El economista Raphael Bergoeing (Santiago, 1965) siguió atentamente la discusión que se generó a propósito de la visita de Thomas Piketty a Chilea mediados de enero pasado. Académico de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile e investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP), celebra que el autor francés haya puesto el foco en la desigualdad en su libro El capital en el siglo XXI, “un tema que hasta hace poco era omitido por la mayoría de los economistas”. Pero aunque está de acuerdo con que las políticas públicas deben intentar reducirla —como en el caso de Chile, donde las inequidades son excesivas—, Bergoeing señala que es crucial el camino que se elija: “El cómo es tan importante como el qué. No sea cosa que intentando repartir riqueza, acabemos masificando pobreza”.

De este y otros asuntos que han marcado el debate político y económico reciente conversamos con quien fue presidente del directorio de Metro y superintendente de Bancos e Instituciones Financieras durante el gobierno de Sebastián Piñera. En una tarde calurosa de viernes, justamente en las horas previas a que el CEP cerrara antes del receso por vacaciones, el especialista en crecimiento económico y finanzas internacionales parece tener una mirada optimista del siglo pasado: “Cambió radicalmente el concepto de prosperidad social. A pesar de sus guerras y problemas, el siglo XX es el mejor de la historia de la humanidad. La calidad de vida aumentó como nunca lo había hecho y, si esto no hubiese ocurrido, probablemente estaríamos ocupados en satisfacer otras necesidades más básicas”, señala Bergoeing, casado con la economista Andrea Repetto.

—En el caso chileno, ¿también ve el medio vaso lleno?

—Si Chile no hubiese crecido como lo ha hecho desde mediados de los ’80, no estaríamos hablando de desigualdad. Estaríamos preocupados de reducir la mortalidad infantil o de la alfabetización, como están en Bolivia, por ejemplo. Durante las primeras ocho décadas del siglo XX, Chile multiplicó por dos su ingreso per cápita. Y solo durante las últimas tres décadas, es decir, desde mediados de los ’80, lo ha multiplicado por tres. 

Pero el economista dice que lo que permitió a Chile comenzar a mirar al resto de los países latinoamericanos por el espejo retrovisor —sobre la base de inversión, infraestructura y empleo— no necesariamente le ayudará a seguir avanzando: “Estamos en una etapa clave, porque nos hallamos justamente en la mitad del camino hacia el desarrollo económico. Los países más pobres del mundo, como Burkina Faso, tienen 1.600 dólares per cápita por año. Los países más ricos, como Canadá, 45.000. Chile tiene 22 mil: exactamente entre Burkina Faso y Canadá”. 

—Si no basta sólo con mayor inversión y empleo, ¿qué falta?

—La inversión y el empleo siempre son necesarios, pero lo clave hacia adelante es que los mercados funcionen mejor. Y eso, básicamente, significa más competencia y más equidad. Ambos desafíos tienen implicancias de política pública, afectan directamente el día a día de las personas y representan desafíos complejos. La competencia va a permitir que los mercados se hagan más productivos, porque lo que separa a Chile de Canadá no es que se trabaje o invierta poco, sino que se trabaje e invierta mal. El segundo elemento, el de la equidad, también es clave: en la medida que tengamos una sociedad en la que los poderes están razonablemente bien distribuidos entre los distintos actores, las ganancias que se generen en la economía se traspasan de manera más balanceada y el sistema se fortalece institucionalmente. 

—Al margen de aspectos obvios como la estabilidad social, ¿por qué para un país es necesario avanzar hacia un sistema más igualitario?

—Con el desprestigio actual del modelo de mercado, permitiría legitimar el rol del capitalismo y darle sustentabilidad, reduciendo la presión por regulaciones que, cuando son excesivas, aminoran el crecimiento. Desincentiva a que un gobierno cualquiera, por ejemplo, decida implementar políticas populistas y la búsqueda de reformas económicas que muchas veces terminan siendo barreras para el desarrollo. Además, en los países más desiguales retribuye menos acumular capital humano, lo que dificulta la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Por último, la desigualdad afecta a la política: si el poder económico está concentrado, probablemente el poder político también lo esté.

