada individualista y poco solidaria ha sido —desde los tiempos de la dictadura— una constante, herencia del modelo neoliberal, promotora de  ‘ganancias de capital’ (a expensas de los otros) en vez de ‘ganancias por productividad’ (que contribuyen al incremento del PIB). “Ha sido un lastre a lo largo del tiempo, desde la dictadura que duró 17 años. Entonces solo se podía enseñar la única que se consideraba como la ‘buena economía’: la de la dictadura, en nombre de la ‘libertad’. Y en esta flagrante contradicción persiguieron y expulsaron a excelentes profesores sólo por pensar distinto, como de hecho ocurrió aquí, en la Facultad de Economía de la Universidad de Chile”, dice mirando el edificio de Diagonal Paraguay.

A Ffrench-Davis —militante DC desde 1958— le suprimieron la cátedra después del Golpe. “Era un veinteañero que había ganado el concurso de profesor titular de Economía Internacional en 1965”. 

Trabajó en la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica, CIEPLAN de la que es uno de los fundadores, y se mantuvo hasta 1974 como profesor en Economía de la Universidad Católica, su alma mater, donde tuvo entre sus muchos alumnos a Joaquín Lavín y Julio Dittborn, ambos Chicago boys y discípulos de Milton Friedman, padre del modelo neoliberal.

Tengo un artículo escrito en 1982, El experimento monetarista. Entonces el neoliberalismo se llamaba monetarismo. Chile comenzó a aplicar el modelo casi 20 años antes de que recibiera su nombre actual. O sea, fue pionero y lo aplicó brutalmente con la dictadura. Reagan vivía en democracia, incluso con parte de su mismo partido criticando algunas de las medidas radicales e implementó políticas neoliberales más bien moderadas. Asimismo, Margaret Thatcher. En cambio la nuestra fue una reforma brutal, que liquidó muchas industrias, PyMes y empleos”.

—El modelo se sirvió de la dictadura.

Pinochet no sólo terminó con vidas, también creó estructuras desiguales que constituyen un lastre hasta hoy. Agreguemos que la prensa, que defendía a rajatabla el modelo, fue introduciendo entre los chilenos ideas como que el mercado por sí solo sabe cómo hacer las cosas, sin regulaciones, donde el que gana plata es bueno, no importa cómo… Así se fueron volviendo moralmente permeables las mentes de muchos. 

—Ser exitoso, no importa cómo.

—Y esto ha afectado a toda la sociedad. Hay casos públicos que han hecho un enorme daño y que han dado pie a que otros digan: “entonces yo también”, además porque el castigo parece débil o ausente…

—¿Se refiere a los costos que han debido pagar quienes estuvieron tras casos como La Polar, Penta, el cartel de las farmacias, los pollos…, por mencionar algunos?

—Claro, y primó esa imagen.

—¿Se instaló la cultura del todo vale?

—Sí. No obstante, creo que todavía hay una mayoría de gente honesta, bien intencionada, en toda actividad. Incluso en la política y la empresa. Pero están los otros que abusan, pisotean, agreden, y roban en chico y en grande; todo en contra del interés de Chile. Claro que eso es algo que también ocurrió en EE.UU. y el mundo penetrado por las ideas neoliberales, responsables de grandes crisis financieras y de aumento de la desigualdad. 

Y agrega:

—En los ’50 era un estudiante. Veo la actitud de mis compañeros de curso, algunos que trabajaron, fueron presidentes del Banco Central con Pinochet, ministros de Economía y qué sé yo; y después compañeros en Chicago. Viví los ’60 en Chile y el ’71 y ’72. Conocí a muchos empresarios, compartí con gente de la Sofofa, de Icare. Fui varias veces al Banco Central, a exponer. Luego fui director de Estudios y economista jefe del Banco Central de Chile. Cuando salí del gobierno me ofrecieron entrar a un directorio y dije “no gracias”. No es que considere que me están comprando, pero yo no hago eso. Sin embargo, esa práctica se popularizó y se creó una mala imagen; aunque la gente sea re-honesta, las anteojeras cambian, y van defendiendo lo que antes atacaban. Hoy todavía hay personas honestas, bien intencionadas, pero están los otros que prefieren actuar a conveniencia y no de acuerdo a lo que decida su corazoncito y en consistencia con su mente. Claro que eso es algo que no pasó sólo en Chile, también ocurrió en Estados Unidos. Esto es el neoliberalismo. Cero problema de conciencia, el problema de conciencia es si perdiste plata.

—Algunos afirman que llegamos a un punto en que la economía dominó a la política. 

—Desde mediados de los ’90 el ministro de Hacienda ha sido muy determinante de lo que se hace en lo político y la economía se volvió demasiado importante. Hay que equilibrar los poderes entre Hacienda, Economía y Banco Central.

—¿Ese desequilibrio es otra herencia del modelo?

—Sin duda. Y por lo tanto tenemos que recuperar solidaridad, respeto a los derechos y el honor de los otros para construir un mejor futuro, con sentido de sociedad y nación, compartida e incluyente. Pero, le reitero, este no es mi entrenamiento.