Hay que partir por desentrañar el corazón político de Raphael Bergoeing (51). Economista de la Universidad de Chile, académico e investigador en el Centro de Economía Aplicada del Departamento de Ingeniería Industrial de esa entidad, influyente figura dentro del Centro de Estudios Públicos (CEP), fue presidente del Metro y jefe de la Superintendencia de Bancos durante el gobierno de Sebastián Piñera. En 2015 se integró a la Comisión de Productividad, convocado por Michelle Bachelet. Con todo, él aclara: “Apoyé a la Concertación mientras estuve en Chile (en 1992 partió a la Universidad de Minnesota, donde se graduó de doctor en Economía); así que en el  2000 estuve con Lagos, y en 2006 con Piñera. Hoy mi opción está nuevamente con él, de todas maneras”, reconoce este panelista del espacio político de CNN, Ciudadanos y de T13 Radio

Con Piñera suelen reunirse para hablar sobre la situación económica y política del país, de crecimiento, políticas públicas y las expectativas, cuando queda —calcula calendario en mano— exactamente el último tercio (un año y 4 meses) de gobierno. Y por lo mismo está inquieto, sobre todo al constatar el ritmo económico de los últimos tres años y, concretamente, lo que está por venir si no se adoptan medidas para retomar el impulso. “Salvo cuando veníamos saliendo de la brutal crisis de la deuda de América Latina, conocida como la década perdida —dice por la recesión de 1980, la peor que hemos vivido en cien años—, nunca habíamos tenido un crecimiento tan bajo”, asegura por el 2% en el que nos encontramos.

Para él, esta desaceleración ya no se debe sólo a causas externas (“si bien el resto del mundo no ayudó”), ni se vincula totalmente con la caída de la inversión en la minería (“otro dato de la causa”); el problema son las bajas expectativas que llevaron a que la inversión cayera y el crecimiento se congelara.

—¿Y la causa estaría según usted en las reformas, como ya tanto se ha dicho?

—Más que por su contenido, para mí se relaciona con el ruido que se generó en torno a ellas, así como a la incapacidad del sector privado de leer con razonable confianza lo que venía hacia adelante, con un gobierno que se está moviendo en distintas direcciones y que no ha sido capaz de dar certezas de qué es lo que va a hacer y cómo se va a mantener en el tiempo… Y aquí te voy a dar otro número: así como el país creció a la menor tasa desde 1983-1985, la inversión también cayó a un nivel sólo comparable con el trienio 1970 y 1973. Y no lo digo para molestar, para que se piense que estoy asustando con el fantasma del comunismo…; uno tiene la obligación, más allá de las sensibilidades políticas, de reconocer cuando los números son brutalmente anómalos. 

—Interesante que, en este mismo cóctel que llevó a la desaceleración, usted reconozca que hubo ciertos sectores empresariales que influyeron —por sus declaraciones amenazantes a través de la prensa— a la caída de la economía. 

—Absolutamente. Parte de la agenda revolucionaria de este gobierno generó una reacción de los grupos de interés, entre ellos los empresarios, que durante mucho tiempo hicieron contención para que no hubiese ninguna reforma que les significara disminuir sus utilidades.

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Para Bergoeing, lo que se perdió en estos tres años no es inocuo: La creación de empleo disminuyó a la mitad, los salarios están creciendo a un tercio de lo que lo hicieron en los cuatro años previos, la pobreza, si bien bajó, fue en menor medida que entre 2010-2013. Con este panorama el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, tuvo que proponer un presupuesto que, a un año de la elección presidencial, y contra todo lo esperado para los senadores oficialistas (que aspiraban a recursos para obras públicas, bonos solidarios, cortar muchas cintas de manera de favorecer los resultados en las parlamentarias y presidenciales de 2017), fue el más austero de los últimos 13 años. Y me parece bien, es un hombre serio, pero al mismo tiempo es prisionero de la fría contabilidad y del hecho de que la aritmética es una disciplina contra la que no se puede luchar: sin plata no haces nada”. 

