No hizo el servicio militar, porque iba en contra de sus ideas de libertad. Aunque, claro, una sordera en su oído derecho lo ayudó a eximirse de los cuarteles. Como estudiante de Historia en la UC, era un joven de lectura, de diálogo y con una fuerte convicción de que sólo la acción social produciría el cambio. Pero también eran tiempos agitados. Compañeros que desaparecieron, otros que partieron al exilio. El estuvo a punto de ser detenido, pero se salvó por milagro, cuentan sus cercanos. Se quedó en Chile dando la batalla, imprimiendo folletos en la clandestinidad, ayudando a su papá en el negocio familiar y haciendo clases de historia en colegios públicos.

—¿Cómo recuerda su época en el Mapu?
—Era algo que estaba muy arraigado en mi generación. Yo fui educado en el colegio Saint George y fuimos varios los que tomamos esa opción. Eramos el producto del impacto que tuvo el pensamiento católico que trajo el Concilio Vaticano II, donde la Iglesia se abría camino en la calidad de vida de los obreros.

—¿Se arrepiente de algo?
—De nada. Qué mejor que la oportunidad de vivir a fondo los procesos y las cosas que a uno le toca vivir. No creo en eso de tener una visión estática de lo que es y no es correcto. Cada etapa contribuyó a mi identidad y, del mismo modo, uno entrega cosas para la identidad de otros. He construido mi vida en base a esos ciclos.
Se mantuvo firme en sus convicciones políticas, aunque amplió sus horizontes: un ejercicio intelectual de hombre múltiple. Católico, académico y empresario, se hizo dirigente gremial contra todo pronóstico. Fue parte de una generación de empresarios que en los ’90 renovó a los representantes del sector privado. Aunque dicen que votó No en el ’88, que apoyó a Aylwin, a Frei y que en 2010 optó por Piñera.

—Usted fue una voz de resistencia contra el gobierno militar y al mismo tiempo llegó a ser un actor importante en el mundo empresarial.

—Cronológicamente fue un proceso. Recuerdo que trabajé activamente en la viña hasta 1982 y mantenía mis relaciones políticas. Naturalmente era otro concepto, de oposición intelectual contra el régimen de Pinochet con situaciones de represión muy duras. Entonces había que ayudar a algunos compañeros. Pero en 1983 tuve que participar en la internacionalización de los mercados de Concha y Toro. Un trabajo que me obligó a viajar mucho; la idea era promover nuestros vinos en Estados Unidos y en Latinoamérica.

En diez años, su familia pasó de controlar una empresa que creció de dos millones a cien millones de dólares. Un ciclo expansivo que tomó su mayor velocidad a partir de 1990. “Chile se puso simpático en niveles comerciales, se había recuperado la democracia, las tasas de crecimiento eran casi inmanejables y obligaban a modernizar la bodega. La importación que había impulsado mi padre había tenido éxito”. Fue el momento en que nació Emiliana para dinamizar el negocio Junto a sus seis hermanos, José, Pablo, Eduardo, Isabel, Josefina y Sara Guilisasti Gana, funcionaron como equipo. Habían logrado colocar al vino chileno en el mapa mundial después de más de cien años de historia local y el trabajo de Rafael fue aplaudido e imitado por sus pares.

Maneja su auto, le gustan los sombreros de paja toquilla y conversa con CARAS bajo las sombras de los árboles en el fundo en Casablanca. A meses de cumplir 61 años, se levanta temprano y, como todos los Guilisasti, prefiere la vida de campo. No es de los que está todo el día en la oficina, dice. Sus vacaciones habituales son en Pucón, donde cuatro de sus hermanos tienen casa en el sector de La Península. “Somos bien achoclonados”, comenta. Pero no cree en esa tradición de que hijos y sobrinos deben ser parte de las empresas familiares: “Nada debe ser forzado. Que cada uno se sienta atraído”. Como vicepresidente de Concha y Toro y presidente de Emiliana, dice que ya no está en sus planes tener cargos ejecutivos, ni seguir en la CPC y la Sofofa.

