Desde el ’99 que Ricardo Ffrench-Davis viene escribiendo el libro Reformas Económicas en Chile 1973-2017, el que actualiza cada tanto y que en su sexta versión además de incorporar el segundo mandato de Michelle Bachelet, intenta romper algunos mitos, por ejemplo, que el gobierno militar manejó con éxito nuestra economía y que la Concertación se habría dedicado sólo a administrar el modelo.

En sus páginas, el economista y fundador de Cieplan explica también los motivos de la disparidad de nuestro crecimiento económico que de un 2,9 por ciento en dictadura se disparó a un 7 por ciento en la década de los noventa —disminuyendo considerablemente la pobreza— para terminar en un 1,7 hace apenas unos meses, aun cuando los empresarios, trabajadores e infraestructuras sean los mismos. A su juicio, esta velocidad variable del crecimiento ocurre porque no existe un correcto manejo de la macroeconomía ni una mirada a largo plazo por parte de las autoridades que permita una continuidad del impulso transformador en el tiempo, como sí ocurrió entre 1990 y 1998, donde —cuenta—, el Banco Central (donde trabajó en los años iniciales de retorno a la democracia) en conjunto con el Ministerio de Hacienda, manejaron el tipo de cambio y regularon la cuenta capital para evitar que estén sujetos a los vaivenes internacionales. “De esa manera, impedimos que nuestra economía recibiera de repente inundaciones de dólares financieros y tirara para abajo el precio del dólar, lo que resulta muy negativo para las exportaciones. Es plata que se va rápido porque no llega para invertirse productivamente”.

Con ocho años de crecimiento mantenido, Ffrench-Davis admite que en las autoridades vino un creciente relajo, pensando que sería sostenible per se. “Sin embargo, en 1999 llegó la crisis asiática y encontró a Chile con un dólar barato y el déficit externo se había duplicado. Como necesitábamos dólares, se liberó el tipo de cambio esperando que el mercado corrigiera automáticamente, quedamos con dólares tremendamente altos, lo que encareció las importaciones, las maquinarias, las deudas de las empresas… Entramos en recesión y se declaró abierta la cuenta de capital. Desde entonces los mercados externos manejan la macroeconomía chilena; nuestro tipo de cambio está sujeto al mercado financiero de corto plazo, por lo que desde el ‘99 hasta la fecha, por cada par de años de recuperación, tenemos tres a cuatro de recesión, con frenadas y aceleradas que continúan hasta hoy”.

—Si regular el tipo de cambio y la cuenta de capital funcionó para un crecimiento sostenido, ¿por qué no se persistió en esa fórmula?

—Se copian modas. En las instituciones y enseñanza del mundo anglosajón entró con fuerza una moda que incluía abrir las cuentas de capital y liberar el tipo de cambio. Nuestros doctorados tenían un entrenamiento fuerte, muy convincentes de que “eso lo regulan muy bien los mercados internacionales”. Grave error porque produce gran ciclicidad. En los ’90 había consenso entre quienes tomamos el timón. Sin embargo, se dejaron de lado los centros de estudios y se perdió la retroalimentación de ideas. Además, desaparecieron Apsi, La Epoca, Análisis, quedando los diarios pro neoliberales; la comunicación en contra de las regulaciones estabilizantes fue muy fuerte y se debilitaron las fuerzas reformadoras. Quedamos con el timón fijo, sin prever las tempestades y sin trayecto trazado, de seguir construyendo una economía con equidad, incluyente. Primó el cortoplacismo y los doctores en economía que creían en el tipo de cambio libre y la cuenta de capitales abiertas, que solo miran la inflación, suponiendo que el empleo, la innovación, el valor agregado de las exportaciones, el desarrollo de las Pymes, surgen espontáneamente si se logra una inflación baja.

—¿Influyeron las reformas de Michelle Bachelet para que en su segundo período la economía chilena creciera apenas 1,8% promedio?

