El final de una época y el inicio de un tiempo nuevo fue anunciado por televisión. En 1988 Canal 13 puso al aire el espacio de entrevistas De Cara al País para enfrentar el Plebiscito: por primera vez en más de una década los políticos tendrían un espacio en la TV abierta. La edición del 25 de abril de 1988 haría historia. Esa noche Ricardo Lagos encaró a través de las cámaras a Pinochet sorprendiendo a millones de chilenos que nunca habían visto a nadie hacer tal cosa. La repercusión que logró ese gesto representaba el ambiente cultural del momento: durante la dictadura los canales permanecieron clausurados a la disidencia, el debate y los hechos, Lagos acabó con eso.

En octubre la participación en las urnas alcanzó al 90% de los mayores de 18 años; aquella convocatoria era la evidencia del retorno de la política a la vida diaria. Una semana más tarde miles de chilenos cruzaron la cordillera rumbo a Mendoza. El 14 de octubre en la vecina ciudad argentina tendría lugar una fecha del tour del festival Amnesty, que originalmente se organizaría en Santiago. Las autoridades de la dictadura habían prohibido la entrada del espectáculo que reunía a Bruce Springsteen, Sting y Peter Gabriel al país. El peregrinaje a Mendoza era una forma de acercarse al mundo allá afuera, fundirse con formas de expresión y de vida que en nuestro país estaban constreñidas. El Plebiscito y aquel concierto representaban más que mera política, la esperanza en una mejor vida.

Los 90 fueron la década del entusiasmo alimentado por el combustible del crecimiento, pero también de las sucesivas expresiones de un autoritarismo propio de una democracia protegida. Hubo bandas de rock extranjeras que no pudieron tocar en el país porque fueron acusadas de satanismo, películas censuradas y una actriz insultada por cubrir su cuerpo desnudo con una bandera. Pero también hubo un tenista exitoso que expresó en una frase el talante general del momento: “No estoy ni ahí”. Eso decía un Marcelo Ríos triunfador. El éxito significaba en muchos sentidos desentenderse de preocupaciones colectivas, consumir y evadirse en los cotilleos de farándula, una industria del entretenimiento nueva que surgía de la alianza entre futbolistas y celebridades de discoteca.

En aquella década la economía llegó a crecer un 12%, la inflación cayó del 27% al 4% y el ingreso per cápita saltó de 2.625 dólares en 1990 a casi 5.000 en 1997. El modelo del ciudadano común y corriente que desea prosperar corría de mano de la publicidad, que creó al maestro Faúndez con la idea de que los celulares no eran un artículo de lujo, sino una herramienta de trabajo. En esos años se acuñaron tres conceptos que aludían a los límites de lo permitido: poderes fácticos, crisis moral y temas valóricos. Vivíamos en una democracia con centinelas que comenzó a cambiar sólo a partir de 1998, luego de la detención de Pinochet.

La primera década del milenio comenzó con la elección del primer presidente socialista desde 1970 y con un pequeño escándalo ocurrido a propósito de una instalación artística. En enero de 2000 la performance Nautilus, conocida popularmente como La Casa de Vidrio, inició una década marcada por el desnudo público –Baby Vamp, los cafés con piernas– como señal de irreverencia. Un fenómeno que alcanzó su cima una fría mañana de julio de 2002 cuando Spencer Tunick tomó la multitudinaria foto en cueros en el Forestal. La fascinación adolescente por la desnudez estuvo acompañada por el auge de los reality shows en televisión: fisgonear conflictos ajenos reales era la manera de divertirse predilecta. Para ser famoso ya no importaba el talento. Lo que importaba era ir de frente, decir lo primero que se viniera en gana, ser franco aunque eso significara faltar el respeto.

Durante esos años internet se expandió y comenzaron a popularizarse los primeros sitios en donde lo que contaba era la expresión y difusión de los propios gustos. Chile conoció el concepto de tribu urbana gracias a los “pokemones”, una vertiente de estilos juveniles de origen mestizo que utilizaba fotolog y myspace como vitrina de sus inquietudes. Ser joven ya no era lo mismo. Mientras tanto las juventudes políticas no despertaban atractivo alguno y se habían vuelto irrelevantes en sus partidos y dentro de las universidades, pese a que el acceso a la educación superior había crecido. Cada vez se hacía más evidente que el discurso del establishment político estaba desacoplado de los intereses de la nueva generación nacida en democracia. Esto se constató en 2006 cuando la revolución de los pingüinos le estalló en la cara al gobierno: Había una nueva generación de jóvenes nacidos en democracia y nadie sabía cómo dialogar con ellos. La política se había vuelto un asunto de expertos y técnicos que mostraron su impericia en febrero de 2007, cuando el Transantiago debutó.

La segunda década del siglo XXI vino a intensificar los cambios culturales, ampliar la apertura al mundo y replantear el modo en el que la ciudadanía se relacionaba con el poder y las instituciones. El hecho de que asumiera un gobierno de derecha parece haber facilitado la escalada de descontento. Fue durante el gobierno de Sebastián Piñera cuando se instalan las ideas de desigualdad y lucro como ejes de la discusión pública. Los chilenos volvían a las calles en las marchas más multitudinarias desde los 80, encabezadas por los líderes de un movimiento estudiantil que criticaba la conducción política del país durante la transición. Comenzaron a aparecer nuevas demandas que habían permanecido desatendidas e ignoradas: la diversidad sexual, la de género, la de las comunidades regionales y las indígenas. Pero aunque cundieran los cuestionamientos al neoliberalismo no hubo un desplome de los hábitos de consumo. En gran medida acercarse al mundo seguía significando para los chilenos, consumir lo mismo que se ofrece más allá de nuestras fronteras: el éxito del Costanera Center, de H&M y Lollapalooza lo comprueban.

Durante los últimos años la política ha retomado el lugar que había dejado de tener durante las primeras décadas de la transición, sólo que de un modo distinto, una forma que no se traduce en convocatoria a las urnas. La ciudadanía está interesada en lo que hacen los políticos, pero no está dispuesta a confiar en ellos, la motivación por discutir no se traduce en votos; las últimas elecciones municipales apenas convocaron a un tercio del electorado. Nada indica que la tendencia se revierta en las próximas presidenciales.

Es posible trazar un arco desde aquella noche de abril de 1988 cuando Lagos encaró a Pinochet y el 9 de abril de 2017 cuando el Partido Socialista sepultó su candidatura presidencial. Esos dos puntos marcan el comienzo y el fin de un relato que arrancó con una épica alimentada por el sentimiento de una época, que escaló en poder y gloria pero que acabó transformándose en la historia de un desencuentro: la de los chilenos y sus líderes. La de un país que cambió sus horizontes y la de una clase política que prefirió concentrarse en sus propios intereses, sin más épica que las ganas de conservar el poder.