La periodista desclasificó sus archivos y en su reciente libro Preguntas que hacen historia repasa sus cuatro décadas como emblemática entrevistadora. Graciosa, aguda, su exitosa vida profesional: anécdotas, golpes noticiosos, chascarros, ¡de todo! recuerda en esta conversación.

No le gusta ser protagonista, más cómoda se siente como testigo de los hechos… Aún así, Raquel Correa Prats (de edad inconfesable) sintió que era hora “de resucitar, de inmortalizarse” y dejar testimonio de lo que fueron sus años de periodista dura y entrevistadora implacable; un emblema del periodismo nacional que marcó pauta con sus preguntas ‘al hueso’, como a Pinochet en plena dictadura: ¿Tiene las manos manchadas con sangre?….o a Carlos Cardoen: ¿Ha pensado antes de dormir, cuánta gente ha muerto por bombas fabricadas por usted?

Desclasificó sus archivos aprovechando el tiempo que le dejan sus colaboraciones en revista El Sábado, los talleres que da en la U. Católica, y mientras reconstruye su casa en Lontué caída con el terremoto. Se sumergió en sus conversaciones en De Cara al país, La entrevista de Raquel Correa y en las que hizo durante 28 años en El Mercurio; escogió 40 personajes —todos los presidentes desde Frei Montalva en adelante, “incluido Pinochet” (“nunca le dije presidente porque no fue elegido democráticamente”), pasando por sacerdotes, políticos y otros personajes relevantes— y escribió su reciente libro Preguntas que hacen historia. Una recopilación de cuatro décadas de trabajo y una radiografía a la clase política chilena que, para su pesar, “y qué pena decirlo, hoy está más preocupada de salir en TV, de lucirse… ¿Dónde están los Frei Montalva, Pancho Bulnes, Gabriel Valdés de hoy? Los discursos de Radomiro Tomic, ¡no existen!”, dice esta demócrata y ‘aspirante’ a cristiana, “que no es lo mismo que DC… Aunque en una época fue muy seductora”.

Octava de doce hermanos, estudió teatro a escondidas (hasta que la pillaron), intentó con sicología y terminó como periodista de la U. de Chile. Trabajó en radio Cooperativa, Minería, revista Vea, Cosas, La Tercera, El Mercurio, TVN, Canal 13 y compartió autoría en los libros Ego Sum Pinochet y Los generales del régimen. Se ganó todos los premios: Lenka Franulic, Silvia Pinto, Achs y el Premio Nacional de periodismo en 1991; distinciones que no lograron revertir su baja autoestima. “Soy muy autocrítica, ¡antivanidad! El reconocimiento me reafirma, pero me dura poco”, reconoce honesta esta mujer que, a punta de garra y rebeldía debió imponerse entre una docena de hijos y ante un padre autoritario; que creció pensando era tonta tras sobrevivir a una meningitis cerebro-espinal y que, aunque en lo profesional fue muy dura, en lo personal, muy blanda. “Me he dejado avasallar bastante”.

De ojos chispeantes, sonrisa contagiosa y humor agudo, Raquel reconoce que su entrega al periodismo fue absoluta, por lo que se olvidó de algunos gustitos como nadar. Eso sí, nunca dejó de dormir hasta tarde, partir todos los fines de semana al campo o Concón, coleccionar patos que decoran su living, sus famosas parejas de muñequitos y los chocolates. “Me los como en las noche a escondidas… Me fascinan los grandes, con almendra”.

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Hace siete años enviudó, luego de casi cincuenta casada con Eduardo Amenábar (agricultor), con quien tuvo a su único hijo Juan Eduardo (46) que sufre de un problema neurológico; “un angelito que se quedará conmigo para siempre”. Junto con la pena por la partida del amor de su vida —a quien conoció a los trece años—, Raquel reconoce que a estas alturas debió hacerse cargo de asuntos domésticos que delegaba en su marido, desde trámites bancarios, cambio de aceite, guardar el jabón hasta estacionarse retrocediendo, ¡y todavía no aprende! “El me hacía la vida fácil, era muy colaborador, amoroso, tranquilo, poco conversador, bajo perfil y eso me lo contagió… Me quedé sola con toda la carga, pero Juanito es suficiente razón para seguir trabajando, estar y verme bien”.

Pasó la ‘plancha’ de su vida con Allende. “Para las presidenciales del ´70 trabajaba en Cooperativa y tuve que seguirlo. Llegué a su casa y la nana me dejó entrar. Cuando apareció, le dije: Buenos días caballero… ¿Es una ironía?, me respondió… ¿porqué, acaso no es un caballero?, repliqué… Lo seguí todo ese día. Mientras él almorzaba, le pedí a su chofer me llevara a votar (yo iba por Alessandri). Cuando ganó, estábamos en el partido, y le pedí una entrevista para la radio. Lo hice atravesar todo el salón, ¡lleno de gente!, y cuando íbamos a despachar ¡el equipo se había ido! Como la Cooperativa era de derecha, suspendió sus transmisiones, ¡me deshice en disculpas!”, recuerda.