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—¿Más tranquilo con dejar todo eso?
—Tranquilo y sobre todo feliz. Creo que lo más importante de estos años es que hemos podido abrir puertas y dar paso a nuevas generaciones. Uno va con su experiencia, con su historia y circunstancia. Pero es bueno darse cuenta de que las cosas cambian, que uno puede enseñar desde otro frente. Así como dejé los cargos ejecutivos de las empresas de mi familia hace cuatro años, ahora estoy concentrado en trabajar a nivel de directorios y con un emprendimiento en el norte.
Su nueva aventura se llama Azur. En homenaje al lapislázuli, a la minería chilena y al color azul de las antiguas casas reales: Azur es un champán de lujo que proviene del valle del Limarí. “Una misión que obliga a estándares de gran calidad. Hay un camino largo que emprender y debía partir desde una perspectiva distinta a lo que habíamos hecho en Concha y Toro”. Nació a través de una sociedad con el italiano Franco Berlucchi, de familia centenaria en el oficio de la zona de Brescia. “Pero por temas de salud, no pudo seguir viajando a Chile. Fue un lindo inicio, buscamos primero en Casablanca y después en el Limarí. Nos quedamos ahí, por la mineralidad que podíamos conseguir a la hora de producir Pinot Noir y Chardonnay con identidad de suelo”.

—¿Lujo como una forma de tomar distancia de la producción masiva?

—La gente busca productos de mayor valor, identidad y quiere verse reflejada en los procesos de factura. Es tan simple como mirar las cifras: los productos masivos, como el tetra pak, tienden a estancarse y a disminuir.

—¿Le gusta decir ‘espumante’?
—No me gusta esa palabra. Siento que tiene una connotación de un simple vino con espuma. Por eso llamamos a nuestro producto sólo Azur. Además, es imposible en mi generación dejar de usar la palabra champán.

Guilisasti fue uno de los empresarios que acompañó a la Presidenta Bachellet en la gira de noviembre a España y Alemania.
—Después de casos como Caval y Penta, ¿aceptaría nuevamente la invitación?
—Perfectamente. Son giras institucionales que siempre sirven para el desarrollo del país y establecer diálogos. En eso siempre separo aguas. Soy de los que piensa que manifestar una opinión no es pecado. Creo que las decisiones que se han implementado no son las que nos hubieran gustado. Ojala tengamos la memoria fresca para cuando enfrentemos los problemas, o bien para no cometer los mismos errores.

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—Fue más cercano a Bachelet durante su primer gobierno, ¿qué pasó?

—Me tocó trabajar mucho con ella como presidente de la CPC. Pienso que hicimos una muy buena labor. La crisis se pudo sortear, al punto que después observamos un crecimiento espectacular. Ahora el escenario es distinto.

Después de esa crisis, marcada por recesión europea y el desgaste de la economía norteamericana, Chile fue visto ante la comunidad internacional como un ejemplo de éxito en duros momentos. Fue el escenario que puso a Andrés Velasco como carta presidencial y al movimiento Fuerza Pública como una nueva facción de fuerza democrática y pensamiento liberal.

—¿Sigue apoyando a Andrés Velasco con el mismo arrojo?

—Por supuesto. Hemos construido ideas similares. Tenemos sintonía de pensamiento muy afín en materias económicas, de libertades individuales, de la autonomía de las personas. Creemos en un sistema con énfasis en una eficacia regulatoria, evitando las dicotomías entre mercado y estado. Nuestras instituciones ya no son frágiles, pero hay que modernizarlas.

—Se esperaba más de Velasco en su carrera presidencial.
—Era bastante difícil que ganara la primaria. Estaba el fenómeno arrollador de Bachelet y su liderazgo ordenó a una Nueva Mayoría que no fue más que una gran suma de minorías. En ese contexto, quedó muy marcada la necesidad de una opción centro liberal.

—¿Perjudica que Velasco esté vinculado a Penta con boletas de su fundación?