—Fue clave el punto de partida. En los últimos 13 meses del primer gobierno de Sebastián Piñera la economía venía desacelerándose, había topado techo, no generaba capacidad productiva sobre 4% y el precio del dólar en descenso. Era el momento de una política contra-cíclica, de hacer inversión pública (que la ejecutan empresas privadas), dar líneas de créditos a las pymes para reactivar, compras fiscales y no se hizo. Hubo descuido de lo macro y se concentraron en las reformas estructurales. No recogimos la experiencia del ’99 y no se aplicó una política fiscal reactivadora, por un tema de ‘responsabilidad fiscal’. Con la crisis asiática, Corea cayó en un 7% y se recuperó a un 11 por ciento en un año. Controló la cuenta de capitales, manejó el tipo de cambio, hizo gasto fiscal en apoyo al desarrollo productivo, invirtió en vez de reducir gastos; ¡tomó el mando! Chile tiene fondos soberanos para situaciones recesivas y no los aprovechó, guiándose por la moda, que es pro-cíclica. Si la situación se ve bonita, se suele subir la estimación del precio del cobre y la capacidad de crecimiento de la economía; si se ven mal, se baja la estimación del crecimiento sostenible, ¿pero cómo? ¡Si es el mismo país!; son los mismos empresarios, trabajadores, infraestructuras y funcionarios públicos.

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—Pareciera que fuéramos bipolares.

—La economía chilena actual es muy bipolar, pro-cíclica, pues acentúa los auges, perdiendo el sentido de la realidad. Los bancos, por ejemplo, comienzan a ofrecer créditos aunque la buena racha será transitoria mientras no adoptemos políticas sostenibles en el tiempo. Y al ser sostenibles, podremos transitar mejor en las tempestades y crecer más. Autoridades de la Nueva Mayoría y de derecha cometen el mismo error de reprimir la inversión pública cuando se está en recesión. Hoy lo estamos, es el momento de construir con una sociedad público-privada, que no significa comerse la plata, sino utilizar y crear nueva capacidad productiva. Si se gasta y se hace bien, la situación cambia. Se pudo haber hecho del 2015 al 2017. Sin embargo, la respuesta fue: “si lo hacemos, los mercados nos castigan pues aumenta el déficit”. Al no hacerlo, los ingresos tributarios siguen deprimidos. Para el académico, en la actualidad hay bastante espacio para reactivar un par de puntos la economía sobre nuestra capacidad productiva, que él, optimista, apunta de un 4% a un 5%; en ausencia, por cierto, de alguna crisis internacional. Insiste que solo el desarrollo productivo entusiasmará a los inversionistas y generará empleo productivo. “Necesitamos inversión, eso ha fallado. Lo hicimos muy bien entre el ’90 y ’96, dimos mucho trabajo, con construcciones, carreteras, puertos. Claro, cuidemos la inflación, pero que no sea baja con crecimiento bajo. Por eso la inflación debe acompañarse de un manejo pragmático de la flexibilidad cambiaria y de las políticas fiscal y monetaria”.

—¿El equipo económico de Piñera apunta en ese sentido?

—Apunta a lo opuesto: tipo de cambio libre y cuenta de capitales abierta y, al parecer, a algunos cambios tributarios regresivos. Ojalá que no y se trate de mejoras en la gestión tributaria. Lo previsible es que si la recuperación en marcha desde 2017 continúa, llegarán más capitales a Chile, a la bolsa, mercados de bonos y créditos para el consumo. Es alto el riesgo que se produzca una mayor baja del precio del dólar, más allá de los ruidos “trumpeanos” de estos días. Repito, para el desarrollo productivo necesitamos un equilibrio de la macroeconomía real, un tipo de cambio administrado por la autoridad para evitar los extremos que hemos tenido desde 1999, fluctuando entre $ 450 y $ 740. Esto traerá auge en el corto plazo y de nuevo recesión en el mediano. Si somos pasivos, seguiremos dependiendo en extremo del exterior. Así fue el primer período de Piñera y volvió a tocarle suerte; para el bien de Chile, ojalá ahora lo aproveche.

—¿Coincide entonces con el ex ministro Nicolás Eyzaguirre que todo se debe a buena o mala “pata”? ¿No le reconoce méritos al ex presidente?

—No todo. Sin duda su nombre agrega expectativas optimistas en los mercados y ayuda a reactivar más rápido. Piñera llegó con viento de cola. Tendremos un par de años de recuperación, tocando luego el techo. Si no se han hecho las tareas para empujar el techo productivo, aumentando la inversión, continuando con los programas de clústers impulsados por el gobierno de la Presidenta Bachelet y priorizando las pequeñas y medianas empresas, se repetiría la situación de 2013. Es preciso efectuar reformas que permitan buen acceso al mercado de capitales, con tasas razonables y capacitación laboral a sectores medios y bajos. Es difícil, pero Chile tiene las condiciones para hacer una transformación productiva sobre lo construido en estos años y tengamos la macro real ordenada, para que cuando se llegue al techo, entre otras fallas, no tengamos un dólar tan barato que las importaciones superen en exceso a las exportaciones y entremos a un nuevo ajuste recesivo como hace cinco años.