—Cuenta que mientras revisaba sus entrevistas, se sorprendió con sus preguntas tan osadas…

—Tuve varias como cuando le consulté a Ricardo Lagos sobre el rumor de que su padre era un Alessandri. Muy molesto me dijo Es una falta de respeto para mi madre... Cuando entrevisté a Agustín Edwards, al patrón, dueño de El Mercurio, insistí sobre qué había hecho el diario para denunciar las violaciones a los DD.HH en dictadura. El se justificó con la restricción a la libertad de prensa y que no había constancia de los hechos…

—¿No fue inconsecuente usted trabajar en un medio que criticaba?

—Disfrutaba de libertad que me permitía hacer y decir cosas. Nunca milité en un partido, fui contraria al golpe, pero no hacía manifestaciones. Eso me dio absoluta independencia.

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—¿Nunca la censuraron en El Mercurio?

—Una vez un obispo me dijo que no le daría la comunión a Pinochet, por ser un pecador público. Me llamó el editor —Joaquín Villarino— y con mucho respeto me planteó sacar la última parte. Quedaba como tonta no preguntar porqué, pero así se publicó.

Su entrevista más ‘golpeadora’ fue la de Ricardo Lagos en el ´87 en De cara al país quien, saltándose todo protocolo, levantó su dedo índice y desafió a Pinochet por “su ambición de querer perpetuarse en el poder”. “Fue un golpe noticioso, pero sentí que no cumplí mi rol. Yo le decía señor Lagos, ¡Ricardo!, y él con su mano me saca de plano y me dice: ¡me va a excusar Raquel, voy a hablar por quince años de silencio!… ¡Lo encontré genial!

—¿La interpretaba?

—Francamente sí. El tenía todo preparado, si hasta había ensayado en un estudio muy parecido al del Trece.

—¿Cómo eran las trastiendas de estas entrevistas?

—Trataba de no estar antes con el personaje, para no dejarme manejar. La independencia y objetividad eran mi regla de oro. Uno que intentaba adelantar los contenidos era Sebastián Piñera. Aceptaba la entrevista, pero al tiro qué me vas a preguntar… Después tenía escritas todas las preguntas que se había imaginado.

—Le tenían terror, ¿por qué tan dura Raquel?

—Era problema de carácter: entre doce hermanos me perdía, debí sacar las garras para imponerme. Estuve interna ocho años, con un padre de carácter muy fuerte. Me hice rebelde… pero se me ha ido quitando… Y aunque me dio prestigio, me trajo problemas: muchos no me daban entrevistas, preferían a un estudiante en práctica.

—¿Se arrepiente de alguna pregunta?

—De una sola; cuando en Canal 7 le pregunté a Silvia Piñeiro si era cierto que bebía en exceso… Es demasiado personal, pasé los límites.

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—¿Su entrevista mejor lograda?

—La de Eduardo Frei Montalva el ´73. Se enojó, río a carcajadas, emocionó. Se entregó. Contó que mientras paseaba con la Reina Isabel en carroza por Londres, le dijo: quien me viera, un hombre sencillo de Lontué paseando con la reina… Me llegó mucho; soy de Lontué. Para mí el campo que perdimos es uno de los dolores más grande de mi vida…

—¿En qué condiciones lo perdieron?

—La famosa reforma agraria que impuso EE.UU. Mi papá tenía un fundo en Sagrada Familia, se quedó con una parte, y el resto lo dividió entre sus hijos, que después nos quitaron. Una vez muerto, y mi mamá allá, llegaron unos tipos borrachos, la insultaron, la maltrataron, por lo que mi hermano mayor le pidió al ministro del interior, el general Prats —pariente nuestro— que le expropiaran su parte. Era mucho el riesgo que corría. Después con cuatro hermanos compramos un campito colindante, donde tengo viñas. Aunque estoy a minutos de la ex casa de mis papás, no volví. No soy de abrir tumbas.

Raquel cuenta que la entrevista que más la ha conmovido fue al ex ministro Bernardo Leighton y su mujer Anita Fresno en el ´85; diez años después de ser baleados por la espalda, cuando estaban exiliados en Roma. “Fue una entrevista tierna y desgarradora, aún me emociona; una mezcla de espanto y dulzura. Tan etéreos los dos. Les dispararon a dos metros de distancia, a él le dieron en la cabeza y a ella en la columna: quedó minusválida… Nunca se supo quién fue, ni tampoco hicieron querella”.

—Impactante también el relato de Michelle Bachelet durante su cautiverio en Villa Grimaldi, ¿la afectan?

 —Sí, mucho, pero trato de que no se me note, ¡ahí aparece la actriz!

—¿Su entrevistado más complicado?

