Muchas veces me he preguntado por qué falló el sueño de Simón Bolívar. Parece tan lógico y simple que pueblos hermanos con un origen común, unidos tanto por sus necesidades como por su enorme potencial, sean capaces de comprender las enormes ventajas de suprimir las fronteras y enfrentar juntos, como una sola gran nación, el desafío de refundar la sociedad occidental sobre los ideales de la justicia y el desarrollo humano… La primera palabra que se me ocurre es “egoismo”, la segunda es “ambición”. Porque, al margen de la lógica y los ideales, aquello que al ser humano le impide compartir con sus semejantes, comprenderse y vivir como hermanos, es el impresentable impulso que nace desde lo más profundo del reptil que nos controla: prevalecer, imponerse y quedarse con todo, aunque ello sea muchas veces -como enseña la historia del Rey Midas- su condena.

En los años en que nuestra región peleaba en los campos de batalla por su emancipación, Simón Bolívar creía que si había un pueblo capaz de ser independiente, ese era el nuestro: “El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad. (…) Su territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre”, afirma el Libertador en su célebre “Carta de Jamaica”.

Si miramos nuestra historia podríamos decir que Bolívar no estuvo tan equivocado. Tal vez por eso buscó la ayuda de San Martín y O’Higgins para consolidar su obra en Perú y Bolivia, la que poco después vería desmoronarse a pedazos. Afortunadamente no vivió para ser testigo de la guerra fraticida propiciada por los banqueros ingleses que hasta hoy nos pena. No estuvimos, después de todo, “fuera del contacto inficionado (infeccioso) del resto de los hombres” y sus egoismos miserables y, en lugar de liderar la unidad, finalmente hemos sido otro factor de separación.

En pocos días un tribunal extranjero decidirá cómo deben ser los límites marítimos entre Chile y Perú. Las autoridades de ambos lados jugaron sus cartas y ahora solo cabe esperar. ¿Qué está en juego, realmente? ¿La riqueza o la miseria de unos u otros? ¿Esa libertad tan costosa? Me pregunto si la patria, la soberanía, el territorio, tienen algún valor a fin de cuentas… Cuando uno ve fotos de la tierra como la que envió hace unos meses la sonda Cassini desde las inmediaciones de Saturno podemos apreciar que somos microbios en una gota de agua flotando en la inmensidad del universo. Microbios peruanos y chilenos disputándose unos pocos kilómetros cuadrados de mar, para quedarse con sus riquezas y dejar a los otros sin nada, o tan vez sencillamente para imprimir mapas y poder decir “eso es mío”.

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Después de pensar en esto me pregunto ¿a quién realmente le importa lo que digan los jueces de La Haya? Y me tiento a creer que a ambos lados de la frontera debe haber una enorme mayoría a la que en realidad, más allá de los egos y las ambiciones, le importa un cuesco y accedería gustosa a compartir.

Crecí escuchando que los peruanos nos odian y que, junto con los bolivianos, viven atentos al momento en que puedan despojarnos de lo que creen suyo… Y bueno, me van a perdonar, a veces parece cierto… Aunque ero no seré yo quien los culpe, sabiendo en qué circunstancias ellos “perdieron” y nosotros “ganamos” esos territorios. Tampoco seré el que crea que, si es que alguno resulta favorecido por el tribunal de La Haya en sus pretenciones, sea el verdadero ganador. Para qué engañarnos, si todos sabemos que en estas cosas los que obtienen el mayor beneficio nunca dan la cara y viven en un favorable anonimato, digitando los destinos de una mayoría esclava. Desde ahí nos han hecho creer que “mío” es algo más importante y valioso que “nuestro”, en circunstancias que “nuestro”, al final, es la única fuerza que puede hacer frente al despojo que representa el “suyo”. Bolívar lo sabía muy bien.

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