Aparte del angustioso momento en que el papá del niño apodado “puntito” encaró a la ex directora de la Oficina Nacional de Emergencia, Carmen Fernández, la ronda de formalizaciones por la fallida alerta de tsunami el 27/F estuvo exenta de emociones.

Wp-Tsunami-600Todo fue un proceso de descripciones y detalles técnicos objetivamente narrados por la parte acusadora, enfrentado a discusiones de retórica básica e insulsa por parte de los defensores. Tal vez donde si se aprecia algo de humanidad es en la desesperación con que los procesados intentan traspasarse la pelota entre sí, un rasgo definitivamente propio del instinto de conservación reptil-primate. Ordinario, pero comprensible, sobre todo tratándose de chilenos, especialistas en lavarse las manos y cargar a otros para librar.

Parece a ratos que se tratara de un juicio que nada tiene que ver con la tragedia de miles de familias que lo perdieron todo mientras la gente que debía hacer algo se miraba las caras o las uñas, impávida. Hablamos de cientos de muertos como el “puntito”, el niño que desapareció en Juan Fernández y cuya historia, como muchas otras, seguramente atormenta a varios de los que están hoy sentados en el banquillo de los acusados. Ojalá. Sí, porque que en ese caso significaría que hablamos de personas sensibles y no solo de profesionales más o menos mediocres, a juzgar por los hechos, ineptos y sin criterio, que llegaron a la Onemi y al Shoa no necesariamente teniendo las competencias profesionales y humanas para manejar emergencias.

Aunque varios aprovechen el ruido y la revoltura del río para intentar pescar algo, la fiscal Solange Huerta ha sido todo lo contrario a lo que acabo de describir: acuciosa y detallista, seria responsable y comprometida, pero también empática y solidaria con quienes lo perdieron todo. Uno podrá buscarle la quinta pata al gato y, dependiendo de esos consabidos intereses políticos, ponerse de su lado “a favor de Bachelet”, como dicen los que no reflexionan, o en contra, como hacen algunos egoístas o aprovechados, además de cierto abogado querellante cuyas razones desconozco, que insiste en olvidar que la ex presidenta ya declaró, largamente, y que la propia ley no le asigna responsabilidad alguna. Incluso se podrá dudar a pesar de que la reconstrucción de esas horas demuestra cómo los que debían saber no sabían, los que debían informar no informaron, los que debían actuar no actuaban y los que debían ser expertos, analizar y recomendar no entendían un carajo. Ya lo dijo la fiscal: “Muchas de las personas a cargo del 27/F no tenían los conocimientos por los que el Estado les pagaba”. Y yo me atrevería a agregar: partiendo por Carmen Fernández, periodista de profesión.

Creo haber contado ya que antes del 27/F, cuando fue lo del Catrina en EE.UU., hice un extenso reportaje sobre la cacareada Red de Emergencia Nacional preguntándome cómo estaría Chile preparado para alguna catástrofe y conversé en extenso con ella. Se mostraba orgullosa de estar cambiando el rol de la Onemi, alejándose del organismo burocrático encargado de repartir las colchonetas y alimentos no perecibles que juntaba Don Francisco en cada “Chile ayuda a Chile” (y hacerlo pésimo siempre) para acercarse a un organismo tecnologizado capaz de anticiparse a todo y enfrentar cualquier desastre. Claro que esos eran sus planes, ahora a todas luces, puros ideales. Nada más lejano de la realidad que descubrí y titulé entonces “Dios nos pille confesados”. Pues bien, he aquí que después de todo lo ocurrido y estando ocho personas procesadas, entre ellas el entonces subsecretario del Interior Patricio Rosende –que está pasando a la historia como el más fallido de todos-, cuando la memoria de las cientos de víctimas que desaparecieron como el “puntito” sigue viva aunque lo olvidemos y a pesar de que el Gobierno parece interesado más en la próxima elección que en los miles que aún viven en campamentos de emergencia, la fiscal Huerta pronuncia la más fatídica de sus acusaciones: “Si seguimos teniendo esto, nos va a volver a pasar. Podríamos tener un maremoto la próxima semana y lo más probable es que nos vuelva a ocurrir”.

Otra vez. Dios nos pille confesados.

Probablemente sea mucho pedir, pero en lugar de seguir haciendo el ridículo tratando de rechazar la culpa, las personas que han sido señaladas harían mejor en decir “perdón, fallé”. Al final, es comprensible. Todos, esa madrugada, quedamos petrificados y podemos entender que el miedo, la confusión y hasta el peso de la responsabilidad los superara. Lo que pasó no fue su culpa. Pero eso no les libra de responsabilidad de haberlo enfrentado de manera patética. Es hora de atacar el tema de fondo, no haciendo un show de televisión cada vez que tiembla fuerte, acá o al otro lado del Pacífico, sino desarrollando una verdadera red de emergencia, al menos con lo mínimo: teléfonos que funcionen siempre y personas que entiendan del tema. También, y no menos importante, sería ideal comprender de una vez por todas que somos un país oceánico (además de sísmico y volcánico) y dejar de vivir como si eso significara solo tener playas para vacacionar un par de semanas al año y suministro de pescado y marisco asegurado para semana santa. Es hora de ponerse serios. ¿Quién comienza dando el ejemplo, aparte de la fiscal Huerta?

Por las dudas, mejor seguir rezando.

>En Twitter: @Daniel_Trjullo