—El Fra Fra, ¡insoportable! Era candidato presidencial y para un programa nos pidieron terminar con una pregunta simpática. Se me ocurrió decirle: con los juicios en su contra, si va a la cárcel, ¿seguirá con su campaña?… algo livianito. El se enfureció, perdió el control. Después entró su señora con sus hijas, lloraban, ¡una cosa espantosa!

—Pensé que nombraría a Manuel Contreras

—También fue difícil. Lo cuento en el libro: camino a la entrevista le pedí al chofer detenerse. Iba muy nerviosa, ¡era un monstruo de personaje!, con historias tan terribles. Sólo pensar que me recibiría, que me saludaría de beso, me perturbaba. En la conversación tratas de crear relación, pero no iba dispuesta, ¡no correspondía con el Mamo Contreras! Y él jugaba al inocente, no se molestó nunca, se reía a ratos…

A Pinochet nunca quiso entrevistarlo. “Me resistía; era de tal magnitud lo que había que preguntarle… Nos encontramos en un cóctel en las oficinas de las FF.AA., y me dijo: yo a usted nunca le voy a dar una entrevista… Yo a usted nunca se la he pedido, le respondí… Lo entrevisté por primera vez para Ego Sum que escribimos con Elizabeth Subercaseaux. Apenas llegamos a su oficina nos dice: Ah, usted es la comunista y usted la demócratacristiana…”. 

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—Cuenta de sus cambiantes estados de ánimo.

—Era un personaje: tenía una mezcla de personalidades, desde la dulzura, el piropo, medio seductor, y cuando se enojaba, de una violencia de pegar en la mesa con el puño cerrado, ¡un manipulador de primera!… Tiene el corazón muy blando, decía cuando le preguntaba por los DD.HHY con unas salidas sorprendentes, como cuando le celebré un pan de pascua, y me dice: ¿quiere llevarse un pedacito?

—El dijo que con el tiempo llegaron a quererse.

—No, a considerarlo un súper personaje, pero simpatía y cariño, ¡no!

—Al que sí reconoce terminó queriendo fue a Sebastián Piñera…

—Me ganó porque he ido conociendo sus defectos y virtudes… Era lo más mal educado. Una vez entrevistándolo como presidente de RN, veo que se pone a escribir. Le consulté qué anotaba, no nada, es de otra cosa, no se preocupe... Mira, sentía que me saltaban chispas, ¡fuego de los ojos! Le dije que cómo era posible, y me respondió: ¡Ay, estas vedettes!…

—En la última entrevista le reconoció que es mal educado.

—Dice que tiene malos modales porque con su papá embajador se habían criado muy solos. ¡Mentira!, es la chiva, su hermano Pepe es un caballero. Sebastián tiene un carácter tan veloz. Algo leyó del manual de Carreño o su señora le enseñó modales, ¡si él no saludaba! Ahora le da besos a las señoras… Le falta inteligencia emocional, pero no sé si se adquiere.

—¿Le tocó difícil?

—Por el terremoto, sin duda, pero cualquier cosa que haga se notará. Con la UDI hay problemas, era predecible. Fueron años de conflictos con Longueira, Novoa… La UDI es muy fuerte. Tienen que evitar que se corte el elástico; políticamente sería un desastre.

—¿Quién le rompía los esquemas por sus respuestas insólitas?

—El almirante Merino era un chiste. El no hablaba de golpe militar, sino de un ‘cambio de gobierno sin elecciones’. Todos esperaban sus famosos martes, ¡decía unas barbaridades! Era simpático, divertido, habiloso y audaz. El se adjudicaba el golpe con su famoso Plan Cochayuyo, y lo decía ¡con Pinochet vivo! Y cuando le dije ¿y con los puros barcos habría salido?, respondió que la guerra del ´91 la ganaron con buques.

—¿A quién le queda por entrevistar?

—¡A Bielsa! Es muy atractivo… como personaje…

—Coincide con Bachelet…

—Lo intenté entrevistar antes de que la Michelle lo dijera, pero no resultó; más misterioso aun. Y habla tan lento para decir cosas bien corrientes: por-que-pen-sán-do-lo-bien (lo imita), ¡uno cree que va a lanzar la bomba del año!

—De la Iglesia , ¿quién debería hablar?

—Fernando Karadima.

—¿Qué le preguntaría?

—Cómo se explica que consagre la ostia, confiese y a la vez seduzca chiquillos. Debe tener doble personalidad feroz.

—¿Por qué no está en TV?

—Porque no tengo silicona… A las mujeres a una edad ya no las llaman.

—¿Por qué renunció a El Mercurio?

—Cambiaron mucho las cosas: el trato… Los peores enemigos de los periodistas son los editores y los encargados de prensa. Se te meten en las entrevistas, te coartan.

—¿A quién ve como su sucesora?

—Al principio pensé que Coni Santa María, pero se le pasa la mano: es muy puntuda y no deja responder bien. Se luce más ella que sus entrevistados.