—Chile es uno de los países más desiguales del mundo.

—Los hechos para Chile son de dulce y de agraz: los indicadores tradicionales de desigualdad nos ubican en el último lugar entre los países de la OCDE. La trayectoria reciente, sin embargo, es más alentadora. Durante los últimos años, la desigualdad se estaría reduciendo. Por ejemplo, un estudio de Harald Beyer publicado en el CEP, que utiliza la Nueva Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE, encuentra que, entre 2010 y 2013, la razón entre el ingreso autónomo per cápita del decil de hogares de más altos ingresos y aquel del decil de más bajos ingresos se redujo de 22.1 a 18.9 veces y el coeficiente de Gini, considerando sólo los ingresos autónomos, de 0.468 a 0.441. La explicación radica en el buen desempeño que ha tenido el mercado laboral.

Dice Bergoeing que la superación de la desigualdad es muy relevante, “incluso para crecer sostenidamente, pero hay que medirla en forma correcta para tener un buen diagnóstico y poder enfocar adecuadamente la política pública. Si no, corremos el peligro de que sea sólo una consigna política”.

—¿Se refiere al coeficiente Gini, con el que tradicionalmente se mide la inequidad en los países?

—Es necesario cuestionar la manera como definimos desigualdad. Es raro que en un país que ha cambiado tanto como Chile, la medida típica de desigualdad, el coeficiente Gini, no haya variado significativamente en 40 años. En gobiernos de izquierda, neoliberales, de la Concertación y Nueva Mayoría, el Gini sigue igual. Esto sugiere que parte del problema es el termómetro que estamos usando. Con una definición más amplia y compleja de desigualdad, más allá del puro ingreso monetario, que incluya por ejemplo el aumento en la expectativa de vida, el acceso a bienes y servicios o alguna definición de empoderamiento social, la desigualdad en Chile debe haber caído dramáticamente durante las últimas décadas. Estos cambios han beneficiado sin lugar a dudas muchísimo más a los que tienen un menor ingreso. Además, es clave que la reducción de la desigualdad no sea a costa de crecer menos. De hecho, Burkina Faso tiene un coeficiente de Gini más bajo que Chile. Es más igualitaria, en ese sentido, pero dudo que alguien prefiera vivir en una economía como la que ellos tienen. 

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—¿Qué le parecieron los resultados de la encuesta CASEN?

—Son muy buenos y reflejan la contribución del crecimiento económico a la prosperidad de las personas. Cuando los países crecen, la pobreza cae. De hecho, si miramos los últimos 25 años, cada vez que logramos crecer sobre cinco por ciento el impacto en la reducción de la pobreza ha sido relevante. Recordemos que, a comienzos de los ’90, casi 40 por ciento de los chilenos vivían bajo la línea de la pobreza. Hoy, esa cifra está en torno al 10 por ciento con una definición comparable. Erradicar la pobreza debe ser el objetivo primero de cualquier sociedad. El resto, es complementario.  

—La desigualdad, ¿es un mal?

—El exceso de desigualdad es un mal. Está asociado con la falta de movilidad social y la ausencia de igualdad de oportunidades, dificulta el crecimiento económico, y por esa vía, la superación de la pobreza. Por eso, la desigualdad importa. Y en Chile, pese a que se ha reducido recientemente, sigue siendo muy alta. Hay amplio consenso sobre el papel de la política pública para intentar reducirla. Pero no siempre, ni a cualquier costo. 

—¿A qué se refiere?

—Tener muy poca desigualdad también es malo. Primero, porque hay desigualdad buena. Por ejemplo, la que promueve el emprendimiento en un sentido amplio, más allá del mercado. Además, porque la riqueza es un tipo de ahorro que financia inversiones que luego permiten acumular crecimiento agregado. Finalmente, un Estado grande y activo, pero muchas veces institucionalmente precario, puede acabar dilapidando cuantiosos recursos. Segundo: hay desigualdad mala, pero inevitable. Y lo que no se puede resolver, en el mundo de las políticas públicas no existe.