—El ha tomado su defensa de muy buena manera. Una gran parte de la campaña de Andrés la hicimos con aportes personales. Para ser bien claro: sólo hubo un período de dos meses en las elecciones primarias donde se permitieron aportes reservados de empresas. Me consta que, para mantenerse, se dedicó a hacer charlas. Eso es parte de su trabajo y fue transparente al decirlo con todas sus letras.

Pero se le vio como un posible caso de corrupción.
—Aquí lo paradójico es que todos rasgan vestiduras, pero la política chilena vive hace mucho tiempo en el desamparo y con tremendos vacíos legales. La UDI dijo que había que dar un fuerte financiamiento público a la política. Y esa discusión nadie quiere asumirla. ¿Cómo se llenan esos vacíos entonces? Obviamente con aportes de empresarios, o con financiamiento del Estado a través de operadores políticos, asesores, e incluso municipios.

—¿Cuál salida sugiere?
—Ponerse los pantalones largos, porque con menos política surgen los caudillismos, o entramos en situaciones de inestabilidad. La democracia requiere instituciones, con un Parlamento fortalecido, y eso sólo se consigue a través de partidos políticos. Que el Estado se encargue de un financiamiento transparente y fiscalice las malas prácticas.

—¿Qué le pareció el fallo de Tribunales contra los ex controladores de Penta?

—Tengo la impresión de que existió la tentación de ver el Caso Penta como un ajuste de cuentas. Fundamentalmente, contra la UDI y luego contra Andrés Velasco, que fue como la ‘guindita de la torta’. Pero ahora veo que no hay necesidad de un ajuste mayor en la relación dinero-política. Lo que veo es una muy mala capacidad anticipatoria y de liderazgo. Cuando se percibe la magnitud de un área crítica, uno se preocupa y hace un buen diagnóstico. Y eso era algo importante, porque se estaban poniendo en la mesa una serie de posibles ilícitos y fraudes que se vinculaban con el fisco.

El 19 de noviembre de 2014 fue uno de los momentos más duros para el clan viñatero. A los 57 años, José Guilisasti, uno de sus hermanos menores, se quitó la vida. Casado y padre de cinco hijos, dejaba un vacío no sólo en el ámbito familiar, también en Emiliana: compañía a que le dedicó su vocación agrícola y que, después de varios pasos por Concha y Toro y Frutícola Viconto, lideró desde 1987 hasta convertirla en la primera viña orgánica y luego biodinámica de Chile. Su gran tarea fue la de un manejo convencional de los campos de Casablanca y de Los Robles en Colchagua. Una producción sustentable que llamó la atención de los productores mundiales de vino y de figuras conservacionistas como el Príncipe Carlos de Inglaterra.

—Trabajaron mucho juntos, ¿cómo recuerda la pasión orgánica de José?
—Fue a principios del 2000 cuando trajo la propuesta de una nueva manera de trabajar el campo: la agricultura orgánica. Hizo una gran exploración y con su empuje partimos. José siempre fue muy trabajador y amaba el campo. Un agricultor apasionado que le daba mucho tiempo a los detalles. Después se hizo cargo de Emiliana y fue una etapa muy mística con temas de responsabilidad social. De alguna manera fue articulando e inspirando una empresa que empezó a moverse en una apuesta de valor y de identidad completamente distinta a lo que habíamos hecho. Es cosa de ver la belleza de los campos que dejó José.

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—Nunca advirtieron su decisión.

—No. Tuvo una depresión muy aguda, pero que no fue larga ni se mantuvo en el tiempo. Tal vez por lo mismo no pudimos advertir nada. Tampoco se trataba de algo endógeno. Son esos misterios de la vida… Siempre vuelvo al tema, en busca de alguna idea de lo que pudo haber pasado. Y, claro, regresan las preguntas.

—¿Y cuál es su consuelo ahora?

—Insisto, nunca se me pasó por la cabeza que llegaría a tomar esa decisión. Pero ahora lo más importante es darse cuenta que, al fin y al cabo, todos simplemente pasamos por aquí, por este mundo. La huella o circunstancia de ese paso es algo que también responde a los misterios de la vida.