Aunque intenta ser optimista, reconoce que todo apunta a que el próximo año será aún más difícil considerando la mencionada disminución en la inversión pública —como efecto del austero presupuesto de  Valdés—, la caída en las ventas en el sector inmobiliario y la disminución del empleo en el área de la construcción. “Entonces, si las expectativas no mejoran, el 2017 podría ser aún peor, con un crecimiento en torno al 1%”.

—¿Se puede revertir ese escenario?

—Hay que dar las señales correctas. Aunque tampoco se trata de cambiar la reforma tributaria, lo que no es políticamente factible. Se trata, más bien, de algo más cualitativo: que desde el gobierno —y desde la Presidenta en particular—se siga apoyando al ministro de Hacienda, empoderándolo en su discurso para que cada vez que pueda nos recuerde que aquí hay ciertos compromisos que se asumieron, pero que van a tener que cumplirse de manera gradual. 

—En ese contexto, en cuanto a las opciones de reactivar la economía, ¿Piñera y Lagos no son lo mismo?

—Un desafío importante para el próximo gobierno es recuperar una tasa de crecimiento más cercana al 5%. Solo así podremos financiar una agenda de reformas sociales que permita alcanzar un desarrollo moderno. No obstante, un eventual gobierno de Lagos tendrá que diseñar un programa que incluya los intereses de los grupos de izquierda más radicalizados, que se empoderaron durante estos últimos años. En ese contexto, no será posible aspirar a mayores tasas de crecimiento.

—Aunque se habla de Lagos como el ‘presidente de los empresarios’ y una opción razonable en términos de políticas económicas. 

—Yo no soy empresario, lamentablemente (ríe). Y para mí la reactivación sin duda tendrá más posibilidades con Piñera que con Lagos. Puede que este último sea liberal y progresista en términos económicos y valóricos, pero estará obligado a gobernar con un conjunto de representantes de sensibilidades que no tienen la misma conciencia en cuanto a recuperar el impulso. Lagos deberá responder a las presiones de grupos que fueron empoderados por Bachelet y que se instalarán aún con más fuerza, imponiendo un conjunto de políticas que simplemente no son compatibles con el crecimiento alto y sostenido que el país necesita. Piñera, en cambio, en su anterior gobierno se comprometió con una serie de reformas más bien de tipo social, que incluso fueron rechazadas desde la derecha y que fueron más arriesgadas que las que habían impulsado los gobiernos previos. Me refiero al Sernac Financiero y a la Fiscalía Nacional Económica, tras la crisis subprime. Pese a los riesgos, estuvo dispuesto a moverse en esa dirección más allá de las presiones.

—Por lo mismo hubo un sector dentro de los empresarios que quedaron molestos; se diría que se sintieron traicionados. ¿Por qué ahora habrían de apoyar a Piñera?

—Los empresarios no son de derecha o izquierda, son gobiernistas. Les interesa que su negocio prospere, que las reglas sean claras y que haya estabilidad. La tensión que pudo existir entre ellos y Piñera tuvo que ver con la dificultad de muchos sectores empresariales para aceptar las mayores regulaciones que un país como el nuestro necesita para avanzar sostenidamente y ser moderno. Un error de este gobierno ha sido creer que el crecimiento no era tan importante, un error histórico de la derecha fue pensar que el crecimiento lo era todo.

—Piñera ha dicho que continuará con las reformas de Bachelet.

—Se trata de seguir con aquellas reformas que son necesarias, perfeccionar otras y simplemente dejar de hacer aquellas derechamente malas.

—Se ha mencionado su nombre como una carta para integrar un posible gabinete de Piñera, incluso como ministro de Hacienda.

—Que te consideren en una posición de tal prestigio es motivo de orgullo. Siempre he participado en la discusión de políticas públicas, y si eso es compatible con asumir ciertas posiciones más políticas en algún gobierno, por supuesto que me gustaría.

—¿Si Piñera fuera electo y lo convocara a su gobierno?

—Sí, muy probablemente, aceptaría.