—Lo que usted señala está en la lógica del modelo de libre mercado.

–Es la lógica del modelo de mercado globalizado que, más allá de los énfasis, que son importantes, se aplica desde la revolución industrial en Europa, Norteamérica y América Latina casi sin excepción. Evidentemente no es justo vivir en una sociedad totalmente igualitaria, en donde los intereses de la gente son distintos. Existen ciertos grados de desigualdad, por otro lado, que permiten imaginar un futuro mejor, por ejemplo, a través de la educación. En una sociedad totalmente igualitaria se pierde el interés por recibir un razonable reconocimiento por el mérito. En definitiva, la desigualdad es, en castellano, un incentivo al esfuerzo personal.

—Las reformas estructurales del gobierno buscan mayor equidad en diferentes frentes.

—Aunque sea evidente que hay que combatir el exceso de desigualdad en Chile, no basta con compartir el objetivo. El cómo también importa. La desigualdad puede ser reducida, como en Europa, a través de transferencias monetarias desde el Estado, o mediante mejoras en el mercado laboral. Las transferencias tienen efecto inmediato, pero no son autosustentables y requieren importantes recursos fiscales. Esto exige recaudar más y plantea la discusión sobre el efecto de los impuestos en el crecimiento económico, por ejemplo. En consecuencia, el diagnóstico y el tipo de política son clave en esta discusión.

—¿Cómo evalúa los cambios a la educación?

—Son clave. De hecho, Piketty plantea que, en países en desarrollo, las prioridades deben ser el capital humano de calidad y la difusión del conocimiento. Pero la educación universitaria gratuita universal, propuesta por el gobierno, va en la dirección opuesta: terminará beneficiando más a los que más tienen. Será un desperdicio de recursos y acabará aumentando la desigualdad en Chile. Lo importante es que los que tienen menos tengan acceso a una educación de calidad para que cierren su brecha con los más ricos. Los escasos recursos deberían ser usados primero para mejorar la calidad de la educación pública primaria y secundaria, pero lamentablemente se han priorizado temas ideológicos, postergando la calidad en los niveles primario y secundario para una segunda etapa. Habrá que esperar para atacar decididamente la desigualdad.

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—¿Qué le parece la reforma laboral?

—Las altas cifras de desigualdad justifican la necesidad de una reforma educacional y una laboral, para lo que hay que promover una mayor participación femenina, especialmente en los estratos más pobres. Con todo, el gran desafío de nuestro país en el ámbito de las reformas en curso es que su diseño permita mejorar la inequidad, a la vez que promueva el crecimiento, gracias a un aumento en el empleo y su productividad. Lo que conocemos de estas reformas avanza en esa dirección, pero sólo tímidamente. En el caso laboral el foco está en fortalecer la sindicalización y se intenta favorecer la contratación de mujeres ampliando las materias negociables al incorporar la jornada al proceso. Flexibilizar la distribución de horas semanales reducirá las barreras que enfrentan las mujeres, es cierto, pero el mecanismo definido se queda corto. Exige un nivel de representatividad sindical al interior de cada empresa que dificultará su aplicación práctica. 

—Una de las cuestiones clave que ha marcado la discusión política y económica, finalmente, tiene relación con lo que Chile debe preservar y lo que tiene que cambiar.

—Mucho de lo que ha pasado en los últimos 30 años, tiene que ser preservado, tiene que ser cuidado. Hay quienes desconocen el brutal impacto positivo, en calidad de vida, que ha generado la transformación económica chilena de las últimas tres décadas. Esta postura, simplemente, es una falacia. Pero también es errada la posición de aquellos que señalan que, como avanzamos tanto en los últimos 30 años, no podemos cambiar nada porque vamos a dejar de ser exitosos. Chile debe ser capaz de asumir el desafío de compatibilizar dinamismo económico y equidad. Y la manera de hacerlo es continuar mejorando el funcionamiento del mercado y del Estado, promoviendo ganancias de productividad y balanceando los poderes de los distintos actores en la sociedad. Es un desafío enorme, pero posible.